Arrepentimiento y restauración
Tres cartas que empiezan con la misma mirada
Lectura · Apocalipsis 3:1-16
1Y ESCRIBE al ángel de la iglesia en SARDIS: El que tiene los siete Espíritus de Dios, y las siete estrellas, dice estas cosas: Yo conozco tus obras, que tienes nombre que vives, y estás muerto.
2Sé vigilante y confirma las otras cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios.
3Acuérdate pues de lo que has recibido y has oído, y guárdalo, y arrepiéntete. Y si no velares, vendré á ti como ladrón, y no sabrás en qué hora vendré á ti.
4Mas tienes unas pocas personas en Sardis que no han ensuciado sus vestiduras: y andarán conmigo en vestiduras blancas; porque son dignos.
5El que venciere, será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles.
6El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice á las iglesias.
7Y escribe al ángel de la iglesia en FILADELFIA: Estas cosas dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre:
8Yo conozco tus obras: he aquí, he dado una puerta abierta delante de ti, la cual ninguno puede cerrar; porque tienes un poco de potencia, y has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre.
9He aquí, yo doy de la sinagoga de Satanás, los que se dicen ser Judíos, y no lo son, mas mienten; he aquí, yo los constreñiré á que vengan y adoren delante de tus pies, y sepan que yo te he amado.
10Porque has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la tentación que ha de venir en todo el mundo, para probar á los que moran en la tierra.
11He aquí, yo vengo presto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona.
12Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá fuera; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalem, la cual desciende del cielo de con mi Dios, y mi nombre nuevo.
13El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice á las iglesias.
14Y escribe al ángel de la iglesia en LAODICEA: He aquí dice el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios:
15Yo conozco tus obras, que ni eres frío, ni caliente. ¡Ojalá fueses frío, ó caliente!
16Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.
Las tres cartas de este pasaje empiezan con las mismas cuatro palabras: «Yo conozco tus obras». Se las dice a Sardis, a Filadelfia y a Laodicea, y lo que viene después no se parece en nada: a una le dice que está muerta, a otra le abre una puerta, a la tercera le dice que no es fría ni caliente. Quien habla ve lo mismo en las tres: lo que de verdad hay.
A Sardis le dice: «tienes nombre que vives, y estás muerto». Tener nombre es tener fama, y la fama decía que vivía. Jesús pone junto a ella su verdad, pero no la deja ahí: la llama a vigilar, a recordar lo recibido, a guardarlo y a arrepentirse. Llega también la advertencia de que vendrá como ladrón, sin que sepan la hora; el texto no la suaviza. Con todo, ve a unas pocas personas que no han ensuciado sus vestiduras y promete que andarán con él de blanco.
Filadelfia recibe otra palabra. El que habla es quien abre y ninguno cierra, y lo primero que hace es abrir una puerta que nadie puede cerrar. Lo llamativo es la razón: no dice que tenga mucha fuerza, sino «un poco de potencia», y que guardó su palabra y no negó su nombre. Hay quienes se oponen a ella, y el texto no lo esconde, pero lo que Jesús quiere que sepan es esto: «yo te he amado».
A Laodicea le habla el testigo fiel y verdadero, quien dice las cosas como son. Y ve esto: «ni eres frío, ni caliente». Luego viene un deseo que sorprende: que fuese frío o caliente. El texto no explica aquí qué es cada cosa; muestra que a Jesús no le da igual el punto medio. Dice tibio, y la consecuencia es dura: «te vomitaré de mi boca». Es una imagen fuerte, y no hace falta suavizarla ni usarla para asustar.
Hoy esa mirada nos alcanza en lo cotidiano. Se puede seguir yendo a la iglesia, orando de memoria y diciendo lo correcto, y notar por dentro que algo se apagó, por cansancio o por rutina. El pasaje no dice esto para avergonzar, sino para despertar. Y lo que le pide a Sardis es sencillo: «Acuérdate pues de lo que has recibido y has oído, y guárdalo». Recordar es el primer paso de regreso, y Filadelfia enseña a retener lo que se tiene.
Y hay algo más: quien lo conoce todo también promete. A quien venza le dice: «confesaré su nombre delante de mi Padre». El que ve tu vida por dentro es el mismo que dará la cara por tu nombre. Por eso su mirada no tiene por qué darnos miedo. Hoy, en un momento tranquilo, lee despacio esas cuatro palabras como dichas para ti y quédate un minuto en silencio, escuchando.
Para vivirlo hoy
Esta noche, y las dos noches siguientes, antes de dormir, escribe una sola frase con algo que recibiste o escuchaste de Dios ese día: un versículo, una ayuda, una palabra de alguien de tu iglesia. El tercer día, léelas seguidas. Así practicas lo que la carta a Sardis pide: acordarte de lo que has recibido y oído.
Para meditar
- Jesús dice a las tres iglesias «Yo conozco tus obras». ¿Qué sientes al pensar que también conoce tu semana, lo que se ve y lo que nadie vio?
- ¿Qué cosa recibida de Dios se te ha ido quedando en el olvido y hoy podrías volver a guardar?
- Filadelfia tenía «un poco de potencia», y Jesús se fijó en lo que guardó. ¿Qué pequeña fidelidad de tu vida te gustaría retener?
Oración
Jesús, tú miras a las tres iglesias con los mismos ojos y a cada una le dices lo que de verdad ves. Mírame así a mí: con verdad y con ternura. Si algo dentro de mí se durmió, despiértame y hazme recordar lo que he recibido y oído de ti. Si tengo poca fuerza, gracias porque tú abres puertas que nadie cierra. Y si mi entusiasmo se enfrió, acércame otra vez a tu calor. Tú, que conoces mis obras, no me sueltes. Amén.