Juicio y misericordia
Cuando el poder que asusta llega al sepulcro
Lectura · Ezequiel 32:18-30
18Hijo del hombre, endecha sobre la multitud de Egipto, y despéñalo á él, y á las villas de las gentes fuertes, en la tierra de los profundos, con los que descienden á la sepultura.
19Porque eres tan hermoso, desciende, y yace con los incircuncisos.
20Entre los muertos á cuchillo caerán: al cuchillo es entregado: traedlo á él y á todos sus pueblos.
21De en medio del infierno hablarán á él los fuertes de los fuertes, con los que le ayudaron, que descendieron, y yacen con los incircuncisos muertos á cuchillo.
22Allí Assur con toda su gente: en derredor de él están sus sepulcros: todos ellos cayeron muertos á cuchillo.
23Sus sepulcros fueron puestos á los lados de la fosa, y su gente está por los alrededores de su sepulcro: todos ellos cayeron muertos á cuchillo, los cuales pusieron miedo en la tierra de los vivientes.
24Allí Elam, y toda su multitud por los alrededores de su sepulcro: todos ellos cayeron muertos á cuchillo, los cuales descendieron incircuncisos á los más profundos lugares de la tierra, porque pusieron su terror en la tierra de los vivientes, mas llevaron su confusión con los que descienden al sepulcro.
25En medio de los muertos le pusieron cama con toda su multitud: á sus alrededores están sus sepulcros: todos ellos incircuncisos muertos á cuchillo, porque fué puesto su espanto en la tierra de los vivientes, mas llevaron su confusión con los que descienden al sepulcro: él fué puesto en medio de los muertos.
26Allí Mesech, y Tubal, y toda su multitud: sus sepulcros en sus alrededores: todos ellos incircuncisos muertos á cuchillo, porque habían dado su terror en la tierra de los vivientes.
27Y no yacerán con los fuertes que cayeron de los incircuncisos, los cuales descendieron al sepulcro con sus armas de guerra, y pusieron sus espadas debajo de sus cabezas: mas sus pecados estarán sobre sus huesos, porque fueron terror de fuertes en la tierra de los vivientes.
28Tú pues serás quebrantado entre los incircuncisos, y yacerás con los muertos á cuchillo.
29Allí Idumea, sus reyes y todos sus príncipes, los cuales con su fortaleza fueron puestos con los muertos á cuchillo: ellos yacerán con los incircuncisos, y con los que descienden al sepulcro.
30Allí los príncipes del aquilón, todos ellos, y todos los de Sidón, que con su terror descendieron con los muertos, avergonzados de su fortaleza, yacen también incircuncisos con los muertos á cuchillo, y llevaron su confusión con los que descienden al sepulcro.
¿Cuánto dura un poder que se sostiene con miedo? Ezequiel responde con una escena difícil: un cementerio de naciones. Dios le pide al profeta que cante una endecha, un canto de duelo, por Egipto, el reino fuerte y hermoso. Es un pasaje duro que conviene leer despacio, porque habla de guerra y de muerte. Pero no está aquí para asustarnos con imágenes. Está para mostrarnos algo sobre quién sostiene de verdad la historia y en qué se puede confiar.
Escucha el orden del pasaje. Primero, la orden: «Hijo del hombre, endecha sobre la multitud de Egipto». El profeta habla con autoridad y con pena a la vez. Luego, a Egipto se le dice: «desciende, y yace con los incircuncisos». Así se nombraba a los pueblos ajenos al pacto de Dios. Ni su belleza ni su fama lo dejan exento. Y entonces se abre el paisaje: Assur, es decir Asiria, con su gente; Elam; Mesech y Tubal, pueblos del norte; Idumea, o Edom; los príncipes del norte y Sidón. Todos ya están allí, cada uno con sus sepulcros alrededor.
Una frase vuelve como un golpe de tambor: estos pueblos «pusieron miedo en la tierra de los vivientes». Vivieron para ser temidos. Tenían armas, ejércitos, fama de fuertes. El texto no niega su fuerza; muestra dónde termina. «Todos ellos cayeron muertos á cuchillo», se repite de un pueblo a otro. Quien antes hacía temblar yace ahora entre sus soldados, sin honra. La voz del que asustaba se apaga, y con ella el miedo que imponía.
Aquí se ve algo de Dios. El profeta llora mientras anuncia: la justicia de Dios no es fría. El pasaje muestra que ningún poder que se levanta por miedo sobrevive: todos terminan en el mismo sepulcro, y la seguridad que buscaron en sus armas no los salvó. Por contraste, la seguridad de verdad no se construye asustando. Para quien ha vivido bajo el miedo que otro le impuso, el texto dice, sin promesas fáciles, que ese poder tiene un límite. No dice cuándo ni cómo, y tampoco le pide a nadie esperar en silencio junto a quien lo daña.
Esto toca la vida de hoy más de lo que parece. Hay jefes que gobiernan a gritos, hogares donde alguien manda por miedo, compañeros que se hacen respetar asustando. Y hay algo de esa tentación en cada uno, en pequeño: subir la voz para que nos hagan caso. El pasaje nos pide preguntarnos qué huella dejamos en quienes viven cerca. Podemos ser una bendición o podemos ser un terror, y solo una de las dos cosas deja algo que dure.
Quien lee con la luz de Jesús ve otro tipo de poder: hubo un Rey con todo el poder que no lo usó para asustar a nadie, sino que se entregó. Si el miedo de alguien te pesa hoy, no tienes que sostenerlo solo. Y si eres tú quien ha hecho temblar a otros, todavía puedes pedir ayuda para volverte una bendición para ellos.
Para vivirlo hoy
Esta semana fíjate en cómo tratas a quienes dependen de ti, y busca una forma de ser firme sin asustar a nadie. Si tú eres quien asusta a otros, pide ayuda para cambiar. Si el miedo viene de alguien que te maltrata o te amenaza, cuida tu seguridad ante todo: acude a tu pastor, a un servicio de víctimas, a un familiar o a la línea de tu país, y si te cruza la idea de quitarte la vida, busca ayuda profesional ahora.
Para meditar
- ¿En qué apoyas hoy tu seguridad, dinero, cargo, fuerza o reputación, y qué quedaría de eso al final de los años?
- ¿Qué huella dejas en quienes viven o trabajan contigo: la de una bendición o la de alguien a quien se le teme?
- ¿Qué miedo llevas en silencio, y con quién podrías hablar de él esta semana?
Oración
Dios justo y compasivo, tú ves a las naciones y también a cada persona. Nos asusta lo que pasa en el mundo y, a veces, lo que ocurre en casa. Guárdanos de apoyar la vida en la fuerza, en el dinero o en el miedo que causamos. Haznos personas de las que nadie tenga que esconderse. A quienes viven asustados, dales consuelo verdadero, protección y alguien que los acompañe. Enséñanos a buscar refugio en ti: no te alegras cuando el poderoso cae, pero no olvidas a quien sufre por su causa. Amén.