Sufrimiento y consuelo
Una noche larga, una mano abierta y un Dios que oye
Lectura · Salmos 31:1-22
1Al Músico principal: Salmo de David. EN ti, oh Jehová, he esperado; no sea yo confundido para siempre: líbrame en tu justicia.
2Inclina á mí tu oído, líbrame presto; séme por roca de fortaleza, por casa fuerte para salvarme.
3Porque tú eres mi roca y mi castillo; y por tu nombre me guiarás, y me encaminarás.
4Me sacarás de la red que han escondido para mí; porque tú eres mi fortaleza.
5En tu mano encomiendo mi espíritu: tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad.
6Aborrecí á los que esperan en vanidades ilusorias; mas yo en Jehová he esperado.
7Me gozaré y alegraré en tu misericordia; porque has visto mi aflicción; has conocido mi alma en las angustias.
8Y no me encerraste en mano del enemigo; hiciste estar mis pies en anchura.
9Ten misericordia de mí, oh Jehová, que estoy en angustia: hanse consumido de pesar mis ojos, mi alma, y mis entrañas.
10Porque mi vida se va gastando de dolor, y mis años de suspirar: hase enflaquecido mi fuerza á causa de mi iniquidad, y mis huesos se han consumido.
11De todos mis enemigos he sido oprobio, y de mis vecinos en gran manera, y horror á mis conocidos: los que me veían fuera, huían de mí.
12He sido olvidado de su corazón como un muerto: he venido á ser como un vaso perdido.
13Porque he oído afrenta de muchos; miedo por todas partes, cuando consultaban juntos contra mí, é ideaban quitarme la vida.
14Mas yo en ti confié, oh Jehová: yo dije: Dios mío eres tú.
15En tu mano están mis tiempos: líbrame de la mano de mis enemigos, y de mis perseguidores.
16Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo: sálvame por tu misericordia.
17No sea yo confundido, oh Jehová, ya que te he invocado; sean corridos los impíos, estén mudos en el profundo.
18Enmudezcan los labios mentirosos, que hablan contra el justo cosas duras, con soberbia y menosprecio.
19¡Cuán grande es tu bien, que has guardado para los que te temen, que has obrado para los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres!
20Los esconderás en el secreto de tu rostro de las arrogancias del hombre: los pondrás en un tabernáculo á cubierto de contención de lenguas.
21Bendito Jehová, porque ha hecho maravillosa su misericordia para conmigo en ciudad fuerte.
22Y decía yo en mi premura: Cortado soy de delante de tus ojos: tú empero oíste la voz de mis ruegos, cuando á ti clamaba.
Es tarde, la casa por fin está en silencio, y en la cabeza siguen dando vueltas las cuentas del mes, un mensaje sin responder, una conversación que salió mal. El cuerpo pide descanso, pero la mente no para. Algo de eso vive quien escribió este salmo, aunque con mucho más peso. Su vida, dice, se va gastando de dolor, y aun así no calla: le habla a Dios de todo, de principio a fin.
Empieza apoyándose en lo firme. Ha esperado en Jehová, le pide que lo libre pronto y lo llama roca, castillo y casa fuerte. Habla de una red que le han escondido, y lo que sostiene todo es una frase: «En tu mano encomiendo mi espíritu: tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad». Encomendar quiere decir poner algo en manos de otro para que lo cuide. Recuerda que Dios vio su aflicción y no lo entregó al enemigo: «hiciste estar mis pies en anchura», dice, un lugar amplio, sin encierro.
Pero el salmo no se queda en la calma. Viene una queja sin adornos: «hanse consumido de pesar mis ojos, mi alma, y mis entrañas». Pesar quiere decir tristeza. Sus años se van en suspiros, se siente como una vasija perdida, y cuenta que quienes lo veían fuera huían de él y que hay quienes conspiran para quitarle la vida. El salmo lo deja dicho tal cual, y lo pone dentro de la oración.
Y llega la vuelta: «Mas yo en ti confié, oh Jehová: yo dije: Dios mío eres tú». El dolor no se acaba entre un versículo y otro, porque después sigue pidiendo ser librado. Lo que hace es decir quién es Dios para él, y añadir que sus tiempos están en la mano de Dios. Si lo que llevas se parece a esto, deja que alguien lo lleve contigo: tu pastor o una persona de confianza. Y si aparece el pensamiento de hacerte daño, pide ayuda profesional hoy mismo.
Al final el salmo mira lo que Dios tiene guardado: «¡Cuán grande es tu bien, que has guardado para los que te temen!». Dice que los esconderá en su presencia de las arrogancias del hombre. Y confiesa algo muy humano: «Decía yo en mi premura: Cortado soy de delante de tus ojos: tú empero oíste la voz de mis ruegos, cuando á ti clamaba». Premura quiere decir apuro, y empero, pero. Pensó que Dios lo había dejado fuera de su vista, y resultó que lo oía.
Hoy nos toca en lo cotidiano: en la noche larga, en la cuenta que no cuadra, en la sensación de que nadie se acuerda de uno. El salmo no pide ocultar nada; enseña a decir las dos cosas, el pesar y la confianza, en la misma oración. Y el Evangelio de Lucas cuenta que Jesús, en la cruz, pronunció una parte del versículo 5. Quien siente que lo han olvidado no reza solo: reza con palabras que Cristo también hizo suyas.
Para vivirlo hoy
Hoy, antes de dormir, escribe en un papel, con palabras sencillas y sin adornos, lo que más te pesa. Al lado escribe: «En tu mano están mis tiempos». Léelo en voz alta como una oración y guarda el papel donde lo veas mañana. No lleva más de diez minutos.
Para meditar
- ¿Qué es lo que hoy me cuesta decirle a Dios tal como es, sin adornarlo?
- ¿En qué momentos he pensado que Dios me dejó fuera de su vista, y qué me mostró después?
- ¿Con quién podría compartir hoy una parte de lo que llevo, para no sostenerlo sin compañía?
Oración
«En tu mano encomiendo mi espíritu», y esta noche también encomiendo lo que traigo en la cabeza: las cuentas, las conversaciones, el cansancio. Tú has visto mi aflicción y has conocido mi alma en las angustias; gracias porque no tengo que ocultarte nada. Cuando sienta que quedé fuera de tu vista, oye la voz de mis ruegos. Sé mi roca y mi refugio. Guarda a quienes hoy la pasan peor que yo. Amén.