Fidelidad de Dios
El juramento que Dios llama suyo
Lectura · Ezequiel 17:17-24
17Y no con grande ejército, ni con mucha compañía hará con él Faraón en la batalla, cuando funden baluarte y edifiquen bastiones para cortar muchas vidas.
18Pues menospreció el juramento, para invalidar el concierto cuando he aquí que había dado su mano, é hizo todas estas cosas, no escapará.
19Por tanto, así ha dicho el Señor Jehová: Vivo yo, que el juramento mío que menospreció, y mi concierto que ha invalidado, tornaré sobre su cabeza.
20Y extenderé sobre él mi red, y será preso en mi malla; y hacerlo he venir á Babilonia, y allí estaré á juicio con él, por su prevaricación con que contra mí se ha rebelado.
21Y todos sus fugitivos con todos sus escuadrones caerán á cuchillo, y los que quedaren serán esparcidos á todo viento; y sabréis que yo Jehová he hablado.
22Así ha dicho el Señor Jehová: Y tomaré yo del cogollo de aquel alto cedro, y pondrélo; del principal de sus renuevos cortaré un tallo, y plantarlo he yo sobre el monte alto y sublime;
23En el monte alto de Israel lo plantaré, y alzará ramos, y llevará fruto, y haráse magnífico cedro; y habitarán debajo de él todas las aves, toda cosa que vuela habitará á la sombra de sus ramos.
24Y sabrán todos los árboles del campo que yo Jehová abatí el árbol sublime, levanté el árbol bajo, hice secar el árbol verde, é hice reverdecer el árbol seco. Yo Jehová hablé é hice.
Fíjate en una sola palabra del versículo 19: mío. Dios habla de Sedequías, el rey de Judá que había jurado lealtad al rey de Babilonia, y dice: «el juramento mío que menospreció, y mi concierto que ha invalidado». Menospreció quiere decir que lo tuvo en poco; concierto, un pacto o acuerdo. Según el capítulo, era un acuerdo entre reyes, dado ante Dios y sellado con la mano, como dice el versículo 18: «había dado su mano». Y aun así Dios lo llama suyo. Eso dice cuánto pesa una palabra dada.
El versículo 17 dice que Faraón, a quien el rey había buscado como apoyo, no hará nada por él en la batalla: «no con grande ejército, ni con mucha compañía». Mientras tanto se levantan muros de asedio para cortar muchas vidas. Después viene la sentencia: aquel rey no escapará; Dios extenderá sobre él su red, lo llevará a Babilonia y allí estará en juicio con él; sus escuadrones caerán a espada y los que queden se dispersarán al viento. Es violencia, y el texto no la maquilla.
Lo que se ve aquí es un Dios que toma en serio los juramentos y los pactos, hasta el que se sella con la mano. Esa seriedad no es capricho: quien cumple lo que dice no puede mirar con indiferencia a quien lo rompe. El texto habla de la traición de un rey, y no nos da motivo para pensar que Dios trata igual cada promesa incumplida. Lo que enseña es el valor que tiene para él la palabra dada.
Casi nadie firma tratados entre reyes, pero todos damos la mano de mil maneras: un cuenta conmigo dicho de pasada, un mañana te llamo, un voy a estar ahí. Nada de eso se parece a un juramento ante Dios, y el pasaje no nos manda a vivir con escrúpulo por cada promesa que quedó a medias. Sí nos invita a una manera de vivir: procurar que nuestra palabra se pueda creer, porque del otro lado hay alguien que cuenta con nosotros. Y quien recibió una promesa rota encuentra aquí a un Dios que no falla.
Pero el pasaje no termina en la sentencia. Desde el versículo 22, Dios habla en primera persona: «plantarlo he yo sobre el monte alto y sublime», que quiere decir: yo mismo lo plantaré. Toma un brote de lo más alto de un cedro y lo pone en el monte de Israel, donde crece, da fruto y da sombra a toda clase de aves. Una manera de leerlo es ver ahí una promesa que Dios cumple por su cuenta, aun cuando los reyes fallaron; los cristianos vemos en ese brote a Jesús, hijo de David.
El versículo 24 lo resume con cuatro giros: Dios abate el árbol sublime, levanta el árbol bajo, seca el árbol verde y hace «reverdecer el árbol seco». Ni la altura ni la sequedad tienen la última palabra, sino su voz. Y cierra con dos verbos que son una firma: «hablé é hice». Dijo, y lo hizo. Quien confía en esa palabra tiene dónde apoyarse cuando las promesas humanas se rompen o se quedan cortas.
Para vivirlo hoy
Piensa en alguien que cuenta contigo para algo pequeño que quedó pendiente —una llamada, un mensaje, algo que quedó por devolver— y cumple esa sola cosa hoy, como un gesto de cuidado hacia esa persona. Que sea corto y terminado, no un gran propósito. Al acabar, recuerda que la palabra de Dios nunca queda a medias.
Para meditar
- ¿A quién le importa que yo cumpla lo que dije, y qué gesto pequeño le mostraría hoy que puede contar conmigo?
- ¿Qué me enseña de Dios que llame suyo un juramento hecho con la mano entre dos reyes?
- ¿En qué parte de mi vida necesito recordar que Dios es quien puede hacer reverdecer lo que parece seco?
Oración
Padre, tú tomas en serio un juramento dado ante ti. Enséñame a ser alguien cuya palabra se pueda creer, con sencillez y sin angustia, y a cuidar a quienes cuentan conmigo. Gracias porque tu palabra no cambia: lo que hablaste, lo hiciste. Cuando alguien me falle, recuérdame que tú no faltas. Y gracias por el brote que plantaste en el monte, Jesús, que da sombra a gente de toda clase. Amén.