Promesas de Dios
La promesa del Padre antes del envío
Lectura · Hechos 1:1-17
1EN el primer tratado, oh Teófilo, he hablado de todas las cosas que Jesús comenzó á hacer y á enseñar,
2Hasta el día en que, habiendo dado mandamientos por el Espíritu Santo á los apóstoles que escogió, fué recibido arriba;
3A los cuales, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoles por cuarenta días, y hablándoles del reino de Dios.
4Y estando juntos, les mandó que no se fuesen de Jerusalem, sino que esperasen la promesa del Padre, que oísteis, dijo, de mí.
5Porque Juan á la verdad bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo no muchos días después de estos.
6Entonces los que se habían juntado le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restituirás el reino á Israel en este tiempo?
7Y les dijo: No toca á vosotros saber los tiempos ó las sazones que el Padre puso en su sola potestad;
8Mas recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros; y me sereís testigos en Jerusalem, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra.
9Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fué alzado; y una nube le recibió y le quitó de sus ojos.
10Y estando con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él iba, he aquí dos varones se pusieron junto á ellos en vestidos blancos;
11Los cuales también les dijeron: Varones Galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? este mismo Jesús que ha sido tomado desde vosotros arriba en el cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.
12Entonces se volvieron á Jerusalem del monte que se llama del Olivar, el cual está cerca de Jerusalem camino de un sábado.
13Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, y Juan y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, y Simón Zelotes, y Judas hermano de Jacobo.
14Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.
15Y en aquellos días, Pedro, levantándose en medio de los hermanos, dijo (y era la compañía junta como de ciento y veinte en número):
16Varones hermanos, convino que se cumpliese la Escritura, la cual dijo antes el Espíritu Santo por la boca de David, de Judas, que fué guía de los que prendieron á Jesús;
17El cuál era contado con nosotros, y tenía suerte en este ministerio.
Dios no manda a los suyos con las manos vacías. Eso es lo primero que muestra este pasaje. Antes de enviar a los apóstoles a ser testigos hasta lo último de la tierra, el Padre tiene una promesa para ellos, y esa promesa es el Espíritu Santo. Primero viene lo que Dios da; después, lo que pide. Y en medio hay una espera: Jesús les manda que no se vayan de Jerusalén, sino que esperen «la promesa del Padre».
El libro abre con una carta a Teófilo y una mirada atrás: todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar. La palabra comenzó sugiere que la historia sigue. Después de haber padecido, Jesús se presentó vivo a sus apóstoles con muchas pruebas, de las que no dejan dudas, durante cuarenta días, y les habló del reino de Dios. Antes de subir al cielo les dio mandamientos por medio del Espíritu Santo.
Entonces los reunidos preguntan: «Señor, ¿restituirás el reino á Israel en este tiempo?». Quieren saber si ya devolverá el reino a Israel. Jesús no responde con una fecha: los tiempos los puso el Padre en su sola mano. Les habla de otra cosa: «recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros». Virtud quiere decir aquí poder. Y ese poder tiene un fin: que sean testigos de Jesús en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra.
Dicho esto, y viéndolo ellos, Jesús fue alzado, y «una nube le recibió y le quitó de sus ojos». Ellos se quedan con los ojos puestos en el cielo. Dos hombres con vestidos blancos les preguntan: «¿qué estáis mirando al cielo?». Y les recuerdan que este mismo Jesús que se fue es el mismo que vendrá, así como lo vieron ir. Luego los discípulos vuelven a Jerusalén, tal como Jesús les había mandado.
En Jerusalén suben al aposento alto, una habitación de un piso superior, y el pasaje nombra a once apóstoles, uno por uno. Añade que había también mujeres, con María la madre de Jesús, y con sus hermanos. Y dice cómo pasaban la espera: todos «perseveraban unánimes en oración y ruego». Seguían juntos, de un mismo sentir, orando y pidiendo. La espera no fue un tiempo vacío. Fue oración.
En medio de esa espera, Pedro se levanta entre los hermanos, unos ciento veinte, y habla de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús. Lo dice sin adornos y añade un dato difícil: «era contado con nosotros». Uno de los de cerca. El pasaje no esconde lo duro, pero tampoco se detiene en ello: los suyos siguen juntos. Hoy, antes de la tarea que más pesa, detente un minuto a orar; el Padre que prometió su Espíritu no manda con las manos vacías.
Para vivirlo hoy
Piensa en alguien de tu iglesia, tu familia o tu trabajo que esté en una espera larga: un resultado, una respuesta, un cambio. Esta semana escríbele o llámale para decirle que estás orando por su situación, y pregúntale cómo lleva la espera. Luego quédate en la conversación: escucha con calma antes de aconsejar.
Para meditar
- ¿Qué del futuro quisiera saber ya, y qué me está ofreciendo Dios mientras tanto?
- ¿Con quiénes puedo esperar y orar, en lugar de esperar a solas?
- ¿Qué tarea de esta semana necesita que antes me detenga a pedir la ayuda de Dios?
Oración
Esperar se me hace largo, y sin darme cuenta pido fechas en lugar de pedirte a ti. Padre, gracias porque a los tuyos no los mandaste con las manos vacías: les diste una promesa, y a tu Hijo vivo entre ellos. Hazme perseverar en la oración junto a otros, con un mismo sentir. Enséñame a dejar en tus manos los tiempos, y dame tu Espíritu para ser testigo de Jesús en los lugares donde vivo. Amén.