Sabiduría
Un discurso breve que despide a una multitud
Lectura · Hechos 19:38-40
38Que si Demetrio y los oficiales que están con él tienen negocio con alguno, audiencias se hacen, y procónsules hay; acúsense los unos á los otros.
39Y si demandáis alguna otra cosa, en legítima asamblea se pueda decidir.
40Porque peligro hay de que seamos argüidos de sedición por hoy, no habiendo ninguna causa por la cual podamos dar razón de este concurso. Y habiendo dicho esto, despidió la concurrencia. 41
En estos tres versículos hay un solo nombre propio: Demetrio. Y a él, y a los que trabajan con él en su mismo oficio, quien habla les dice algo que no se espera en medio de un tumulto: si tienen algún reclamo, hay dónde presentarlo. «Audiencias se hacen, y procónsules hay; acúsense los unos á los otros.» Una audiencia es una sesión donde alguien con autoridad escucha a las partes, y los procónsules son gobernantes con poder para juzgar. Cada uno lleva su queja, con nombre y ante quien corresponde.
Luego añade que, si piden algo más, «en legítima asamblea se pueda decidir». Legítima quiere decir convocada como corresponde, con sus reglas. Lo de acusarse unos a otros va en los dos sentidos: ambas partes pueden hablar. No es un consejo para callar el reclamo, porque el reclamo tiene su lugar; es un consejo sobre el lugar: una calle llena de voces no es donde se resuelve nada. El pasaje no cuenta qué pensaba cada persona. Solo muestra a alguien que le baja el volumen a una multitud.
Después nombra el peligro: «peligro hay de que seamos argüidos de sedición por hoy, no habiendo ninguna causa por la cual podamos dar razón de este concurso». Argüidos quiere decir acusados, sedición es alzarse contra la autoridad, y concurso es la reunión que tienen delante. No dice que los reunidos estén equivocados. Dice algo más incómodo: que si alguien les pidiera explicar por qué están ahí, no tendrían una razón que dar. Y al terminar de hablar, «despidió la concurrencia».
El texto no nombra a Dios en ninguna de estas palabras. Quien lee con fe puede reconocer aquí un cuidado de Dios que se sirve de cosas ordinarias: tribunales que existen, reuniones con reglas, una voz clara en el momento justo. Aquí no hay milagros ni sermón: solo palabras claras y un orden que se recuerda. Es una manera de leerlo, y no una promesa de que toda multitud se vaya a calmar; el pasaje no la hace. Lo que sí muestra es que el orden también forma parte de la vida de una ciudad.
Hoy también hay multitudes pequeñas: una familia en plena discusión, un grupo de mensajes donde todos escriben a la vez, un equipo que reclama a gritos. En medio del calor, pocos se preguntan cuál es el reclamo, ante quién se presenta y cuándo. A veces el tumulto está por dentro: una irritación que, si alguien nos pidiera explicarla, no sabríamos cómo. Por eso hoy, cuando algo te encienda, elige un lugar y un momento para hablarlo, y antes de responder di en una sola frase qué está pasando.
Para vivirlo hoy
Toma un papel y escribe tres líneas sobre algo que hoy te incomoda: qué reclamo tienes, con quién corresponde hablarlo y cuándo podrías hacerlo con calma. Léelo una vez y guárdalo. Si al escribirlo notas que no hay una razón clara, deja el asunto ahí. Lleva menos de diez minutos.
Para meditar
- ¿Dónde hay hoy en mi vida un reclamo legítimo que todavía no he llevado a la persona y al lugar que corresponden?
- Si alguien me pidiera dar razón de mi enojo de hoy, ¿qué podría decirle?
- ¿Qué voz clara podría ser yo en una conversación que empieza a subir de tono?
Oración
Gracias por las audiencias y las asambleas, por los lugares donde los reclamos pueden decirse en orden, y por la voz que, en medio de una multitud, habló con palabras claras. Gracias porque aquella reunión terminó y la concurrencia se despidió. Enséñame a llevar mis quejas ante quien corresponde y a reconocer cuándo no tengo razón que dar. Pon en mi boca palabras serenas cuando una conversación suba de tono, y dame la sencillez de no querer ganar a gritos. Amén.