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El Reino de Dios

Las preguntas que le hacen a Jesús al otro lado del Jordán

Lectura · San Mateo 19:1-21

1Y ACONTECIÓ que acabando Jesús estas palabras, se pasó de Galilea, y vino á los términos de Judea, pasado el Jordán.

2Y le siguieron muchas gentes, y los sanó allí.

3Entonces se llegaron á él los Fariseos, tentándole, y diciéndole: ¿Es lícito al hombre repudiar á su mujer por cualquiera causa?

4Y él respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, macho y hembra los hizo,

5Y dijo: Por tanto, el hombre dejará padre y madre, y se unirá á su mujer, y serán dos en una carne?

6Así que, no son ya más dos, sino una carne: por tanto, lo que Dios juntó, no lo aparte el hombre.

7Dícenle: ¿Por qué, pues, Moisés mandó dar carta de divorcio, y repudiarla?

8Díceles: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar á vuestras mujeres: mas al principio no fué así.

9Y yo os digo que cualquiera que repudiare á su mujer, si no fuere por causa de fornicación, y se casare con otra, adultera: y el que se casare con la repudiada, adultera.

10Dícenle sus discípulos: Si así es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse.

11Entonces él les dijo: No todos reciben esta palabra, sino aquellos á quienes es dado.

12Porque hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; y hay eunucos, que son hechos eunucos por los hombres; y hay eunucos que se hicieron á sí mismos eunucos por causa del reino de los cielos; el que pueda ser capaz de eso, séalo.

13Entonces le fueron presentados unos niños, para que pusiese las manos sobre ellos, y orase; y los discípulos les riñeron.

14Y Jesús dijo: Dejad á los niños, y no les impidáis de venir á mí; porque de los tales es el reino de los cielos.

15Y habiendo puesto sobre ellos las manos, se partió de allí.

16Y he aquí, uno llegándose le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?

17Y él le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno es bueno sino uno, es á saber, Dios: y si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

18Dícele: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás: No adulterarás: No hurtarás: No dirás falso testimonio:

19Honra á tu padre y á tu madre: y, Amarás á tu prójimo como á ti mismo.

20Dícele el mancebo: Todo esto guardé desde mi juventud: ¿qué más me falta?

21Dícele Jesús: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo á los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme.

San Mateo 19:1-21

¿Qué hace Jesús cuando le llegan con preguntas? Aquí se las hacen de todas las clases: unos para ponerlo a prueba, otros para objetar lo que acaban de oír, y un joven porque quiere la vida eterna. Jesús contesta a todos: vuelve al comienzo de lo que Dios quiso, recibe a quienes otros querían apartar y llama a un joven a seguirlo.

Al otro lado del Jordán, muchas personas siguen a Jesús y él las sana allí. Unos fariseos se le acercan para tentarlo: si es lícito despedir a la esposa por cualquier motivo. Los lleva al comienzo: «¿No habéis leído que el que los hizo al principio, macho y hembra los hizo». Y concluye: «lo que Dios juntó, no lo aparte el hombre». Ellos preguntaban hasta dónde se puede llegar; él responde desde lo que Dios quiso.

Los fariseos insisten: ¿por qué Moisés mandó dar carta de divorcio? Jesús responde que fue «por la dureza de vuestro corazón», y que «al principio no fué así». La ley abrió una salida para corazones duros, no el deseo primero de Dios. Luego añade una palabra firme: quien despide a su esposa «si no fuere por causa de fornicación», que hoy diríamos inmoralidad sexual, y se casa con otra, comete adulterio. El texto no la suaviza. Si vives una separación, un divorcio o un nuevo matrimonio, o si hay maltrato en tu casa, no lo guardes en silencio: acude a tu pastor o a alguien de confianza y busca ayuda y protección.

Los discípulos objetan que no conviene casarse. Jesús contesta que no todos reciben esta palabra, y habla de los eunucos, hombres que no tendrán hijos: unos de nacimiento, otros por obra ajena, y otros por el reino de los cielos: dejar el matrimonio para servir a Dios. Le presentan niños para que ponga las manos sobre ellos y ore, y los discípulos los riñen. Jesús dice: «Dejad á los niños, y no les impidáis de venir á mí»: dejen que vengan, pues el reino de los cielos es de los que son así. Después les pone las manos encima y sigue su camino.

Ahora llega un joven con una pregunta: qué bien debe hacer para tener la vida eterna. Jesús le recuerda los mandamientos, desde no matar hasta amar al prójimo como a uno mismo. Él responde: «Todo esto guardé desde mi juventud». Entonces Jesús le dice: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo á los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme». Es una petición dura y concreta: vender, dar a los pobres, y termina con el llamado a seguirlo.

Jesús no rebaja esa petición ni la esconde, y el texto tampoco. Pero la deja unida a dos cosas: un tesoro en el cielo y su invitación a ir con él. Quien lo oye hoy con un nudo en el pecho no está frente a una regla suelta, sino frente al mismo Jesús que volvió al comienzo, que no impidió a los niños acercarse y que llama por su nombre a quien quiere que lo siga.

Para vivirlo hoy

Elige a una persona cercana, de tu casa, de tu familia o de tu comunidad, y hoy dedícale un rato de atención completa: sin pantallas, sin prisa y sin resolver nada. Escucha lo que te cuente, o quédate a su lado si prefiere el silencio. Es un modo sencillo de cuidar lo que Dios ha puesto a tu alcance.

Para meditar

  • Los discípulos querían impedir que los niños llegaran a Jesús, y él dijo que los dejaran venir. ¿Qué te dice eso de cómo puedes acercarte a él hoy?
  • Jesús vuelve al comienzo para hablar del hogar. ¿Qué cuidado concreto podrías tener hoy con alguien que Dios ha puesto cerca de ti?
  • Jesús le pide al joven vender lo que tiene, darlo a los pobres y seguirlo. ¿Qué te cuesta soltar para seguirlo a él?

Oración

Gracias, Padre, porque desde el principio pensaste el hogar, y porque Jesús, cuando le presentaron a los niños, les puso las manos encima. Gracias porque contestó al que llegó con trampa, al que llegó con objeciones y al que llegó preguntando por la vida eterna. Enséñanos a cuidar lo que nos has confiado. Sostén a quienes atraviesan una separación o un hogar herido. Y cuando su llamada nos cueste, danos valor para soltar lo que nos retiene y para seguirlo. Amén.

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