Esperanza
Pan y palabra en la noche catorce de la tormenta
Lectura · Hechos 27:21-40
21Entonces Pablo, habiendo ya mucho que no comíamos, puesto en pie en medio de ellos, dijo: Fuera de cierto conveniente, oh varones, haberme oído, y no partir de Creta, y evitar este inconveniente y daño.
22Mas ahora os amonesto que tengáis buen ánimo; porque ninguna pérdida habrá de persona de vosotros, sino solamente de la nave.
23Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios del cual yo soy, y al cual sirvo,
24Diciendo: Pablo, no temas; es menester que seas presentado delante de César; y he aquí, Dios te ha dado todos los que navegan contigo.
25Por tanto, oh varones, tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como me ha dicho;
26Si bien es menester que demos en una isla.
27Y venida la décimacuarta noche, y siendo llevados por el mar Adriático, los marineros á la media noche sospecharon que estaban cerca de alguna tierra;
28Y echando la sonda, hallaron veinte brazas; y pasando un poco más adelante, volviendo á echar la sonda, hallaron quince brazas.
29Y habiendo temor de dar en lugares escabrosos, echando cuatro anclas de la popa, deseaban que se hiciese de día.
30Entonces procurando los marineros huir de la nave, echado que hubieron el esquife á la mar, aparentando como que querían largar las anclas de proa,
31Pablo dijo al centurión y á los soldados: Si éstos no quedan en la nave, vosotros no podéis salvaros.
32Entonces los soldados cortaron los cabos del esquife, y dejáronlo perder.
33Y como comenzó á ser de día, Pablo exhortaba á todos que comiesen, diciendo: Este es el décimocuarto día que esperáis y permanecéis ayunos, no comiendo nada.
34Por tanto, os ruego que comáis por vuestra salud: que ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá.
35Y habiendo dicho esto, tomando el pan, hizo gracias á Dios en presencia de todos, y partiendo, comenzó á comer.
36Entonces todos teniendo ya mejor ánimo, comieron ellos también.
37Y éramos todas las personas en la nave doscientas setenta y seis.
38Y satisfechos de comida, aliviaban la nave, echando el grano á la mar.
39Y como se hizo de día, no conocían la tierra: mas veían un golfo que tenía orilla, al cual acordaron echar, si pudiesen, la nave.
40Cortando pues las anclas, las dejaron en la mar, largando también las ataduras de los gobernalles; y alzada la vela mayor al viento, íbanse á la orilla.
Catorce noches de mar bravo dejan a cualquiera sin fuerzas. En esa nave hay soldados y marineros hambrientos, empapados, sin dormir, y en medio de ellos se pone de pie Pablo, un prisionero rumbo a Roma. Les recuerda, sin insistir, que habría sido mejor oírlo antes de salir de Creta, y enseguida pasa a lo que hace falta: una palabra que da ánimo y un pedazo de pan.
Lo primero es una palabra que no viene de él. Pablo cuenta que esa noche estuvo con él un ángel del Dios a quien sirve, y que le dijo: «Pablo, no temas», con una promesa amplia: «Dios te ha dado todos los que navegan contigo». Nadie morirá; solo se perderá la nave. Pablo lo dice con sencillez: «yo confío en Dios que será así como me ha dicho», aunque el camino pasa por dar contra una isla.
Llega la noche catorce. A medianoche los marineros sospechan que hay tierra cerca: al medir el fondo hallan veinte brazas y luego quince. Echan cuatro anclas por la popa y solo desean que amanezca. Entonces algunos intentan huir en el esquife con el pretexto de largar anclas por la proa. Pablo lo advierte al centurión: «Si éstos no quedan en la nave, vosotros no podéis salvaros.» Los soldados cortan los cabos y dejan perder el bote. Creer la promesa de Dios no deja de brazos cruzados: pone a usar todos los medios que hay.
Al llegar el día, Pablo cuida también el cuerpo de los suyos: recuerda que llevan catorce días de ayuno y les ruega que coman por su salud. Añade que «ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá». Luego toma el pan, «hizo gracias á Dios en presencia de todos», lo parte y comienza a comer. Todos, con mejor ánimo, comen también: su calma se contagia, y ven de dónde viene.
Quien cuenta la historia iba a bordo, y recuerda hasta el número: «éramos todas las personas en la nave doscientas setenta y seis». Ya satisfechos, aligeran la nave echando el grano al mar: lo que era su provisión ahora es un peso que soltar. Con el día no reconocen la tierra, pero ven un golfo con orilla. Cortan las anclas, sueltan los timones, alzan la vela y van hacia la orilla, sin conocer el lugar, dando el paso que podían ver.
Una enfermedad larga, una deuda que no cede, semanas de sueño escaso: hay naves así en la vida de cualquiera. La escena no promete que todo saldrá como lo soñamos; su promesa fue para estos hombres, en este viaje. Pero muestra cómo cuida Dios: con una palabra que da calma y con un pan que da fuerzas, el mismo gesto de dar gracias que Jesús enseñó a los suyos. Cuando alguien a tu lado esté agotado, acompáñalo con lo concreto, una comida o un turno que lo releve, y con una palabra sencilla de esperanza.
Para vivirlo hoy
Cuando alguien cercano esté agotado o abrumado, acompáñalo con algo concreto: una comida caliente, un rato de compañía, un turno para que descanse. Y cuando llegue el momento, agrega una palabra sencilla de esperanza, como hizo Pablo. Antes de comer, da gracias a Dios en voz alta, aunque sea breve. Y si no ves todo el camino, anota el siguiente paso que sí puedes dar hoy, y dalo.
Para meditar
- ¿A quién puedo acompañar hoy con algo concreto, una comida o un rato de compañía, y con una palabra de ánimo?
- ¿Qué palabra de Dios me ayuda a mantener la calma cuando el mar está agitado?
- ¿Cuál es el siguiente paso que puedo ver, aunque no conozca la tierra a la que voy?
Oración
Señor, tú estás conmigo en las noches largas, cuando el ruido del mar no me deja dormir. Gracias porque tu palabra me invita a no temer. Dame confianza en lo que has dicho y manos dispuestas para hacer lo que me toca. Enséñame a cuidar el cuerpo y el ánimo de quienes viajan conmigo, y a dar gracias por el pan de cada día delante de cualquiera. Cuando no conozca la tierra, sostén mi paso hasta la orilla. Amén.