La Palabra de Dios
Un Dios que habla para que vivamos
Lectura · Deuteronomio 4:1-15
1AHORA pues, oh Israel, oye los estatutos y derechos que yo os enseño, para que los ejecutéis, y viváis, y entréis, y poseáis la tierra que Jehová el Dios de vuestros padres te da.
2No añadiréis á la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno.
3Vuestros ojos vieron lo que hizo Jehová con motivo de Baal-peor; que á todo hombre que fué en pos de Baal-peor destruyó Jehová tu Dios de en medio de ti.
4Mas vosotros que os allegasteis á Jehová vuestro Dios, todos estáis vivos hoy.
5Mirad, yo os he enseñado estatutos y derechos, como Jehová mi Dios me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en la cual entráis para poseerla.
6Guardadlos, pues, y ponedlos por obra: porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia en ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, gente grande es ésta.
7Porque ¿qué gente grande hay que tenga los dioses cercanos á sí, como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos?
8Y ¿qué gente grande hay que tenga estatutos y derechos justos, como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?
9Por tanto, guárdate, y guarda tu alma con diligencia, que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida: y enseñarlas has á tus hijos, y á los hijos de tus hijos;
10El día que estuviste delante de Jehová tu Dios en Horeb, cuando Jehová me dijo: Júntame el pueblo, para que yo les haga oir mis palabras, las cuales aprenderán, para temerme todos los días que vivieren sobre la tierra: y las enseñarán á sus hijos;
11Y os llegasteis, y os pusisteis al pie del monte; y el monte ardía en fuego hasta en medio de los cielos con tinieblas, nube, y oscuridad.
12Y habló Jehová con vosotros de en medio del fuego: oisteis la voz de sus palabras, mas á excepción de oir la voz, ninguna figura visteis:
13Y él os anunció su pacto, el cual os mandó poner por obra, las diez palabras; y escribiólas en dos tablas de piedra.
14A mí también me mandó Jehová entonces enseñaros los estatutos y derechos, para que los pusieseis por obra en la tierra á la cual pasáis para poseerla.
15Guardad pues mucho vuestras almas: pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego:
Dios habla, y habla para que su pueblo viva. Eso es lo primero que Moisés pone delante de Israel cuando ya están a un paso de la tierra prometida: «oye los estatutos y derechos que yo os enseño, para que los ejecutéis, y viváis». Estatutos y derechos son las normas justas con que Dios ordena la vida de su pueblo; ejecutarlas es ponerlas en práctica. La palabra de Dios no llega para complicar la vida, sino para sostenerla.
Moisés pide que nada se le añada ni se le quite: «No añadiréis á la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella». Lo siguiente es duro: los ojos del pueblo vieron lo que Jehová hizo con motivo de Baal-peor: a todo el que fue tras ese dios lo destruyó. Era un dios ajeno, y algunos en Israel lo siguieron. Seguir a otro dios no es un detalle: Jehová toma en serio a quién se sigue. Y enseguida: «Mas vosotros que os allegasteis á Jehová vuestro Dios, todos estáis vivos hoy». Allegarse es pegarse a alguien, quedarse cerca.
Moisés añade que esa cercanía y esas normas hacen grande a un pueblo ante los demás. Pregunta qué gente grande tiene a sus dioses tan cerca «como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos», y qué gente tiene normas tan justas como esta ley. Según él, esa grandeza viene de dos cosas: un Dios que se deja llamar y unas normas que enseñan a vivir con justicia.
Después viene una advertencia firme y a la vez amable: «que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida». Olvidar es lo más natural del mundo. Se nos borran la ayuda que llegó a tiempo, la puerta que se abrió, la noche que por fin pasó. Por eso Moisés quiere que lo visto se cuente: el texto habla de enseñarlo a los hijos y a los hijos de los hijos. Hoy podemos pensar en sobrinos, alumnos o jóvenes de la iglesia.
Y la mirada vuelve a Horeb. El monte ardía en fuego, con tinieblas, nube y oscuridad. Desde en medio del fuego habló Jehová, y el pueblo oyó «la voz de sus palabras», pero ninguna figura vieron: nada que pudieran mirar, solo la voz. Él anunció su pacto, las diez palabras, y las escribió en dos tablas de piedra. Un Dios que se comunica así no cabe en una imagen; se le conoce escuchándolo. Para quien sigue a Jesús, aquella voz que salió del fuego tiene ahora rostro: él es la Palabra de Dios hecha persona.
La primera orden de Moisés es sencilla: «oye». Antes de las normas, del recuerdo y de las tablas de piedra, viene el escuchar. Quien escucha con atención descubre lo mismo que Moisés quería que Israel viera: que Dios no está lejos, y que lo que dice es para vivir.
Para vivirlo hoy
Hoy toma una hoja o abre una nota en tu teléfono y escribe una sola línea con algo que hayas visto hacer a Dios, por pequeño que sea. Guárdala donde puedas encontrarla en semanas de prisa o de duda. Así la memoria queda en orden y das gracias a la vez.
Para meditar
- ¿Qué has visto hacer a Dios en tu vida que se te está borrando con el paso de los días?
- ¿Hay alguna parte de lo que Dios dice que sueles leer de prisa, y qué crees que te lleva a hacerlo?
- ¿A quién podrías contarle esta semana algo que has visto de Dios, para que no se pierda?
Oración
Jesús, tú eres la Palabra de Dios hecha persona, y en ti el Dios que habló desde el fuego se ha acercado a nosotros. Gracias porque hablas para que vivamos. Dame oídos para escucharte antes de opinar, y que no añada ni quite nada a lo que dices. Guarda en mi memoria lo que ya has hecho. Dejo a un lado las imágenes de ti que fabrico a mi medida. Que lo que hoy escuche lo ponga por obra, y que quienes vienen detrás me vean cerca de ti. Amén.