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Esperanza

Un campo comprado en plena cárcel y una vasija para guardar el mañana

Lectura · Jeremías 32:1-16

1PALABRA que fué á Jeremías, de Jehová el año décimo de Sedechîas rey de Judá, que fué el año décimo octavo de Nabucodonosor.

2Y entonces el ejército del rey de Babilonia tenía cercada á Jerusalem; y el profeta Jeremías estaba preso en el patio de la cárcel que estaba en la casa del rey de Judá.

3Pues Sedechîas rey de Judá lo había preso, diciendo: ¿Por qué profetizas tú diciendo: Así ha dicho Jehová: He aquí yo entrego esta ciudad en mano del rey de Babilonia, y tomarála;

4Y Sedechîas rey de Judá no escapará de la mano de los Caldeos, sino que de cierto será entregado en mano del rey de Babilonia, y hablará con él boca á boca, y sus ojos verán sus ojos;

5Y hará llevar á Sedechîas á Babilonia, y allá estará hasta que yo le visite, dice Jehová: si peleareis con los Caldeos, no os sucederá bien?

6Y dijo Jeremías: Palabra de Jehová fué á mí, diciendo:

7He aquí que Hanameel, hijo de Sallum tu tío, viene á ti, diciendo: Cómprame mi heredad que está en Anathoth; porque tú tienes derecho á ella para comprarla.

8Y vino á mí Hanameel, hijo de mi tío, conforme á la palabra de Jehová, al patio de la cárcel, y díjome: Compra ahora mi heredad que está en Anathoth, en tierra de Benjamín, porque tuyo es el derecho de la herencia, y á ti compete la redención: cómprala para ti. Entonces conocí que era palabra de Jehová.

9Y compré la heredad de Hanameel, hijo de mi tío, la cual estaba en Anathoth, y peséle el dinero: diecisiete siclos de plata.

10Y escribí la carta, y selléla, é hice atestiguar á testigos, y pesé el dinero con balanza.

11Tomé luego la carta de venta, sellada según el derecho y costumbre, y el traslado abierto.

12Y dí la carta de venta á Baruch hijo de Nerías, hijo de Maasías, delante de Hanameel el hijo de mi tío, y delante de los testigos que habían suscrito en la carta de venta, delante de todos los Judíos que estaban en el patio de la cárcel.

13Y dí orden á Baruch delante de ellos, diciendo:

14Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Toma estas cartas, esta carta de venta, la sellada, y ésta la carta abierta, y ponlas en un vaso de barro, para que se guarden muchos días.

15Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Aun se comprarán casas, y heredades, y viñas en esta tierra.

16Y después que dí la carta de venta á Baruch hijo de Nerías, oré á Jehová, diciendo:

Jeremías 32:1-16

¿Quién compra un terreno cuando el ejército enemigo ya rodea la ciudad? Eso hizo Jeremías. Era el año décimo del rey Sedequías, y el ejército de Babilonia tenía cercada Jerusalén. El profeta ni siquiera estaba en su casa, sino preso «en el patio de la cárcel que estaba en la casa del rey de Judá». Ahí le llegó una palabra de Dios que parecía fuera de lugar.

El rey lo había encerrado por su mensaje: Dios entregaría la ciudad al rey de Babilonia, y el mismo Sedequías sería llevado allá. Es un anuncio de juicio, duro de decir y de oír. Pero ahí no termina lo que Dios dice. Le avisa a Jeremías que su primo Hanameel irá a pedirle: «Cómprame mi heredad que está en Anathoth». Heredad es la tierra que se recibe de la familia; hoy diríamos un terreno heredado.

Hanameel llegó tal como Dios había dicho, fue al patio de la cárcel y le recordó que a Jeremías le tocaba comprar: «á ti compete la redención». Quiere decir que, como pariente cercano, tenía derecho a comprar el campo, y así la tierra se quedaba en la familia. Y el texto añade: «Entonces conocí que era palabra de Jehová». Jeremías reconoció la voz porque todo ocurrió como Dios se lo había anunciado: el primo llegó con su petición, tal cual.

Lo que sigue parece un trámite de notaría. Jeremías pesó diecisiete siclos de plata en una balanza, porque el siclo era una medida de peso, escribió la carta de venta, la selló y reunió testigos. La entregó a Baruch «delante de todos los Judíos que estaban en el patio de la cárcel». Luego vino la orden de Dios: guardar las cartas «en un vaso de barro, para que se guarden muchos días». Hoy diríamos una vasija.

La razón llega en una frase: «Aun se comprarán casas, y heredades, y viñas en esta tierra». Aun quiere decir todavía: después de la ruina volverá la vida de todos los días. No es una promesa para cualquiera que compre un terreno hoy; fue lo que Dios dijo a su pueblo entonces. Lo que muestra es que su palabra sobre el mañana pesa más que el cerco que se ve por la ventana, y que la fe a veces consiste en firmar, sellar y guardar un papel.

Nosotros conocemos otros cercos: una deuda que aprieta, un año duro en el trabajo, una casa donde hay tristeza. Nadie te pide que finjas que no existen; Jeremías seguía preso mientras firmaba. Para quien sigue a Jesús, la garantía de que hay mañana no es un papel en una vasija, sino un Cristo que ya salió vivo de la tumba. Y tú, ¿qué paso pequeño podrías dar hoy que solo tenga sentido si Dios guarda el mañana?

Para vivirlo hoy

Toma una hoja y escribe una sola acción que harías por tu mañana aunque el cerco siga a la vista: retomar un estudio, ahorrar poco a poco, pedir perdón a alguien. Ponle una fecha cercana y, antes de guardar la hoja, encomiéndala a Dios en una oración breve.

Para meditar

  • ¿Qué cerco tienes hoy delante, y qué paso pequeño podrías dar sin esperar a que se abra?
  • Si Dios habla de viñas mientras la ciudad está cercada, ¿de qué cosa cotidiana tuya podrías hablar con esperanza esta semana?
  • ¿Cuándo has visto que algo que Dios ya había dicho en su Palabra se confirmó en algo pequeño de tu vida?

Oración

¡Qué asombroso eres, Dios mío, que en un patio de cárcel, con la ciudad cercada, hablas de casas, campos y viñas! Gracias porque tu palabra llega hasta donde parece que nada crece. Enséñame a dar hoy un paso pequeño hacia el mañana, aunque el cerco siga a la vista. Ayúdame a reconocer tu palabra cuando se cumple, como la reconoció Jeremías, y a guardar con cuidado lo que quieres que se conserve para mañana. Cuando dude, recuérdame que la ruina no tiene la última palabra contigo. En Jesús confío. Amén.

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