El Reino de Dios
Un hermano en una isla y un Señor de rostro como el sol
Lectura · Apocalipsis 1:1-16
1LA revelación de Jesucristo, que Dios le dió, para manifestar á sus siervos las cosas que deben suceder presto; y la declaró, enviándola por su ángel á Juan su siervo,
2El cual ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto.
3Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas: porque el tiempo está cerca.
4Juan á las siete iglesias que están en Asia: Gracia sea con vosotros, y paz del que es y que era y que ha de venir, y de los siete Espíritus que están delante de su trono;
5Y de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre,
6Y nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios y su Padre; á él sea gloria é imperio para siempre jamás. Amén.
7He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra se lamentarán sobre él. Así sea. Amén.
8Yo soy el Alpha y la Omega, principio y fin, dice el Señor, que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.
9Yo Juan, vuestro hermano, y participante en la tribulación y en el reino, y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla que es llamada Patmos, por la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo.
10Yo fuí en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta,
11Que decía: Yo soy el Alpha y Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo á las siete iglesias que están en Asia; á Efeso, y á Smirna, y á Pérgamo, y á Tiatira, y á Sardis, y á Filadelfia, y á Laodicea.
12Y me volví á ver la voz que hablaba conmigo: y vuelto, vi siete candeleros de oro;
13Y en medio de los siete candeleros, uno semejante al Hijo del hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por los pechos con una cinta de oro.
14Y su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve; y sus ojos como llama de fuego;
15Y sus pies semejantes al latón fino, ardientes como en un horno; y su voz como ruido de muchas aguas.
16Y tenía en su diestra siete estrellas: y de su boca salía una espada aguda de dos filos. Y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza.
Hay un contraste que atraviesa esta página. Por un lado, un hombre que se presenta sin adornos: «Yo Juan, vuestro hermano, y participante en la tribulación y en el reino, y en la paciencia de Jesucristo», y que está en una isla llamada Patmos. Por otro, lo que le toca ver y escribir es enorme: una voz como de trompeta le manda escribir lo que ve y enviarlo a siete iglesias. Una sola isla, y una carta que sale de ella hacia siete ciudades.
El libro se presenta como una revelación de Jesucristo, dada por Dios y enviada por medio de un ángel a Juan, que da testimonio de la palabra de Dios y de lo que vio. Enseguida viene una bienaventuranza, que quiere decir una dicha: «Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas». La dicha no se promete a quien lo descifre todo, sino a quien lee, oye y guarda. Luego Juan saluda a las siete iglesias con gracia y paz.
Ese saludo trae nombre y rostro: Jesucristo, el testigo fiel, el primero de entre los muertos y «príncipe de los reyes de la tierra». Aquí está el contraste más hondo. El que manda sobre los reyes es el mismo que nos amó, nos lavó de nuestros pecados con su sangre y hizo de los suyos reyes y sacerdotes para Dios. El versículo siete no esconde lo serio: viene con las nubes, todo ojo le verá, incluso quienes lo traspasaron, y los pueblos de la tierra se lamentarán por él. El texto no explica más.
Entonces habla el Señor: «Yo soy el Alpha y la Omega, principio y fin», el Todopoderoso. Juan se vuelve y ve siete candeleros de oro y, en medio, a uno semejante al Hijo del hombre: ropa hasta los pies, cabello blanco como lana y como nieve, ojos como llama de fuego, pies como latón fino ardiente en un horno, «su voz como ruido de muchas aguas», siete estrellas en la mano derecha, una espada de dos filos que sale de su boca y el rostro como el sol. Juan compara una y otra vez, como si faltaran palabras.
Todos tenemos alguna isla: un cuarto de hospital, un turno que nadie ve, una casa que quedó en silencio. Juan no niega la suya ni la agranda; la llama tribulación y no deja que sea lo único que ve. Desde ahí escribe. La isla no dice quién manda ni a quién pertenecemos. Y la dicha prometida al principio, la de leer, oír y guardar, cabe en un rato tranquilo con esta página, incluso cuando el día pesa.
Isla y trono, tribulación y reino: todo se junta en una sola persona. Antes de describirlo con ojos de fuego y rostro de sol, Juan ya lo ha nombrado con ternura, y esa ternura no se borra cuando llega la gloria. Por eso, apenas lo nombra, lo alaba con estas palabras: «Al que nos amó, y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre».
Para vivirlo hoy
Elige un momento tranquilo de hoy y quédate dos minutos en silencio con una sola frase: «que es y que era y que ha de venir». Léela despacio, una vez, y deja que el silencio haga su parte. Si la mente se dispersa, vuelve a la frase sin reproches. Al terminar, di solo: gracias.
Para meditar
- ¿Cuál es la isla de estos días para ti, y qué cambia si la nombras con sinceridad ante Dios?
- ¿Qué parte de lo último que leíste u oíste de la Biblia podrías guardar en algo concreto esta semana?
- ¿Qué te cuesta más sostener a la vez: que Jesucristo manda sobre los reyes y que te amó y te lavó con su sangre?
Oración
Confieso que mi vista se queda corta: entre lo que me pesa hoy y tu gloria, casi siempre veo primero lo que pesa. Recuérdame que estás en medio de los tuyos, aun cuando no lo siento. Gracias porque me amaste y me lavaste con tu sangre, y porque me haces parte de tu reino. Enséñame a leer, a oír y a guardar lo que dices, aunque no lo entienda todo. Amén.