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Juicio y misericordia

Una era, un altar y un precio que David quiso pagar

Lectura · 2 Samuel 24:16-25

16Y como el ángel extendió su mano sobre Jerusalem para destruirla, Jehová se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que destruía el pueblo: Basta ahora; detén tu mano. Entonces el ángel de Jehová estaba junto á la era de Arauna Jebuseo.

17Y David dijo á Jehová, cuando vió al ángel que hería al pueblo: Yo pequé, yo hice la maldad: ¿qué hicieron estas ovejas? Ruégote que tu mano se torne contra mí, y contra la casa de mi padre.

18Y Gad vino á David aquel día, y díjole: Sube, y haz un altar á Jehová en la era de Arauna Jebuseo.

19Y subió David, conforme al dicho de Gad, que Jehová le había mandado.

20Y mirando Arauna, vió al rey y á sus siervos que pasaban á él. Saliendo entonces Arauna, inclinóse delante del rey hacia tierra.

21Y Arauna dijo: ¿Por qué viene mi señor el rey á su siervo? Y David respondió: Para comprar de ti la era, para edificar altar á Jehová, á fin de que la mortandad cese del pueblo.

22Y Arauna dijo á David: Tome y sacrifique mi señor el rey lo que bien le pareciere; he aquí bueyes para el holocausto; y trillos y otros pertrechos de bueyes para leña:

23Todo lo da como un rey Arauna al rey. Luego dijo Arauna al rey: Jehová tu Dios te sea propicio.

24Y el rey dijo á Arauna: No, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré á Jehová mi Dios holocaustos por nada. Entonces David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata.

25Y edificó allí David un altar á Jehová, y sacrificó holocaustos y pacíficos; y Jehová se aplacó con la tierra, y cesó la plaga de Israel.

2 Samuel 24:16-25

«Basta ahora; detén tu mano.» Con esas palabras Dios frena a un ángel que ya tenía la mano extendida sobre Jerusalén para destruirla. Antes, David había mandado contar al pueblo, su conciencia lo golpeó y una peste cayó sobre Israel: es un juicio, y el relato no lo esconde. Ahora el texto usa una expresión que sorprende: «Jehová se arrepintió de aquel mal». Quiere decir que Dios cambió de rumbo y detuvo lo que estaba en marcha. El juicio es real; también lo es el límite que Dios le pone.

David ve al ángel que hería al pueblo y ora: «Yo pequé, yo hice la maldad: ¿qué hicieron estas ovejas?» Llama ovejas a la gente que gobernaba, y pide que la mano caiga sobre él y sobre la casa de su padre. No se esconde detrás de su cargo ni reparte la culpa. Su pregunta queda sin respuesta: el texto no explica por qué el pueblo carga con la falta del rey. Lo que cuenta es el orden: primero la orden de Dios de detenerse, y después la oración de David.

Entonces llega Gad con un mandato de parte de Dios: subir y levantar un altar en la era de Arauna. Una era es un terreno firme y llano donde se trilla el grano. David sube «conforme al dicho de Gad, que Jehová le había mandado». Arauna ve venir al rey con sus siervos y se inclina hasta el suelo. David le explica que quiere comprarle la era para un altar, a fin de que cese la mortandad. Arauna le ofrece todo: los bueyes para el sacrificio y los instrumentos de trabajo como leña. «Todo lo da como un rey Arauna al rey».

David no acepta el regalo. Dice: «No, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré á Jehová mi Dios holocaustos por nada». Un holocausto, hoy diríamos, es una ofrenda que se quema entera sobre el altar. David paga cincuenta siclos de plata por la era y los bueyes. Da su razón: no quiere presentarse ante Dios con algo que no le costó nada. No es una regla de precios: es un corazón que responde a la misericordia de Dios con algo que pesa.

Hoy nadie levanta altares en una era, pero las ofrendas de ahora cuestan otra cosa: tiempo, atención, un rato sin prisa. Cuando vamos corriendo, esas cosas quedan para el final. El pasaje no dice que el favor de Dios se compre: el mandato vino de Dios, y el texto lo repite. David solo responde. Y deja una imagen que no se olvida: un pastor que se pone entre las ovejas y el golpe.

La escena termina sin discursos: «Y edificó allí David un altar á Jehová, y sacrificó holocaustos y pacíficos; y Jehová se aplacó con la tierra, y cesó la plaga de Israel.» Los pacíficos eran ofrendas de paz; aplacarse quiere decir calmarse. El texto une el fin de la plaga al altar sin explicar cómo. Los sacrificios de Israel apuntan a Cristo, el buen pastor que da la vida por sus ovejas y cuyo sacrificio sí alcanza lo que aquellos solo anunciaban.

Para vivirlo hoy

Aparta hoy un rato sin prisa, quince minutos y sin pantallas, para orar. Nombra a Dios tres cosas que recibiste sin haberlas ganado y dale gracias por su misericordia. Deja otra cosa de lado para hacerlo, de modo que el rato te cueste algo.

Para meditar

  • El relato pone la orden de Dios de detenerse antes de la oración de David. ¿Qué ves ahí de cómo es Dios?
  • David no quiso ofrecer a Dios algo que no le costara nada. ¿Qué haces hoy, como respuesta a su misericordia, que te cueste tiempo, atención o esfuerzo?
  • Arauna dio todo con generosidad de rey. ¿Quién ha sido así contigo, y cómo podrías hacerle saber que lo notaste?

Oración

Jesús, en la escena de hoy veo a un pastor que pide que el golpe caiga sobre él y no sobre las ovejas, y te veo a ti, que lo hiciste de verdad en la cruz. Gracias porque tu misericordia detuvo lo que nosotros no podíamos detener. Enséñame a responderte con algo que tenga peso: tiempo, atención, un rato sin prisa. Que nada de lo que te ofrezca sea un simple trámite. Dame la generosidad de Arauna, que dio todo sin llevar cuentas, y la sencillez de David, que dijo la verdad sin esconderse. Amén.

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