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Liderazgo y responsabilidad

Un banquete, una promesa y una palabra dicha a tiempo

Lectura · 1 Reyes 1:1-19

1COMO el rey David era viejo, y entrado en días, cubríanle de vestidos, mas no se calentaba.

2Dijéronle por tanto sus siervos: Busquen á mi señor el rey una moza virgen, para que esté delante del rey, y lo abrigue, y duerma á su lado, y calentará á mi señor el rey.

3Y buscaron una moza hermosa por todo el término de Israel, y hallaron á Abisag Sunamita, y trajéronla al rey.

4Y la moza era hermosa, la cual calentaba al rey, y le servía: mas el rey nunca la conoció.

5Entonces Adonía hijo de Haggith se levantó, diciendo: Yo reinaré. E hízose de carros y gente de á caballo, y cincuenta hombres que corriesen delante de él.

6Y su padre nunca lo entristeció en todos sus días con decirle: ¿Por qué haces así? Y también éste era de hermoso parecer; y habíalo engendrado después de Absalom.

7Y tenía tratos con Joab hijo de Sarvia, y con Abiathar sacerdote, los cuales ayudaban á Adonía.

8Mas Sadoc sacerdote, y Benaía hijo de Joiada, y Nathán profeta, y Semei, y Reihi, y todos los grandes de David, no seguían á Adonía.

9Y matando Adonía ovejas y vacas y animales engordados junto á la peña de Zoheleth, que está cerca de la fuente de Rogel, convidó á todos sus hermanos los hijos del rey, y á todos los varones de Judá, siervos del rey:

10Mas no convidó á Nathán profeta, ni á Benaía, ni á los grandes, ni á Salomón su hermano.

11Y habló Nathán á Bath-sheba madre de Salomón, diciendo: ¿No has oído que reina Adonía hijo de Haggith, sin saberlo David nuestro señor?

12Ven pues ahora, y toma mi consejo, para que guardes tu vida, y la vida de tu hijo Salomón.

13Ve, y entra al rey David, y dile: Rey señor mío, ¿no has tú jurado á tu sierva, diciendo: Salomón tu hijo reinará después de mí, y él se sentará en mi trono? ¿por qué pues reina Adonía?

14Y estando tú aún hablando con el rey, yo entraré tras ti, y acabaré tus razones.

15Entonces Bath-sheba entró al rey á la cámara: y el rey era muy viejo; y Abisag Sunamita servía al rey.

16Y Bath-sheba se inclinó, é hizo reverencia al rey. Y el rey dijo: ¿Qué tienes?

17Y ella le respondió: Señor mío, tú juraste á tu sierva por Jehová tu Dios, diciendo: Salomón tu hijo reinará después de mí, y él se sentará en mi trono;

18Y he aquí ahora Adonía reina: y tú, mi señor rey, ahora no lo supiste.

19Ha matado bueyes, y animales engordados, y muchas ovejas, y ha convidado á todos los hijos del rey, y á Abiathar sacerdote, y á Joab general del ejército; mas á Salomón tu siervo no ha convidado.

1 Reyes 1:1-19

El rey David, ya viejo, está en cama cubierto de ropa y no logra entrar en calor. Sus siervos buscan una joven que lo abrigue y duerma a su lado, y encuentran a Abisag, la sunamita, que lo cuida y lo sirve. El texto aclara con sobriedad: «mas el rey nunca la conoció», es decir, no hubo relación íntima entre ellos. A nuestros ojos, buscar por todo el país a una joven con ese fin resulta incómodo; la Biblia lo cuenta tal como fue, sin presentarlo como ejemplo.

Mientras el rey yace en su cuarto, otro se levanta. Es Adonía, hijo de Haggith, nacido después de Absalom, y dice: «Yo reinaré». Se hace de carros, jinetes y cincuenta hombres que corran delante de él, y cuenta con el apoyo de Joab y del sacerdote Abiathar. El narrador deja entonces una nota sobre su crianza: su padre nunca lo entristeció «con decirle: ¿Por qué haces así?». No dice que sea la causa de todo; lo escribe justo aquí, donde el hijo ya se ha proclamado rey.

Hay quienes no lo siguen: el sacerdote Sadoc, Benaía, el profeta Nathán y los grandes de David. Adonía prepara un banquete junto a la peña de Zoheleth, cerca de la fuente de Rogel, con ovejas, vacas y animales engordados. Invita a sus hermanos, los hijos del rey, y a los varones de Judá que sirven al rey. A Nathán, a Benaía y a los grandes no los invita, ni tampoco a Salomón. Una mesa así reúne y separa a la vez.

Nathán no se queda mirando. Va con Bath-sheba, la madre de Salomón, y le pregunta si ha oído que reina Adonía sin que David lo sepa. Le ofrece su consejo «para que guardes tu vida, y la vida de tu hijo Salomón», y le explica qué decir al rey. Bath-sheba entra a la cámara, se inclina y le recuerda el juramento hecho «por Jehová tu Dios»: «Salomón tu hijo reinará después de mí». Dios no habla en esta escena, pero quien lee con fe nota que se apela a su nombre, y que una promesa hecha delante de Él no caduca porque quien la hizo esté viejo.

Todos conocemos a alguien a quien nadie le pregunta por qué actúa así: por cariño, por cansancio o porque hablar cuesta. Nathán muestra otra posibilidad: ver, hablar a tiempo y hacerlo con un plan que cuide a las personas. También nos toca recibir esa palabra sin armar un banquete a nuestro favor. Y entre tantos «yo reinaré», el Nuevo Testamento presenta a Jesús como el Rey que no vino a ser servido, sino a servir, y que dio su vida por los suyos.

El texto de hoy se detiene en la queja de Bath-sheba, sin contarnos aún la respuesta del rey. A veces también vivimos así: con la historia abierta y una decisión por tomar. Hoy, antes de que termine el día, agradece en silencio a alguien que alguna vez se atrevió a decirte algo que no querías oír.

Para vivirlo hoy

Escoge a una persona de tu confianza: un amigo, alguien de tu familia, de tu iglesia o del trabajo. Esta semana, dile con calma que, si algún día ve que vas por mal camino, quieres que te lo diga con cariño, aunque cueste.

Para meditar

  • ¿Quién en tu vida se ha atrevido a decirte algo difícil de oír, y cómo lo recibiste?
  • Nathán vio el problema y actuó a tiempo. ¿Qué has visto en alguien cercano que quizá esperas decirle, y qué palabra amable podrías usar?
  • Adonía juntó carros, aliados y un banquete para afirmarse. ¿En qué buscas afirmarte hoy, y qué cambiaría si confiaras en las promesas de Dios?

Oración

Dios fiel, en la escena de hoy no apareces dirigiendo los banquetes ni las intrigas, pero una mujer se apoya en un juramento hecho «por Jehová tu Dios», y eso ya habla de ti: contigo las promesas no caducan. Gracias por eso. Enséñame a hablar a tiempo y con cuidado, y a escuchar sin defenderme cuando otro me hable así. Dame oídos para la verdad que duele y una boca que la diga con cariño. Amén.

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