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Sufrimiento y consuelo

Un duelo sin lágrimas y una boca que vuelve a abrirse

Lectura · Ezequiel 24:20-27

20Y yo les dije: Palabra de Jehová fué á mí, diciendo:

21Di á la casa de Israel: Así ha dicho el Señor Dios: He aquí yo profano mi santuario, la gloria de vuestra fortaleza, el deseo de vuestros ojos, y el regalo de vuestra alma: vuestros hijos y vuestras hijas que dejasteis, caerán á cuchillo.

22Y haréis de la manera que yo hice: no os cubriréis con rebozo, ni comeréis pan de hombres;

23Y vuestros bonetes estarán sobre vuestras cabezas, y vuestros zapatos en vuestros pies: no endecharéis ni lloraréis, sino que os consumiréis á causa de vuestras maldades, y gemiréis unos con otros.

24Ezequiel pues os será por señal; según todas las cosas que él hizo, haréis: en viniendo esto, entonces sabréis que yo soy el Señor Jehová.

25Y tú, hijo del hombre, el día que yo quitaré de ellos su fortaleza, el gozo de su gloria, el deseo de sus ojos, y el cuidado de sus almas, sus hijos y sus hijas,

26Este día vendrá á ti un escapado para traer las nuevas.

27En aquel día se abrirá tu boca para hablar con el escapado, y hablarás, y no estarás más mudo; y les serás por señal, y sabrán que yo soy Jehová.

Ezequiel 24:20-27

Es martes por la tarde. Puede que lleves dentro algo que aún no has podido decir en voz alta: una pérdida, una mala noticia, una espera que se alarga. Mientras tanto la vida sigue pidiendo lo de siempre. Hay que contestar mensajes, preparar la comida, atender a quien te habla, y tú sigues con la misma ropa y los mismos zapatos, aunque por dentro algo pese como una piedra. Una escena parecida aparece en el pasaje de hoy.

Dios le manda a Ezequiel decir a la casa de Israel algo muy duro: él mismo va a profanar su santuario, y con él «el deseo de vuestros ojos, y el regalo de vuestra alma», que hoy diríamos lo que más desean y más quieren. Los hijos y las hijas que dejaron atrás caerán a espada. Unos versículos antes, el mismo capítulo cuenta que a Ezequiel se le murió su esposa de repente, y que Dios la llamó con una de esas expresiones: el deseo de sus ojos. No conviene suavizar el texto.

Después Dios explica el gesto del profeta: «Y haréis de la manera que yo hice». Ezequiel había callado su duelo por orden de Dios, y lo hizo como señal para el pueblo. Eran costumbres de su tiempo: el rebozo con que se cubrían y el «pan de hombres», el alimento que los vecinos llevaban a quien lloraba. Ellos seguirán con el tocado en la cabeza y los zapatos puestos; no habrá lamento ni llanto, sino que «os consumiréis á causa de vuestras maldades», y «gemiréis unos con otros».

El pasaje muestra a un Dios que no habla a escondidas: dice lo que viene, y lo dice con un gesto que todos pueden ver. Su meta, repetida dos veces, es que lo conozcan. Y en medio del juicio anuncia que alguien escapará y traerá la noticia, que según el capítulo 33 será la caída de Jerusalén. Hay que decir también lo que el texto no dice: es un juicio sobre un pueblo concreto, no una explicación de por qué sufre hoy cada persona, y quien ha perdido a alguien no debería leer aquí una acusación.

El silencio de Ezequiel fue una señal para aquel pueblo, no un consejo para quien sufre hoy. Si sostienes la casa, el trabajo o el ánimo de los demás mientras adentro hay una pérdida que nadie ha visto, no tienes que callarla. Cuando el peso sea demasiado, no te lo guardes: habla con tu pastor o con alguien de confianza para no atravesarlo a solas, y si te asalta el pensamiento de hacerte daño, acude hoy mismo a ayuda profesional. Los cristianos creemos que Dios no miró el dolor humano desde lejos: en Jesús lo conoció, y ante la tumba de un amigo lloró a la vista de todos.

Al final, el pasaje deja una luz pequeña. Cuando llegue el que escapó con las nuevas, dice el versículo 27, Ezequiel ya no estará mudo: «En aquel día se abrirá tu boca». No se dice que la pérdida se revierta, y la luz no es esa. Es una boca que vuelve a abrirse para hablar, y un Dios que hizo llegar su palabra a Ezequiel justo en el día de su pérdida.

Para vivirlo hoy

Esta semana, en un momento tranquilo, dile a Dios en voz baja, con tus propias palabras, algo concreto que hoy pesa o que has perdido. No hace falta que suene bien ni que sea largo. Si prefieres, díselo a una persona de confianza. Y si después quieres quedarte un rato en silencio, hazlo, sin obligación.

Para meditar

  • ¿Qué espera o qué pérdida llevo por dentro mientras la vida sigue pidiéndome lo de siempre?
  • ¿A quién podría contarle, con palabras torpes si hace falta, lo que hoy pesa en mi corazón?
  • ¿Qué me dice de Dios que su palabra llegue a Ezequiel justo en el día de su pérdida?

Oración

«Sabrán que yo soy Jehová»: que lo sepa también yo cuando la espera se alargue y el cansancio me deje sin fuerzas para saber nada. Dios mío, tú hablaste a Ezequiel en un día de pérdida y no lo dejaste sin palabra al final. Quédate con quien hoy lleva un dolor sin poder llorarlo, y con quien espera noticias. Que tu palabra me alcance en la espera, y dame palabras para decir lo que ahora no puedo. Amén.

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