Familia y hogar
La túnica, los sueños y un camino hacia los hermanos
Lectura · Génesis 37:1-18
1Y HABITÓ Jacob en la tierra donde peregrinó su padre, en la tierra de Canaán.
2Estas fueron las generaciones de Jacob. José, siendo de edad de diez y siete años apacentaba las ovejas con sus hermanos; y el joven estaba con los hijos de Bilha, y con los hijos de Zilpa, mujeres de su padre: y noticiaba José á su padre la mala fama de ellos.
3Y amaba Israel á José más que á todos sus hijos, porque le había tenido en su vejez: y le hizo una ropa de diversos colores.
4Y viendo sus hermanos que su padre lo amaba más que á todos sus hermanos, aborrecíanle, y no le podían hablar pacíficamente.
5Y soñó José un sueño, y contólo á sus hermanos; y ellos vinieron á aborrecerle más todavía.
6Y él les dijo: Oíd ahora este sueño que he soñado:
7He aquí que atábamos manojos en medio del campo, y he aquí que mi manojo se levantaba, y estaba derecho, y que vuestros manojos estaban alrededor, y se inclinaban al mío.
8Y respondiéronle sus hermanos: ¿Has de reinar tú sobre nosotros, ó te has de enseñorear sobre nosotros? Y le aborrecieron aún más á causa de sus sueños y de sus palabras.
9Y soñó aún otro sueño, y contólo á sus hermanos, diciendo: He aquí que he soñado otro sueño, y he aquí que el sol y la luna y once estrellas se inclinaban á mí.
10Y contólo á su padre y á sus hermanos: y su padre le reprendió, y díjole: ¿Qué sueño es este que soñaste? ¿Hemos de venir yo y tu madre, y tus hermanos, á inclinarnos á ti á tierra?
11Y sus hermanos le tenían envidia, mas su padre paraba la consideración en ello.
12Y fueron sus hermanos á apacentar las ovejas de su padre en Sichêm.
13Y dijo Israel á José: Tus hermanos apacientan las ovejas en Sichêm: ven, y te enviaré á ellos. Y él respondió: Heme aquí.
14Y él le dijo: Ve ahora, mira cómo están tus hermanos y cómo están las ovejas, y tráeme la respuesta. Y enviólo del valle de Hebrón, y llegó á Sichêm.
15Y hallólo un hombre, andando él perdido por el campo, y preguntóle aquel hombre, diciendo: ¿Qué buscas?
16Y él respondió: Busco á mis hermanos: ruégote que me muestres dónde pastan.
17Y aquel hombre respondió: Ya se han ido de aquí; y yo les oí decir: Vamos á Dothán. Entonces José fué tras de sus hermanos, y hallólos en Dothán.
18Y como ellos lo vieron de lejos, antes que cerca de ellos llegara, proyectaron contra él para matarle.
«Aborrecíanle, y no le podían hablar pacíficamente». Aborrecer quiere decir odiar profundamente, y así describe el texto a unos hermanos que ya no logran dirigirse la palabra en calma. Casi nunca se llega a eso de un día para otro. Se acumulan comparaciones, palabras dichas a destiempo, un cariño que no se reparte parejo, y un día la casa está llena de silencios. Este pasaje lo cuenta sin maquillaje. La Biblia no esconde las heridas de su gente, y eso ya es una forma de respeto hacia las nuestras.
Jacob vive en Canaán, donde su padre había andado como forastero. José, de diecisiete años, cuida las ovejas con sus hermanos y con los hijos de Bilha y de Zilpa. Un día lleva a su padre un mal informe sobre ellos. El texto dice sin rodeos que Israel amaba a José más que a todos sus hijos, porque lo había tenido en su vejez, y le hizo una ropa de diversos colores.
Entonces José sueña y cuenta lo que sueña: atando manojos en el campo, el suyo se levantaba y los de sus hermanos se inclinaban ante él. Ellos entienden perfectamente: «¿Has de reinar tú sobre nosotros, ó te has de enseñorear sobre nosotros?». Viene otro sueño, con el sol, la luna y once estrellas, y su padre no lo olvida. Esos sueños fueron un consuelo dado por adelantado: José soñó con su lugar, pero no con las pruebas que vendrían antes.
Poco después su padre lo envía a ver cómo están sus hermanos, que pastorean lejos, en Sichêm. José responde con una sola palabra: «Heme aquí», que hoy diríamos simplemente aquí estoy. Va con obediencia y buena voluntad, aunque ya sabía que no era querido. Llega y no los encuentra: anda perdido por el campo. Un desconocido le hace entonces una pregunta sencilla y honda: «¿Qué buscas?». José contesta: «Busco á mis hermanos». Los halla en Dothán, pero ellos lo ven venir de lejos, y el texto lo dice sin adornos: «proyectaron contra él para matarle».
En estos versículos Dios no aparece nombrado; el resto de la historia de José mostrará que tampoco esto se le escapó de las manos. Eso no significa que doliera menos: el texto no lo suaviza. Hoy conocemos escenas parecidas: el hermano al que le tocó más cariño, el compañero que nos envidia, la familia que no se habla hace años. Conocemos también el sentirse perdido, sin saber dónde están los nuestros, y a veces alguien nos pregunta con ternura qué estamos buscando.
Hay en José algo que anticipa a Jesús: amado por su padre, rechazado por los suyos, humillado primero y levantado después. Por eso podemos llevarle nuestras heridas de familia sin temor: él también fue rechazado por los suyos. Y la historia de José nos asegura que la última palabra no la tienen quienes se ponen de acuerdo para hacer daño.
Para vivirlo hoy
Piensa en la persona de tu familia o de tu trabajo con quien hoy cuesta hablar en paz. Ora por ella por su nombre y, si la relación es sana, da un paso pequeño: un saludo, un mensaje, un rato para escuchar. Si esa relación implica maltrato o te pone en riesgo, no te acerques a solas: protégete, cuéntaselo a alguien de confianza y busca ayuda profesional. Si el dolor te lleva a pensar en hacerte daño, pide ayuda urgente.
Para meditar
- ¿Con quién de tu familia o de tu trabajo cuesta hoy hablar en paz, y qué paso pequeño y seguro podrías dar?
- ¿Cuándo te has sentido perdido, sin saber dónde están los tuyos, y quién te salió al encuentro?
- ¿Qué te ayuda a seguir confiando en Dios cuando lo que vives se ve muy distinto de lo que esperabas?
Oración
Dios de Jacob y de José, tú ves las casas donde el cariño no se reparte parejo y donde las palabras duelen. Cuida lo que se ha torcido entre hermanos y entre padres e hijos. Protege a quien vive con miedo dentro de su propia casa. Si alguien me ha herido, ayúdame a llevarlo delante de ti y a no cargarlo solo. Cuando ande perdido, sal a mi encuentro y enséñame qué busco de verdad. Y dame paciencia para esperar en ti, aunque el camino sea distinto del que soñé. Por Jesús, nuestro Señor. Amén.