Verdad e integridad
Una ofrenda que sirve de excusa y un corazón que Dios mira
Lectura · San Mateo 15:1-24
1ENTONCES llegaron á Jesús ciertos escribas y Fariseos de Jerusalem, diciendo:
2¿Por qué tus discípulos traspasan la tradición de los ancianos? porque no se lavan las manos cuando comen pan.
3Y él respondiendo, les dijo: ¿Por qué también vosotros traspasáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?
4Porque Dios mandó, diciendo: Honra al padre y á la madre, y, El que maldijere al padre ó á la madre, muera de muerte.
5Mas vosotros decís: Cualquiera que dijere al padre ó á la madre: Es ya ofrenda mía á Dios todo aquello con que pudiera valerte;
6No deberá honrar á su padre ó á su madre con socorro. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición.
7Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, diciendo:
8Este pueblo de labios me honra; mas su corazón lejos está de mí.
9Mas en vano me honran, enseñando doctrinas y mandamientos de hombres.
10Y llamando á sí las gentes, les dijo: Oid, y entended:
11No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre.
12Entonces llegándose sus discípulos, le dijeron: ¿Sabes que los Fariseos oyendo esta palabra se ofendieron?
13Mas respondiendo él, dijo: Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada.
14Dejadlos: son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo.
15Y respondiendo Pedro, le dijo: Decláranos esta parábola.
16Y Jesús dijo: ¿Aun también vosotros sois sin entendimiento?
17¿No entendéis aún, que todo lo que entra en la boca, va al vientre, y es echado en la letrina?
18Mas lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre.
19Porque del corazón salen los malos pensamientos, muertes, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias.
20Estas cosas son las que contaminan al hombre: que comer con las manos por lavar no contamina al hombre.
21Y saliendo Jesús de allí, se fué á las partes de Tiro y de Sidón.
22Y he aquí una mujer Cananea, que había salido de aquellos términos, clamaba, diciéndole: Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí; mi hija es malamente atormentada del demonio.
23Mas él no le respondió palabra. Entonces llegándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despáchala, pues da voces tras nosotros.
24Y él respondiendo, dijo: No soy enviado sino á las ovejas perdidas de la casa de Israel.
Ofrenda es una palabra que suena muy piadosa, y en este pasaje sirve de escudo. Jesús recuerda lo que algunos decían al padre o a la madre: «Es ya ofrenda mía á Dios todo aquello con que pudiera valerte». Valerte, hoy diríamos, es ayudarte. La frase parece entregar algo a Dios y, en la práctica, deja a los padres sin socorro. Jesús dice que así se invalida el mandamiento de Dios por una tradición: una palabra bonita usada para no hacer lo concreto.
Todo empieza con escribas y fariseos venidos de Jerusalén. Preguntan por qué los discípulos no se lavan las manos al comer, y hablan de la tradición de los ancianos. Jesús no defiende un gesto: devuelve la pregunta y muestra que ellos, por su tradición, pasan por encima de lo que Dios mandó. Dios mandó honrar al padre y a la madre, y añadió una advertencia dura: quien maldijera a sus padres, que muriera. La ley se tomaba muy en serio el lugar de los padres.
Entonces Jesús cita a Isaías: «Este pueblo de labios me honra; mas su corazón lejos está de mí». De labios quiere decir solo con la boca. Agrega que es en vano honrarlo así, mientras se enseñan como doctrina mandamientos de hombres. Lo que aquí se reprocha es que la costumbre humana ocupe el lugar de la palabra de Dios. Y Jesús es directo con quienes guían así: los llama ciegos que guían a ciegos, y dice que ambos caerán en el hoyo.
Jesús llama a la gente y dice que no contamina lo que entra en la boca, sino lo que sale. Pedro pide explicación, y Jesús pregunta si también ellos siguen sin entender: lo que se come sigue su camino por el cuerpo, pero lo que sale de la boca «del corazón sale». Y nombra lo que sale de ahí: «malos pensamientos, muertes, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias». En palabras de hoy: pensar mal, matar, la infidelidad, la intimidad fuera del matrimonio, el robo, la mentira que daña y hablar contra Dios. Lavarse las manos no toca ese lugar.
Jesús sale hacia Tiro y Sidón, y una mujer cananea clama: «Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí». Su hija, dice ella, está atormentada por un demonio. El texto dice: «Mas él no le respondió palabra». Los discípulos piden que la despache, que la mande lejos porque da voces tras ellos, y Jesús dice que no es enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Suena duro. El texto no lo suaviza ni explica el silencio. La lectura de hoy se detiene ahí, con ella todavía pidiendo.
Entre las manos sin lavar y la mujer que clama corre una pregunta que atraviesa todo el pasaje: qué hay dentro, más allá de lo que se ve. Ni la tradición más cuidada ni el gesto más correcto la responden. Dios es un Padre que mira el corazón, y su mirada no se detiene en los labios ni en las manos: llega hasta adentro.
Para vivirlo hoy
Busca hoy cinco minutos tranquilos. Lee despacio, dos veces, esta frase: «Este pueblo de labios me honra; mas su corazón lejos está de mí». Luego guarda un minuto de silencio, sin pedir nada, solo escuchando. No hace falta que encuentres algo que decir: quedarte ahí ya es una forma de acercar el corazón.
Para meditar
- ¿Qué cosa concreta podrías hacer por alguien de tu familia que hoy se queda solo en buenas intenciones?
- ¿Qué palabras salieron de tu boca esta semana que hoy quisieras poner delante de Dios?
- ¿Cómo se vive pedir con insistencia y no recibir todavía respuesta, y qué haces con esa espera?
Oración
¡Qué asombroso es que a ti te importe el corazón y no solo las apariencias, Jesús! Nada de lo que hay dentro de mí te sorprende, y aun así me hablas. Límpiame donde de verdad hace falta: en los pensamientos, en las palabras, en lo que guardo y no digo. Enséñame a honrar con hechos, no solo con palabras, a quienes me cuidaron. Acompaña a quien hoy pide misericordia y espera. Que mi cercanía contigo sea de corazón. Amén.