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La iglesia

Un corazón y un alma, después de la amenaza

Lectura · Hechos 4:21-37

21Ellos entonces los despacharon amenazándolos, no hallando ningún modo de castigarlos, por causa del pueblo; porque todos glorificaban á Dios de lo que había sido hecho.

22Porque el hombre en quien había sido hecho este milagro de sanidad, era de más de cuarenta años.

23Y sueltos, vinieron á los suyos, y contaron todo lo que los príncipes de los sacerdotes y los ancianos les habían dicho.

24Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz á Dios, y dijeron: Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, la mar, y todo lo que en ellos hay;

25Que por boca de David, tu siervo, dijiste: ¿Por qué han bramado las gentes, y los pueblos han pensado cosas vanas?

26Asistieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra su Cristo.

27Porque verdaderamente se juntaron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, al cual ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los Gentiles y los pueblos de Israel,

28Para hacer lo que tu mano y tu consejo habían antes determinado que había de ser hecho.

29Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y da á tus siervos que con toda confianza hablen tu palabra;

30Que extiendas tu mano á que sanidades, y milagros, y prodigios sean hechos por el nombre de tu santo Hijo Jesús.

31Y como hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con confianza.

32Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma: y ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía; mas todas las cosas les eran comunes.

33Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo; y gran gracia era en todos ellos.

34Que ningún necesitado había entre ellos: porque todos los que poseían heredades ó casas, vendiéndolas, traían el precio de lo vendido,

35Y lo ponían á los pies de los apóstoles; y era repartido á cada uno según que había menester.

36Entonces José, que fué llamado de los apóstoles por sobrenombre, Bernabé, (que es interpretado, Hijo de consolación) Levita, natural de Cipro,

37Como tuviese una heredad, la vendió, y trajo el precio, y púsolo á los pies de los apóstoles.

Hechos 4:21-37

«Un corazón y un alma»: así describe este pasaje a la multitud de los que habían creído. Y no lo deja en una frase bonita: lo explica con hechos. Ninguno decía que fuera suyo algo de lo que poseía, y todo lo tenían en común. Aquí esa unión significa que nadie se aferraba a lo suyo. Y no apareció de la nada: el pasaje la muestra naciendo de una amenaza y de una oración.

Los jefes de los sacerdotes y los ancianos los despidieron amenazándolos. No hallaron modo de castigarlos, por causa del pueblo, que glorificaba a Dios por lo ocurrido. Quien escribe anota, como quien deja constancia, que el hombre sanado tenía más de cuarenta años. Ya sueltos, volvieron a los suyos y contaron todo lo que los jefes habían dicho. Y ellos, al oírlo, «alzaron unánimes la voz» a Dios: todos juntos, de acuerdo.

Lo primero que dicen no es una petición, sino quién es Dios: «tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, la mar, y todo lo que en ellos hay». Después recuerdan que gobernantes y pueblos se juntaron contra Jesús. El pasaje no lo suaviza. Y afirma que aun así se cumplía «lo que tu mano y tu consejo habían antes determinado». Ni siquiera lo que hicieron aquellos hombres se salió de las manos de Dios.

Luego piden algo sorprendente. No piden que se acabe la amenaza, sino: «da á tus siervos que con toda confianza hablen tu palabra». Piden también que la mano de Dios sane por el nombre de Jesús. Y cuando terminaron de orar, el lugar donde estaban tembló, todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaron la palabra de Dios con confianza. Dios contestó, y se notó.

Entonces el pasaje mira la vida de esa multitud. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo, y gran gracia había en todos ellos. Quienes tenían campos o casas los vendían y ponían el dinero a los pies de los apóstoles, y se repartía según la necesidad de cada uno, de modo que «ningún necesitado había entre ellos». Uno fue José, al que los apóstoles llamaron Bernabé, nombre que el mismo pasaje traduce: «Hijo de consolación». Vendió un terreno y puso el precio a sus pies.

Hoy no se nos pide vender un campo, pero sí se nos muestra dónde nace esa apertura: en una iglesia que oró junta, que fue llena del Espíritu y que tenía por centro la resurrección de Jesús. Cuando sueltas algo tuyo por alguien que lo necesita, participas de eso mismo. Y detrás está el mismo Dios: el que hizo el cielo y la tierra, la mar y todo lo que en ellos hay, y el que no perdió el control cuando todos se juntaron contra su Hijo.

Para vivirlo hoy

En menos de diez minutos puedes hacer esto hoy: piensa en algo tuyo que otra persona necesita, sea una hora de tu tiempo, una herramienta, un contacto o un plato de comida, y ofrécelo por mensaje o en persona. Sin discursos y sin pedir nada a cambio. Basta con decir que está a su disposición y dejar que la otra persona decida.

Para meditar

  • ¿Qué tengo en la mano que pueda poner al alcance de alguien que lo necesita?
  • ¿Ante qué amenaza o preocupación de esta semana puedo empezar orando primero quién es Dios?
  • ¿Quién de mi iglesia o mi familia podría estar necesitando algo sin haberlo dicho todavía?

Oración

Señor Jesús, contra ti se juntaron gobernantes y pueblos, y aun así eres el Hijo santo por cuyo nombre los tuyos pidieron valor. Gracias porque tu resurrección era lo que anunciaban con gran esfuerzo, y por la gracia que había en todos ellos. Enséñame a abrir la mano como José, el que consolaba. Haz que en tu iglesia nadie pase necesidad sin que otro lo note. Dame confianza para hablar de ti, y un corazón unido al de mis hermanos. Amén.

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