Familia y hogar
Un montón de piedras y Dios como testigo
Lectura · Génesis 31:38-55
38Estos veinte años he estado contigo: tus ovejas y tus cabras nunca abortaron, ni yo comí carnero de tus ovejas.
39Nunca te traje lo arrebatado por las fieras; yo pagaba el daño; lo hurtado así de día como de noche, de mi mano lo requerías.
40De día me consumía el calor, y de noche la helada, y el sueño se huía de mis ojos.
41Así he estado veinte años en tu casa: catorce años te serví por tus dos hijas, y seis años por tu ganado; y has mudado mi salario diez veces.
42Si el Dios de mi padre, el Dios de Abraham, y el temor de Isaac, no fuera conmigo, de cierto me enviarías ahora vacío: vió Dios mi aflicción y el trabajo de mis manos, y reprendióte anoche.
43Y respondió Labán, y dijo á Jacob: Las hijas son hijas mías, y los hijos, hijos míos son, y las ovejas son mis ovejas, y todo lo que tú ves es mío: ¿y qué puedo yo hacer hoy á estas mis hijas, ó á sus hijos que ellas han parido?
44Ven pues ahora, y hagamos alianza yo y tú; y sea en testimonio entre mí y entre ti.
45Entonces Jacob tomó una piedra, y levantóla por título.
46Y dijo Jacob á sus hermanos: Coged piedras. Y tomaron piedras é hicieron un majano; y comieron allí sobre aquel majano.
47Y llamólo Labán Jegar Sahadutha: y lo llamó Jacob Galaad.
48Porque Labán dijo: Este majano es testigo hoy entre mí y entre ti; por eso fué llamado su nombre Galaad;
49Y Mizpa, por cuanto dijo: Atalaye Jehová entre mí y entre ti, cuando nos apartáremos el uno del otro.
50Si afligieres mis hijas, ó si tomares otras mujeres además de mis hijas, nadie está con nosotros; mira, Dios es testigo entre mí y entre ti.
51Dijo más Labán á Jacob: He aquí este majano, y he aquí este título, que he erigido entre mí y ti.
52Testigo sea este majano, y testigo sea este título, que ni yo pasaré contra ti este majano, ni tú pasarás contra mí este majano ni este título, para mal.
53El Dios de Abraham, y el Dios de Nachôr juzgue entre nosotros, el Dios de sus padres. Y Jacob juró por el temor de Isaac su padre.
54Entonces Jacob inmoló víctimas en el monte, y llamó á sus hermanos á comer pan: y comieron pan, y durmieron aquella noche en el monte.
55Y levantóse Labán de mañana, y besó sus hijos y sus hijas, y los bendijo; y retrocedió y volvióse á su lugar.
¿Cómo se cierra una relación de veinte años en la que uno de los dos siente que trabajó de más y recibió de menos? Este pasaje no da una fórmula, sino una escena para mirar despacio: un hombre que pone sus cuentas sobre la mesa, otro que responde con lo que es suyo, un montón de piedras, una comida y una despedida con bendición. Son Jacob y Labán, yerno y suegro, cerrando lo que vivieron juntos.
Jacob habla primero, y lo hace con cuentas claras. En veinte años, las ovejas y las cabras de Labán no perdieron sus crías y él nunca comió carnero del rebaño. Lo que arrebataban las fieras, lo pagaba él. Y recuerda las noches: «De día me consumía el calor, y de noche la helada, y el sueño se huía de mis ojos», es decir, no lograba dormir. Sirvió catorce años por las dos hijas de Labán, seis por el ganado, y su salario fue cambiado diez veces.
Después nombra lo que lo sostuvo. Si el Dios de su padre no hubiera estado con él, Labán lo habría despedido con las manos vacías; pero «vió Dios mi aflicción y el trabajo de mis manos», y la noche anterior reprendió a Labán. Es lo primero que el pasaje muestra de Dios: ve lo que nadie apunta en ninguna lista, las noches de helada y el trabajo repetido.
Labán responde que las hijas, los nietos y las ovejas son suyos. El relato no cuenta que conteste punto por punto las cuentas de Jacob, ni que pida perdón. Pero enseguida propone: «Ven pues ahora, y hagamos alianza yo y tú». Jacob levanta una piedra como señal y ordena a los suyos: «Coged piedras», es decir, tomen piedras. Con ellas hacen un majano, un montón de piedras, y comen sobre él.
Cada uno le pone su nombre: Jegar Sahadutha, dice Labán; Galaad, dice Jacob. El montón es un testigo. También se le llama Mizpa, por lo que dijeron: «Atalaye Jehová entre mí y entre ti, cuando nos apartáremos el uno del otro», que hoy diríamos: que Jehová vigile entre los dos cuando estemos lejos. Suena menos a ternura que a garantía. Ninguno pasará el montón para hacer mal al otro, y cuando nadie más mira, Dios es testigo.
El final es sobrio. Jacob jura por el Dios a quien su padre Isaac reverenciaba, ofrece sacrificios en el monte, llama a los suyos a comer pan y pasan allí la noche. Al amanecer, Labán besa a sus hijos y a sus hijas, los bendice y se vuelve a su lugar. Nadie dice que todo quedó sanado, pero se cerró con un límite, una mesa y una bendición. A veces eso es lo que se puede hacer con un asunto largo, y no es poco: hay finales que no arreglan todo y aun así dejan a cada uno en paz para seguir su camino.
Para vivirlo hoy
Piensa en alguien cuyo trabajo poco visible sostiene tu día: quien limpia, cuida, repara o cocina, en tu casa o fuera de ella. Dale hoy las gracias por su nombre y con una frase concreta sobre lo que hace. Basta un momento. Así aprendes a mirar como mira Dios: fijándote en lo que casi nadie anota.
Para meditar
- Jacob cuenta con detalle veinte años de trabajo callado; ¿quién ha visto lo tuyo sin que tuvieras que decirlo, y a quién podrías mirar tú con esa atención?
- Jacob y Labán acuerdan que ninguno pasará el montón para mal del otro; ¿qué límite sano necesita hoy alguna de tus relaciones?
- Comieron juntos, y a la mañana Labán bendijo a los suyos antes de volver a su lugar; ¿qué gesto sencillo podría cerrar bien un asunto que llevas pendiente?
Oración
Gracias, Dios de Abraham, porque viste la aflicción de Jacob y el trabajo de sus manos cuando nadie más lo anotaba. Gracias por ser testigo entre quienes se apartan y por las mesas donde se comió pan después de una discusión. Enséñame a cerrar bien lo que tengo abierto: a poner límites sin odio, a decir la verdad sin herir y a bendecir al despedirme. Cuida a quienes trabajan sin que se les agradezca, y que mi palabra dada valga delante de ti. Amén.