Verdad e integridad
Una mentira dicha en nombre de Dios y una palabra que se cumple
Lectura · Jeremías 28:15-17
15Entonces dijo el profeta Jeremías á Hananías profeta: Ahora oye, Hananías; Jehová no te envió, y tú has hecho confiar á este pueblo en mentira.
16Por tanto, así ha dicho Jehová: He aquí que yo te envío de sobre la haz de la tierra: morirás en este año, porque hablaste rebelión contra Jehová.
17Y en el mismo año murió Hananías en el mes séptimo.
Mentira. Es la palabra más dura de estos tres versículos, y llega de golpe: Jeremías le dice a Hananías que ha hecho «confiar á este pueblo en mentira». Fíjate en el verbo. No dice que Hananías dijo algo equivocado, sino que hizo confiar. La mentira no se quedó en palabras sueltas: se volvió un lugar donde la gente apoyó sus planes y su tranquilidad. Por eso el texto la toma tan en serio, porque una falsedad dicha con seguridad puede sostener a mucha gente hasta que cede.
La escena viene de un choque entre dos profetas. Hananías había anunciado que el yugo de Babilonia se rompería pronto y, para que todos lo vieran, había quebrado el yugo de madera que Jeremías llevaba al cuello. Jeremías se había ido sin responderle. Ahora la palabra de Dios llega hasta él, y vuelve a hablar con Hananías: «Ahora oye, Hananías; Jehová no te envió». Es una frase corta. Hananías hablaba con toda seguridad, pero no lo había enviado aquel en cuyo nombre decía hablar. Después llega la sentencia: «morirás en este año, porque hablaste rebelión contra Jehová».
Es una sentencia de muerte, y el texto cuenta su cumplimiento en una sola línea seca: «Y en el mismo año murió Hananías en el mes séptimo». No hay discurso ni lección añadida. Lo dicho, ocurrió, y pronto. Dios respondió a una mentira dicha en su nombre: para el pueblo de entonces, apoyar su futuro en ella era un asunto serio, y quien ponía en su boca palabras que él no dijo no quedó sin respuesta.
Detrás de todo esto se ve a un Dios que habla y cuya palabra se cumple. Que Jeremías dijera «Jehová no te envió» recuerda algo que a veces se nos olvida: decir que Dios habla no es un permiso que cada uno se da, sino un encargo que se recibe. El mensaje de Hananías sonaba bien, porque prometía alivio pronto. El de Jeremías costaba más de oír. Lo que los separaba no era cuál agradaba más, sino a quién había enviado Dios. Él cuida su propio nombre, y con eso cuida a un pueblo que necesita saber en quién confiar.
Hoy nadie rompe yugos de madera en una plaza, pero seguimos rodeados de voces que prometen que todo se arreglará pronto y sin costo. Suenan en la publicidad, en los rumores del trabajo, y a veces dentro de nosotros mismos, cuando repetimos que no pasa nada. Ese consuelo fácil es cómodo, y por eso convence. Ayuda compararlo con lo que dice la Escritura, sin desconfiar de todo el mundo. También toca a quienes hablamos: al consolar a alguien, conviene decir solo lo que de verdad sabemos.
Frente a tantas voces, hay uno a quien el Padre sí envió. El Nuevo Testamento dice que Dios envió a su Hijo, y en Jesús la verdad no promete nada que no cumpla. Su palabra a veces cuesta, pero nunca engaña, y puedes apoyar en él todo el peso de tu vida.
Para vivirlo hoy
Esta semana, cuando te llegue un mensaje, una publicación o una predicción que afirme en nombre de Dios lo que va a pasar o lo que debes hacer, no apoyes ninguna decisión en él hasta comprobarlo con lo que ya está escrito en la Biblia. Elige solo el primero que aparezca y compáralo con un pasaje que ya conozcas.
Para meditar
- ¿Qué voces te rodean esta semana con promesas de que todo se arreglará pronto, y cuáles has puesto a prueba?
- ¿Qué te cuesta más hoy: oír algo que agrada o algo que es verdad?
- Cuando te toca aconsejar o consolar a otros, ¿cómo puedes decir solo lo que de verdad sabes?
Oración
«Ahora oye»: así habló tu palabra a Hananías, y hoy quiero que me hable a mí. Dios verdadero, tú eres quien envía y tu palabra se cumple. Líbrame de apoyar mi vida en promesas que no salieron de ti, y dame oído para distinguirlas con humildad, sin desprecio por nadie. Cuando me toque hablar, guarda mi boca de decir en tu nombre lo que tú no has dicho. Gracias por Jesús, enviado por ti, en quien la verdad no falla. Guárdame cerca de él cuando lo fácil me tiente. Amén.