Salvación y redención
Himnos a medianoche y una mesa puesta en casa del carcelero
Lectura · Hechos 16:19-38
19Y viendo sus amos que había salido la esperanza de su ganancia, prendieron á Pablo y á Silas, y los trajeron al foro, al magistrado;
20Y presentándolos á los magistrados, dijeron: Estos hombres, siendo Judíos, alborotan nuestra ciudad,
21Y predican ritos, los cuales no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos Romanos.
22Y agolpóse el pueblo contra ellos: y los magistrados rompiéndoles sus ropas, les mandaron azotar con varas.
23Y después que los hubieron herido de muchos azotes, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con diligencia:
24El cual, recibido este mandamiento, los metió en la cárcel de más adentro; y les apretó los pies en el cepo.
25Mas á media noche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos á Dios: y los que estaban presos los oían.
26Entonces fué hecho de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se movían; y luego todas las puertas se abrieron, y las prisiones de todos se soltaron.
27Y despertado el carcelero, como vió abiertas las puertas de la cárcel, sacando la espada se quería matar, pensando que los presos se habían huído.
28Mas Pablo clamó á gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal; que todos estamos aquí.
29El entonces pidiendo luz, entró dentro, y temblando, derribóse á los pies de Pablo y de Silas;
30Y sacándolos fuera, les dice: Señores, ¿qué es menester que yo haga para ser salvo?
31Y ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa.
32Y le hablaron la palabra del Señor, y á todos los que estaban en su casa.
33Y tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó los azotes; y se bautizó luego él, y todos los suyos.
34Y llevándolos á su casa, les puso la mesa: y se gozó de que con toda su casa había creído á Dios.
35Y como fué de día, los magistrados enviaron los alguaciles, diciendo: Deja ir á aquellos hombres.
36Y el carcelero hizo saber estas palabras á Pablo: Los magistrados han enviado á decir que seáis sueltos: así que ahora salid, é id en paz.
37Entonces Pablo les dijo: Azotados públicamente sin ser condenados, siendo hombres Romanos, nos echaron en la cárcel; y ¿ahora nos echan encubiertamente? No, de cierto, sino vengan ellos y sáquennos.
38Y los alguaciles volvieron á decir á los magistrados estas palabras: y tuvieron miedo, oído que eran Romanos.
Lo que dicen los acusadores y lo que los mueve no es lo mismo. Ante los magistrados afirman que Pablo y Silas, siendo judíos, alborotan la ciudad y predican ritos que ellos, por ser romanos, no pueden recibir ni hacer. Pero antes se dice la razón verdadera: sus amos vieron que se les había ido «la esperanza de su ganancia». Se perdió dinero, y se acusa de costumbres ajenas. Y funciona: el pueblo se lanza contra ellos.
Los magistrados les rompen las ropas y mandan azotarlos con varas. Tras muchos azotes, los echan a la cárcel y ordenan al carcelero que los guarde con diligencia, es decir, con cuidado. Él los mete en la cárcel de más adentro y les aprieta los pies en el cepo, una pieza de madera que los sujetaba. Ninguna condena los ha precedido: solo golpes y un calabozo.
Y llega la medianoche. Con los pies sujetos, Pablo y Silas oran y cantan himnos a Dios, y los demás presos los oyen. De pronto, un gran terremoto: los cimientos de la cárcel se mueven, las puertas se abren y las prisiones de todos se sueltan. El texto no dice quién lo hizo; quien lee con fe ve allí la mano de Dios. El carcelero despierta y saca la espada para matarse, pensando que los presos huyeron. Pablo grita: «No te hagas ningún mal; que todos estamos aquí».
El carcelero pide luz, entra temblando y se echa a los pies de Pablo y de Silas. Pregunta: «Señores, ¿qué es menester que yo haga para ser salvo?» Menester quiere decir necesario. La respuesta no es una tarea, sino una persona: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa». Le hablan la palabra del Señor a él y a los de su casa. Esa misma hora de la noche, el que les apretó los pies les lava las heridas, y él y los suyos se bautizan.
Al amanecer, los magistrados mandan a los alguaciles: «Deja ir á aquellos hombres». El carcelero se lo dice a Pablo, que ya puede salir e ir en paz. Pero Pablo recuerda que los azotaron en público, sin condena, siendo romanos, y pide: «vengan ellos y sáquennos». Lo hecho a plena vista se ha de remediar también a plena vista. Al saberlo, los magistrados tienen miedo.
Hoy también se dice una cosa y se busca otra: un negocio defendido con palabras nobles, un rumor que agita al vecindario porque alguien teme perder algo. Y hay noches en que uno llega, como el carcelero, al punto de no querer seguir. Si te ocurre, no te quedes con eso a solas: díselo a tu pastor o a alguien que te aprecie de verdad, y si el riesgo de hacerte daño aparece, pide ayuda profesional sin demora. Aquella noche terminó en una casa con la mesa puesta, donde el carcelero se alegró: «se gozó de que con toda su casa había creído á Dios».
Para vivirlo hoy
Elige a una persona concreta que esté pasando por un momento duro y llévale algo de comer, como el carcelero puso la mesa aquella noche. Quédate un rato a su lado, sin apuro y sin discursos, y déjale hablar si quiere. Con eso basta.
Para meditar
- ¿Qué razón verdadera se esconde a veces detrás de lo que digo, o de lo que oigo decir, contra alguien?
- ¿Qué oración o canto podría acompañarme esta semana en un momento oscuro, como acompañó a Pablo y Silas?
- ¿Quién necesita hoy que alguien le lave una herida, aunque sea con una comida o una llamada?
Oración
¡Qué asombroso es que a medianoche, con los pies sujetos en el cepo, se oyeran himnos a Dios y los presos escucharan! Gracias porque tu palabra llegó a una casa entera y porque quien apretó los pies de Pablo y de Silas terminó lavando sus heridas. Gracias por la mesa puesta y por el gozo de aquel hogar. Enséñame a cuidar a quien sufre, a hablar claro cuando algo es injusto y a poner mi confianza en Jesucristo. Que en mis noches largas también suene tu alabanza. Amén.