Dios y las naciones
Después del dolor, el canto de todas las naciones
Lectura · Salmos 22:27-31
27Acordarse han, y volveránse á Jehová todos los términos de la tierra; y se humillarán delante de ti todas las familias de las gentes.
28Porque de Jehová es el reino; y él se enseñoreará de las gentes.
29Comerán y adorarán todos los poderosos de la tierra: postraránse delante de él todos los que descienden al polvo, si bien ninguno puede conservar la vida á su propia alma.
30La posteridad le servirá; será ella contada por una generación de Jehová.
31Vendrán, y anunciarán al pueblo que naciere, su justicia que él hizo.
¿Hacia dónde va todo esto? Uno mira las noticias, su propio cansancio, los pueblos que se enfrentan, y se pregunta si esta historia tiene rumbo. Este salmo había empezado entre quejas y sufrimientos, y de pronto, en sus últimos versículos, levanta la vista y responde con una imagen enorme: el mundo entero volviéndose a Dios. Después de tanto dolor, la última palabra no es la angustia. Es la adoración.
Todo empieza con un recuerdo: «Acordarse han, y volveránse á Jehová todos los términos de la tierra». Antes de volverse hay que detenerse y pensar. Así le pasó al hijo de la historia que contó Jesús, que primero entró en razón y después regresó a la casa de su padre. Luego viene la humildad: «se humillarán delante de ti todas las familias de las gentes». Y el motivo es simple: «de Jehová es el reino». Dios no es dueño de un rincón. Es el Rey de todo.
Después el salmo mira los extremos. Comerán y adorarán los poderosos, y «postraránse delante de él todos los que descienden al polvo». Los que lo tienen todo y los que apenas se sostienen terminan en el mismo lugar: de rodillas ante Dios. Y hay una frase que suena dura, pero que en realidad libera: «ninguno puede conservar la vida á su propia alma». Nadie se mantiene vivo por sus propios medios, ni el más fuerte ni el más rico. Eso no es para asustarnos, sino para descansar: hay alguien a quien podemos entregar el alma.
El salmo termina mirando hacia adelante: «La posteridad le servirá; será ella contada por una generación de Jehová». Siempre habrá una generación que le sirva. No necesariamente numerosa ni de la misma sangre; basta con que exista. Y tiene una tarea: «Vendrán, y anunciarán al pueblo que naciere, su justicia que él hizo». Anunciarán lo que Dios hizo, no lo que ellos lograron, a gente que todavía ni ha nacido. Cada creyente recibe la fe de alguien y la pasa a otro, como quien entrega una antorcha.
Aquí es donde nos toca. Quizás alguien te habló de Dios cuando eras chico: una abuela que rezaba en la cocina, una maestra de escuela dominical, un vecino que te invitó al culto. Tú eres parte de esa cadena. Y tal vez sientes que lo tuyo es poca cosa: contarles a tus hijos por qué oras antes de comer, invitar a un compañero de trabajo, sostener una clase de niños con pocas sillas. Este salmo dice que no es poca cosa. Lo que Dios hizo merece ser contado a los que vienen, y cada generación tiene su turno.
Muchos cristianos han leído este salmo como una palabra de Jesús. Empieza con el sufrimiento del justo y termina con el fruto de ese sufrimiento: gente de todas partes, ricos y pobres, adorando al mismo Rey. Por eso el dolor que hoy cargas no es la última palabra de tu historia. El que sufrió por nosotros es también quien nos reúne y nos guarda la vida que no podíamos guardar solos. Anímate a adorar hoy, aunque sea con voz baja.
Para vivirlo hoy
Esta semana cuéntale a una persona, joven o mayor, una cosa concreta que Dios hizo en tu vida: cómo te sostuvo, cómo te perdonó, cómo respondió. Dila con sencillez, sin discursos. Y antes de dormir dedica un minuto a orar por un pueblo o un país lejano que no conozca a Dios, dándole gracias porque el reino es suyo.
Para meditar
- ¿Quién me habló primero de Dios, y a quién le estoy pasando yo esa historia?
- ¿En qué cosas sigo intentando conservar mi propia alma, en lugar de entregársela a Dios?
- ¿Qué puedo hacer esta semana para adorar a Dios junto a personas de un origen distinto al mío?
Oración
Rey de todas las naciones, tuyo es el reino, y lo será aun cuando yo no lo vea. Gracias por los que me hablaron de ti antes de que yo supiera pedirlo. Ayúdame a detenerme y volver a ti cuando ando ocupado en otras cosas. Guarda mi alma, porque yo no puedo hacerlo. Y dame palabras sencillas para contar lo que has hecho, en mi casa, en mi trabajo y en mi iglesia. Que mi voz se sume hoy a la de tu pueblo, en todos los idiomas. Amén.