Valor y perseverancia
Un becerro a la medida y un cielo abierto
Lectura · Hechos 7:40-58
40Diciendo á Aarón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque á este Moisés, que nos sacó de tierra de Egipto, no sabemos qué le ha acontecido.
41Y entonces hicieron un becerro, y ofrecieron sacrificio al ídolo, y en las obras de sus manos se holgaron.
42Y Dios se apartó, y los entregó que sirviesen al ejército del cielo; como está escrito en el libro de los profetas: ¿Me ofrecisteis víctimas y sacrificios en el desierto por cuarenta años, casa de Israel?
43Antes, trajisteis el tabernáculo de Moloch, y la estrella de vuestro dios Remphan: figuras que os hicisteis para adorarlas: os transportaré pues, más allá de Babilonia.
44Tuvieron nuestros padres el tabernáculo del testimonio en el desierto, como había ordenado Dios, hablando á Moisés que lo hiciese según la forma que había visto.
45El cual recibido, metieron también nuestros padres con Josué en la posesión de los Gentiles, que Dios echó de la presencia de nuestros padres, hasta los días de David;
46El cual halló gracia delante de Dios, y pidió hallar tabernáculo para el Dios de Jacob.
47Mas Salomón le edificó casa.
48Si bien el Altísimo no habita en templos hechos de mano; como el profeta dice:
49El cielo es mi trono, y la tierra es el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis? dice el Señor; ¿ó cuál es el lugar de mi reposo?
50¿No hizo mi mano todas estas cosas?
51Duros de cerviz, é incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo: como vuestros padres, así también vosotros.
52¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? y mataron á los que antes anunciaron la venida del Justo, del cual vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores;
53Que recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis.
54Y oyendo estas cosas, regañaban de sus corazones, y crujían los dientes contra él.
55Mas él, estando lleno de Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vió la gloria de Dios, y á Jesús que estaba á la diestra de Dios,
56Y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está á la diestra de Dios.
57Entonces dando grandes voces, se taparon sus oídos, y arremetieron unánimes contra él;
58Y echándolo fuera de la ciudad, le apedreaban: y los testigos pusieron sus vestidos á los pies de un mancebo que se llamaba Saulo.
¿Qué hace la gente cuando quien la guiaba deja de estar a la vista? Aquí el pueblo le dice a Aarón: «Haznos dioses que vayan delante de nosotros», porque de Moisés, el que los sacó de Egipto, no saben qué le ha pasado. Entonces hacen un becerro, le ofrecen sacrificio y se alegran en las obras de sus manos. Cuando no se ve al que guía, se busca algo que se pueda tocar, hecho a la medida.
Lo que sigue no se suaviza: Dios se apartó y los entregó a servir al ejército del cielo, que quiere decir a los astros, como la estrella de su dios Remphan. Los llevará más allá de Babilonia. Después recuerda el tabernáculo y la casa de Salomón, y aclara: el Altísimo no habita en templos hechos de mano. «El cielo es mi trono, y la tierra es el estrado de mis pies»; estrado quiere decir el sitio donde se apoyan los pies. Ninguna obra humana contiene a Dios.
Entonces Esteban habla directo. Les dice que son como sus padres: «vosotros resistís siempre al Espíritu Santo». Recuerda que persiguieron y mataron a los profetas que anunciaron la venida del Justo, y que ahora ellos lo entregaron y lo mataron. Son palabras duras. Muestran a un Dios que no deja de hablar aun a quienes le resisten. Y quienes oyen se enfurecen por dentro y rechinan los dientes contra él.
Y llega el contraste con el desierto. Allí un pueblo, al no ver a su guía, se fabricó un dios que pudiera llevar delante. Aquí Esteban, «estando lleno de Espíritu Santo», pone los ojos en el cielo y ve la gloria de Dios y a Jesús a su derecha. Lo dice en voz alta: ve los cielos abiertos y al Hijo del hombre. No fabricó nada con sus manos: lo que vio, lo recibió. Y Jesús, para quien lo mira, no está lejos ni olvidado.
La respuesta de la gente es violenta, y el pasaje la cuenta sin adornos: dan grandes voces, «se taparon sus oídos» para no oír, se lanzan todos juntos contra él, lo sacan de la ciudad y lo apedrean. Los testigos dejan sus ropas a los pies de un joven llamado Saulo. Es un detalle pequeño, y el pasaje lo deja ahí, sin explicarlo.
Hoy tenemos becerros más discretos: una agenda llena, una cuenta que crece, una opinión que nos dirige cuando sentimos a Dios lejos. Y si lo que vives es un maltrato o una violencia real, no te quedes callado con eso: acude a tu pastor o a alguien confiable para contarlo, y si tu integridad corre peligro, pide auxilio profesional de inmediato. Piensa en una pieza a oscuras: no cambia la pieza, pero alguien abre la ventana y entra el día. Así se abrió el cielo para Esteban entre las piedras.
Para vivirlo hoy
Busca hoy cinco minutos sin pantallas. Lee despacio, tres veces, esta frase: «veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está á la diestra de Dios». Diestra quiere decir mano derecha. Después quédate un minuto en silencio, sin pedir nada, solo pensando en Jesús junto a Dios.
Para meditar
- ¿Qué cosa hecha por mis manos suelo llevar delante de mí cuando siento a Dios lejos?
- ¿Qué me dice que Esteban viera a Jesús justo en medio de lo más duro?
- ¿A quién puedo acompañar esta semana, que esté sufriendo por su fe o por una injusticia?
Oración
Dios del cielo y de la tierra, que tienes el cielo por trono y la tierra por lugar donde apoyar los pies, ningún templo te contiene. Perdona los becerros pequeños que me hago para tener algo que llevar delante. Gracias porque Esteban vio el cielo abierto y a Jesús junto a ti, y porque tu Espíritu lo llenó en medio de las piedras. Llena también mi vida, para no callar tu nombre cuando cueste, y ayúdame a mirar hacia arriba cuando el ruido me rodee. Amén.