Alabanza y adoración
Un último salmo para todo lo que respira
Lectura · Salmos 150:1-6
1Aleluya. ALABAD á Dios en su santuario: alabadle en la extensión de su fortaleza.
2Alabadle por sus proezas: alabadle conforme á la muchedumbre de su grandeza.
3Alabadle á son de bocina: alabadle con salterio y arpa.
4Alabadle con adufe y flauta: alabadle con cuerdas y órgano.
5Alabadle con címbalos resonantes: alabadle con címbalos de júbilo.
6Todo lo que respira alabe á JAH. Aleluya.
Trece veces. En seis versículos, el último salmo del libro repite la misma orden, como quien no se cansa de decir lo único que falta decir. Después de tantos cantos de súplica, de duda y de enseñanza, los Salmos no terminan con una explicación, sino con un estallido: alabad. Y detrás de esa orden hay algo muy sencillo que, entre las mil cosas urgentes de un día, casi nunca pensamos. Respiramos sin darnos cuenta, como quien no repara en el reloj de la cocina.
El salmo empieza en el lugar más alto: «en su santuario», allí donde Dios hace conocida su gloria y su gracia, y sigue con «en la extensión de su fortaleza», que es el cielo inmenso donde se ve su poder. Luego da la razón: «Alabadle por sus proezas: alabadle conforme á la muchedumbre de su grandeza». Sus proezas son lo que ha hecho al crear, al gobernar el mundo y al rescatar a su pueblo. Y su grandeza no tiene medida: por más que digamos, quedamos cortos, así que no hay peligro de exagerar.
Después viene la orquesta. La palabra antigua «bocina» nombra un cuerno o trompeta, y «salterio y arpa» son instrumentos de cuerdas. Siguen la flauta, más cuerdas y unos «címbalos de júbilo», que suenan fuertes y alegres. No necesitamos saber cómo sonaba cada uno; basta ver que el corazón del salmista estaba tan lleno que quería que todo sonara. Aquí nadie escatima esfuerzo. Los instrumentos son un medio; lo que el salmo busca es un corazón que alabe, agradecido por lo que Dios ha hecho y alegre de que exista.
Es fácil creer que la alabanza es para el domingo, para quien canta bien o para los días en que todo sale bien. El salmo dice otra cosa: «Todo lo que respira alabe». Incluye al que llega agotado del trabajo, a la madre que no durmió, al que tiene cuentas pendientes y la cabeza llena de cifras. Tu aliento cuenta. Y el salmo se cierra con «JAH», una forma breve del nombre de Dios, Jehová: termina nombrándolo a él, y no a nuestro talento ni a nuestro ánimo.
Al principio el llamado era para quienes servían en el templo, pero termina abierto para todos. En Cristo esa puerta está de par en par, y a los suyos se les pide glorificar a Dios con un mismo ánimo y una misma boca. No hay sección reservada para los que saben, ni un turno para los que se sienten dignos. Quien tenga aliento tiene lugar.
Las oraciones son como respiraciones dirigidas a Dios. Quien ha respirado hacia él en su necesidad puede respirar ahora también gratitud, porque ha visto su ayuda. Cada bocanada de hoy es un regalo que nadie se ganó, y por eso alabar es la respuesta más natural. Y mientras haya aliento en tu pecho, hay motivo y hay lugar para decir Aleluya.
Para vivirlo hoy
Hoy, tres veces durante el día, detente medio minuto, respira hondo y nombra en voz baja una razón concreta para alabar a Dios: algo que hizo o algo que él es. Puede ser en el auto, en la fila o en la cocina. Al terminar el día, recuerda la que más te sorprendió y agradécela con tus palabras.
Para meditar
- ¿Qué proeza de Dios en tu vida, grande o pequeña, podrías nombrar hoy en voz alta?
- ¿Cómo sería alabar a Dios con tu trabajo o con tu paciencia, y no solo con tu voz?
- ¿Qué te dice que el salmo llame a alabar a todo lo que respira, incluso en un día en que estás cansado?
Oración
Señor, todo lo que soy respira gracias a ti. Hoy quiero devolverte una parte de ese aliento en gratitud. Eres más grande de lo que mi boca alcanza a decir, y aun así me invitas a alabarte. Enséñame a nombrar tus proezas, las grandes y las pequeñas, con gozo y no por deber. Que cada respiración mía, en el trabajo, en la casa y en el silencio, sea una palabra dirigida a ti. Aleluya. Amén.