Esperanza
Al borde del fuego, con la mano tendida y los pies firmes
Lectura · Judas 1:15-25
15A hacer juicio contra todos, y á convencer á todos los impíos de entre ellos tocante á todas sus obras de impiedad que han hecho impíamente, y á todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él.
16Estos son murmuradores, querellosos, andando según sus deseos; y su boca habla cosas soberbias, teniendo en admiración las personas por causa del provecho.
17Mas vosotros, amados, tened memoria de las palabras que antes han sido dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo;
18Como os decían: Que en el postrer tiempo habría burladores, que andarían según sus malvados deseos.
19Estos son los que hacen divisiones, sensuales, no teniendo el Espíritu.
20Mas vosotros, oh amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando por el Espíritu Santo,
21Conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, para vida eterna.
22Y recibid á los unos en piedad, discerniendo:
23Mas haced salvos á los otros por temor, arrebatándolos del fuego; aborreciendo aun la ropa que es contaminada de la carne.
24A aquel, pues, que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros delante de su gloria irreprensibles, con grande alegría,
25Al Dios solo sabio, nuestro Salvador, sea gloria y magnificencia, imperio y potencia, ahora y en todos los siglos. Amén.
Judas está cerca del final de su carta y pinta una escena en dos tiempos. Primero, unas personas que son «murmuradores, querellosos», palabras para gente quejumbrosa que siempre encuentra algo que reclamar. Siguen sus propios deseos, hablan con aires de grandeza y admiran a la gente solo por el provecho que sacan de ella. Luego Judas se vuelve hacia sus lectores y el tono cambia con una frase corta: «Mas vosotros, amados». Todo el pasaje gira ahí.
El versículo quince termina una profecía de Enoc que Judas acaba de citar: el Señor viene a hacer juicio y a dejar en evidencia las obras de los impíos y las cosas duras que dijeron contra él. Es un tema serio y Judas no lo suaviza. Pero a sus amados les pide algo más sencillo: tener memoria. Los apóstoles ya habían dicho que habría burladores, gente que sigue sus malos deseos, provoca divisiones y no tiene el Espíritu. No hay que inventar nada; basta recordar.
Luego viene el centro del pasaje, con tres nombres de Dios en una sola frase. Los amados edifican su fe, oran por el Espíritu Santo y reciben esta orden: «Conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, para vida eterna». Conservaos quiere decir permaneced. Fíjate en lo que esperan: no su mérito, sino misericordia. Y en dónde se quedan: no en su fuerza, sino en el amor de Dios.
De ahí Judas pasa a quienes se tambalean, y pide tratarlos de dos maneras. A unos hay que recibirlos «en piedad», que quiere decir con compasión. A otros hay que ponerlos a salvo «por temor, arrebatándolos del fuego», o sea, sacándolos de golpe antes de que se quemen. La imagen es dura y no hay por qué aligerarla: hay caminos que queman. El texto añade que se rechaza hasta la ropa manchada, no a la persona rescatada. Y todo se hace «discerniendo»: mirando cada caso.
Nadie sabe siempre qué camino toca. Ante un amigo que se enreda en una relación que le hace daño, un familiar que se queja de todo o alguien de la iglesia que se aleja, a veces sirve la ternura y a veces una palabra más urgente. Fíjate en el orden del texto: antes de rescatar viene edificar la fe, orar y permanecer en el amor de Dios. Quien alarga la mano necesita tener los pies firmes, y puede pedirle a Dios que le muestre cómo.
La carta termina alabando a Dios: «A aquel, pues, que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros delante de su gloria irreprensibles, con grande alegría». Quien guarda no es la firmeza de los amados, sino Dios, al que Judas llama solo sabio y nuestro Salvador, y a quien atribuye gloria y poder ahora y siempre. ¿Qué harías hoy distinto si de verdad creyeras que él es poderoso para guardarte?
Para vivirlo hoy
En cinco minutos, haz una sola cosa: piensa en una persona que te preocupa por el rumbo que lleva y pide a Dios que te muestre si hoy necesita compasión o una palabra más clara, y cómo acompañarla. No hace falta actuar hoy; basta orar con su nombre en mente.
Para meditar
- ¿Qué haces en tu semana que te ayude a edificar tu fe, y qué podrías sumar?
- ¿A quién necesitas tratar hoy con compasión y a quién con una palabra más clara y urgente?
- ¿Cuándo fue la última vez que alguien te sostuvo con paciencia cuando te tambaleabas, y cómo se lo agradeciste?
Oración
Gracias porque lo que espero es tu misericordia y no mi mérito. Gracias por quienes me trataron con compasión cuando me tambaleaba, y por el Espíritu con quien puedo orar. Guárdame en tu amor, edifica mi fe y dame discernimiento para acompañar a cada persona como necesita. Que mis palabras no sean quejas ni halagos por conveniencia. Tú eres poderoso para guardarnos sin caída: a ti, Dios solo sabio y Salvador nuestro, sea la gloria ahora y siempre. Amén.