Promesas de Dios
Una escala apoyada en tierra, junto a una piedra
Lectura · Génesis 28:1-18
1ENTONCES Isaac llamó á Jacob, y bendíjolo, y mandóle diciendo: No tomes mujer de las hijas de Canaán.
2Levántate, ve á Padan-aram, á casa de Bethuel, padre de tu madre, y toma allí mujer de las hijas de Labán, hermano de tu madre.
3Y el Dios omnipotente te bendiga, y te haga fructificar, y te multiplique, hasta venir á ser congregación de pueblos;
4Y te dé la bendición de Abraham, y á tu simiente contigo, para que heredes la tierra de tus peregrinaciones, que Dios dió á Abraham.
5Así envió Isaac á Jacob, el cual fué á Padan-aram, á Labán, hijo de Bethuel Arameo, hermano de Rebeca, madre de Jacob y de Esaú.
6Y vió Esaú cómo Isaac había bendecido á Jacob, y le había enviado á Padan-aram, para tomar para sí mujer de allí; y que cuando le bendijo, le había mandado, diciendo: No tomarás mujer de las hijas de Canaán;
7Y que Jacob había obedecido á su padre y á su madre, y se había ido á Padan-aram.
8Vió asimismo Esaú que las hijas de Canaán parecían mal á Isaac su padre;
9Y fuése Esaú á Ismael, y tomó para sí por mujer á Mahaleth, hija de Ismael, hijo de Abraham, hermana de Nabaioth, además de sus otras mujeres.
10Y salió Jacob de Beer-seba, y fué á Harán;
11Y encontró con un lugar, y durmió allí, porque ya el sol se había puesto: y tomó de las piedras de aquel paraje y puso á su cabecera, y acostóse en aquel lugar.
12Y soñó, y he aquí una escala que estaba apoyada en tierra, y su cabeza tocaba en el cielo: y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella.
13Y he aquí, Jehová estaba en lo alto de ella, el cual dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac: la tierra en que estás acostado te la daré á ti y á tu simiente.
14Y será tu simiente como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, y al oriente, y al aquilón, y al mediodía; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente.
15Y he aquí, yo soy contigo, y te guardaré por donde quiera que fueres, y te volveré á esta tierra; porque no te dejaré hasta tanto que haya hecho lo que te he dicho.
16Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía.
17Y tuvo miedo, y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo.
18Y levantóse Jacob de mañana, y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y alzóla por título, y derramó aceite encima de ella.
Escala. Es la palabra que usa el texto, y hoy nos suena a una parada de viaje o a las medidas de un mapa; aquí quiere decir escalera. Jacob la ve en sueños: «una escala que estaba apoyada en tierra, y su cabeza tocaba en el cielo». No está lejos, en algún lugar solemne: está apoyada en tierra, allí donde él duerme. Entre el cielo y una noche cualquiera hay una unión que no depende de nosotros.
Todo empieza antes, en una despedida. Isaac llama a Jacob, lo bendice y le manda no tomar mujer de las hijas de Canaán, sino ir a Padan-aram, a casa de Bethuel, el padre de su madre. Le desea que Dios lo haga fructificar y multiplicarse, es decir, que su vida dé fruto y su familia crezca. Jacob obedece y se va. Esaú lo ve todo y toma por mujer a una hija de Ismael, además de las que ya tenía; el relato solo lo registra.
Jacob sale de Beer-seba rumbo a Harán. Cuando ya se había puesto el sol encuentra un lugar, toma una de las piedras, la pone a su cabecera y se acuesta. Y allí, con la cabeza sobre una piedra, sueña: ve la escala y ve «ángeles de Dios que subían y descendían por ella». Arriba está Jehová. Jacob no pide nada; lo primero que hay es un Dios que se presenta.
Jehová habla: «Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac». Se presenta con el nombre de la familia de Jacob: el Dios de su casa es el mismo aquí. Repite las promesas a los patriarcas: la tierra donde está acostado, una descendencia tan numerosa como el polvo y una bendición para «todas las familias de la tierra». Y añade algo para esa noche: «yo soy contigo, y te guardaré por donde quiera que fueres», es decir, por donde vayas.
Jacob despierta y dice: «Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía». Algo de eso nos pasa. Hay lugares donde jamás pensaríamos encontrar a Dios: una sala de espera, un bus lleno a las siete de la mañana, una casa nueva cuyos ruidos aún no reconocemos. Jacob tuvo miedo y llamó terrible a aquel sitio, palabra que en su boca dice temor y asombro. Al amanecer alza la piedra como señal y le derrama aceite.
En esa escala vemos una imagen de Jesús: por él, el cielo y la tierra se tocan sin que nadie tenga que subir a fuerza de méritos. Y la bendición para todas las familias apunta hacia él. Por eso una noche de piedra puede ser una noche acompañada. El texto no promete un camino fácil; muestra a Dios ya presente. Jacob lo dijo con dos frases sencillas: «casa de Dios, y puerta del cielo».
Para vivirlo hoy
Durante los próximos días, antes de dormir, piensa en un lugar concreto por el que pasaste hoy, como un pasillo, una fila o una mesa de trabajo, y di con tus palabras que Dios estuvo allí aunque no lo notaras. Bastan dos minutos, y poco a poco cambia tu forma de mirar lo cotidiano.
Para meditar
- ¿En qué lugar de tu semana, por poco especial que parezca, podrías decir hoy que Dios estaba allí y tú no lo sabías?
- Jacob duerme con una piedra por almohada y recibe una promesa; ¿qué piedra dura de esta etapa de tu vida quieres poner hoy delante de Dios?
- ¿Quién te ha acercado a Dios con sus palabras o con su ejemplo, y cómo podrías darle las gracias esta semana?
Oración
¡Qué grande eres, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, que sales al encuentro de quien duerme sobre una piedra! Te alabo porque hablaste primero, sin que nadie te pidiera nada, y porque pusiste una escala donde no había camino. Perdona que tantas veces no sepa que estás en el lugar donde estoy. Acompáñame en los sitios nuevos y en las noches duras de esta semana. Bendice a quienes me enseñaron a conocerte. Y que, al despertar, pueda decir con Jacob que aquí estás tú. Amén.