Fe y confianza
Una noche en la fortaleza y una palabra corta: Confía
Lectura · Hechos 23:1-16
1ENTONCES Pablo, poniendo los ojos en el concilio, dice: Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he conversado delante de Dios hasta el día de hoy.
2El príncipe de los sacerdotes, Ananías, mandó entonces á los que estaban delante de él, que le hiriesen en la boca.
3Entonces Pablo le dijo: Herirte ha Dios, pared blanqueada: ¿y estás tú sentado para juzgarme conforme á la ley, y contra la ley me mandas herir?
4Y los que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios maldices?
5Y Pablo dijo: No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: Al príncipe de tu pueblo no maldecirás.
6Entonces Pablo, sabiendo que la una parte era de Saduceos, y la otra de Fariseos, clamó en el concilio: Varones hermanos, yo soy Fariseo, hijo de Fariseo: de la esperanza y de la resurrección de los muertos soy yo juzgado.
7Y como hubo dicho esto, fué hecha disensión entre los Fariseos y los Saduceos; y la multitud fué dividida.
8Porque los Saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; mas los Fariseos confiesan ambas cosas.
9Y levantóse un gran clamor: y levantándose los escribas de la parte de los Fariseos, contendían diciendo: Ningún mal hallamos en este hombre; que si espíritu le ha hablado, ó ángel, no resistamos á Dios.
10Y habiendo grande disensión, el tribuno, teniendo temor de que Pablo fuese despedazado de ellos, mandó venir soldados, y arrebatarle de en medio de ellos, y llevarle á la fortaleza.
11Y la noche siguiente, presentándosele el Señor, le dijo: Confía, Pablo; que como has testificado de mí en Jerusalem, así es menester testifiques también en Roma.
12Y venido el día, algunos de los Judíos se juntaron, é hicieron voto bajo de maldición, diciendo que ni comerían ni beberían hasta que hubiesen muerto á Pablo.
13Y eran más de cuarenta los que habían hecho esta conjuración;
14Los cuales se fueron á los príncipes de los sacerdotes y á los ancianos, y dijeron: Nosotros hemos hecho voto debajo de maldición, que no hemos de gustar nada hasta que hayamos muerto á Pablo.
15Ahora pues, vosotros, con el concilio, requerid al tribuno que le saque mañana á vosotros como que queréis entender de él alguna cosa más cierta; y nosotros, antes que él llegue, estaremos aparejados para matarle.
16Entonces un hijo de la hermana de Pablo, oyendo las asechanzas, fué, y entró en la fortaleza, y dió aviso á Pablo.
Es de noche y alguien, ya en la cama, repasa una reunión que salió mal: lo que dijo, lo que le contestaron, lo que debió decir. Mañana hay que volver a la misma sala, y no se sabe cómo saldrá. Ese cansancio con mañana incierto se parece a la noche de Pablo en la fortaleza, al final de un día que empezó ante el concilio, la reunión de los dirigentes.
Ese día, Pablo pone los ojos en el concilio y dice que hasta hoy ha vivido delante de Dios con toda buena conciencia; el texto dice «he conversado», que hoy diríamos vivido. Ananías, el príncipe de los sacerdotes, manda que le peguen en la boca. Pablo responde con dureza: «Herirte ha Dios, pared blanqueada», una pared pintada de blanco por fuera, y le reprocha que juzgue según la ley y mande herirlo contra la ley. Cuando le reclaman, lo reconoce: «No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote». Habla con firmeza y sabe corregirse.
Entonces Pablo, sabiendo que una parte del concilio era de saduceos y la otra de fariseos, clama: «de la esperanza y de la resurrección de los muertos soy yo juzgado». Estalla la división: los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; los fariseos afirman todo eso. Unos escribas del lado de los fariseos dicen: «Ningún mal hallamos en este hombre». El tribuno, jefe de los soldados, teme que despedacen a Pablo, y manda llevarlo a la fortaleza.
Y llega la noche. Presentándosele el Señor, le dice: «Confía, Pablo; que como has testificado de mí en Jerusalem, así es menester testifiques también en Roma». Menester quiere decir necesario. No le anuncia que el peligro se irá ni le explica el día que acaba de vivir. Le da una palabra corta y una tarea por delante. El Señor sabe dónde está Pablo y lo llama por su nombre.
Amanece, y el peligro también. Más de cuarenta hombres hacen un voto bajo maldición: no comerán ni beberán hasta matar a Pablo. Se lo cuentan a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos, y les piden que hagan venir a Pablo con el pretexto de entender mejor su caso; ellos lo matarán antes de que llegue. Pero un hijo de la hermana de Pablo oye las trampas que preparan, va a la fortaleza y le da aviso. Un sobrino, una noticia, una puerta que se abre.
Todos hemos tenido noches así, con una reunión detrás y otra por delante, con dinero que no alcanza o con un resultado que se espera. En ellas no hace falta un discurso, sino una palabra segura. La historia no promete que todo saldrá como queremos; muestra cómo actúa Dios. El Dios de este relato es el que se presenta de noche, sabe el nombre de quien está en la fortaleza y ya tiene preparada la tarea del día que viene.
Para vivirlo hoy
Antes de dormir esta noche, lee despacio la frase «Confía, Pablo», dos o tres veces. Luego quédate un par de minutos en silencio, sin pedir nada, con lo que tengas pendiente para mañana puesto delante de Dios. Es la palabra que el Señor dijo a Pablo, y puedes recibirla como una invitación.
Para meditar
- ¿Qué mañana incierto me quita hoy el sueño, y qué podría entregar a Dios antes de dormir?
- ¿Cómo reacciono cuando me hieren con palabras, y qué puedo aprender de cómo Pablo habló y se corrigió?
- ¿A quién puedo dar hoy un aviso oportuno o una palabra de apoyo, como hizo el sobrino de Pablo?
Oración
Confieso que, cuando el mañana es incierto, mi cabeza da más vueltas que mi fe, y que a veces hablo con dureza y después tengo que reconocerlo, como Pablo ante el sumo sacerdote. Gracias porque, en la noche de la fortaleza, el Señor se presentó a Pablo y lo llamó por su nombre. Háblame también a mí en mis noches, y dame un paso de confianza para lo que viene. Cuida a quienes están en peligro esta noche. Amén.