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La Palabra de Dios

El rollo quemado en el brasero y la orden de escribirlo otra vez

Lectura · Jeremías 36:15-30

15Y dijéronle: Siéntate ahora, y léelo en nuestros oídos. Y leyó Baruch en sus oídos.

16Y fué que, como oyeron todas aquellas palabras, cada uno se volvió espantado á su compañero, y dijeron á Baruch: Sin duda contaremos al rey todas estas palabras.

17Preguntaron luego á Baruch, diciendo: Cuéntanos ahora cómo escribiste de boca de Jeremías todas estas palabras.

18Y Baruch les dijo: El me dictaba de su boca todas estas palabras, y yo escribía con tinta en el libro.

19Entonces dijeron los príncipes á Baruch: Ve, y escóndete tú y Jeremías, y nadie sepa dónde estáis.

20Y entraron al rey al atrio, habiendo depositado el rollo en la cámara de Elisama secretario; y contaron en los oídos del rey todas estas palabras.

21Y envió el rey á Jehudí á que tomase el rollo, el cual lo tomó de la cámara de Elisama secretario, y leyó en él Jehudí en oídos del rey, y en oídos de todos los príncipes que junto al rey estaban.

22Y el rey estaba en la casa de invierno en el mes noveno, y había un brasero ardiendo delante de él;

23Y fué que, como Jehudí hubo leído tres ó cuatro planas, rasgólo con un cuchillo de escribanía, y echólo en el fuego que había en el brasero, hasta que todo el rollo se consumió sobre el fuego que en el brasero había.

24Y no tuvieron temor, ni rasgaron sus vestidos, el rey y todos sus siervos que oyeron todas estas palabras.

25Y aunque Elnathán y Delaías y Gemarías rogaron al rey que no quemase aquel rollo, no los quiso oir:

26Antes mandó el rey á Jerameel hijo de Amelech, y á Seraías hijo de Azriel, y á Selemías hijo de Abdeel, que prendiesen á Baruch el escribiente y á Jeremías profeta; mas Jehová los escondió.

27Y fué palabra de Jehová á Jeremías, después que el rey quemó el rollo, las palabras que Baruch había escrito de boca de Jeremías, diciendo:

28Vuelve á tomar otro rollo, y escribe en él todas las palabras primeras, que estaban en el primer rollo que quemó Joacim, rey de Judá.

29Y dirás á Joacim rey de Judá: Así ha dicho Jehová: Tú quemaste este rollo, diciendo: ¿Por qué escribiste en él, diciendo: De cierto vendrá el rey de Babilonia, y destruirá esta tierra, y hará que no queden en ella hombres ni animales?

30Por tanto, así ha dicho Jehová, en orden á Joacim rey de Judá: No tendrá quien se siente sobre el trono de David; y su cuerpo será echado al calor del día y al hielo de la noche.

Jeremías 36:15-30

«Y no tuvieron temor, ni rasgaron sus vestidos, el rey y todos sus siervos que oyeron todas estas palabras». Así termina una escena que había empezado con miedo. Rasgarse la ropa era la manera de mostrar dolor y arrepentimiento, y allí nadie lo hizo. Era el mes noveno y el rey estaba en la casa de invierno, con un brasero ardiendo delante de él, una vasija con brasas para dar calor. El fuego que estaba ahí para calentarlo iba a servir para otra cosa.

Antes había pasado algo distinto. Baruch leyó el rollo en oídos de los príncipes, y al oír todas aquellas palabras «cada uno se volvió espantado á su compañero»: quiere decir que se miraron asustados. Le preguntaron cómo había escrito todo, y Baruch respondió con sencillez: Jeremías dictaba y él escribía con tinta. Entonces le dijeron: «Ve, y escóndete tú y Jeremías». Dejaron el rollo en la cámara del secretario Elisama y fueron a contarle todo al rey.

El rey mandó traer el rollo, y Jehudí empezó a leerlo. Cuando llevaba tres o cuatro hojas, el rey las cortó con un cuchillo de escribano y las echó al fuego, hasta que todo el rollo se consumió. Elnatán, Delaías y Gemarías le rogaron que no lo quemara, y no los quiso oír. No lograron detenerlo, pero el texto los recuerda por su nombre. Al contrario, el rey mandó prender a Baruch y a Jeremías, «mas Jehová los escondió». Un hombre destruía, pedazo a pedazo, lo que Dios había dicho; y quien puso a salvo a los dos, dice el texto, fue Dios.

Después del fuego, Dios habla. A Jeremías le manda tomar otro rollo y escribir de nuevo las primeras palabras: quemar el papel no había quitado nada de lo que Dios dijo. Y da un mensaje para Joacim: no tendría quien se sentara en el trono de David, y su cuerpo sería echado al calor del día y al hielo de la noche. Es una sentencia dura, y responde a lo que el rey dijo al quemar el rollo, cuando preguntó por qué se había escrito que Babilonia vendría. Destruir el papel no cambió lo que Dios había dicho.

Hoy nadie quema rollos en un brasero, pero hay maneras más silenciosas de apagar una palabra que incomoda: dejar la Biblia para otro día, cambiar de tema, leer solo lo que consuela. Es humano; a nadie le gusta oír lo que cuesta. Este pasaje deja ver otra cosa: el rey no aguantó más que tres o cuatro hojas, y aun así lo que Dios había dicho siguió en pie. Escuchar hasta el final no siempre es cómodo, pero deja a Dios hablar completo y evita que confundamos su palabra con lo que preferiríamos oír.

Juan llama a Jesús la Palabra hecha carne. También a él quisieron callarlo, y su palabra sigue en pie. Por eso la Biblia que tienes en las manos no es frágil, aunque el papel lo sea. Lo mostró aquel invierno: lo primero que Dios dijo después del fuego no fue un reproche, sino una orden sencilla: «Vuelve á tomar otro rollo, y escribe en él todas las palabras primeras».

Para vivirlo hoy

Elige un versículo de la Biblia que hoy te consuele o te incomode y cópialo a mano, despacio, en una hoja, como se escribió de nuevo el rollo. Luego léelo hasta el final antes de sacar conclusiones. Basta un versículo y unos minutos.

Para meditar

  • ¿Qué te muestra de Dios que, después del fuego, su primera respuesta sea una orden sencilla de escribir otra vez?
  • ¿Quién te ha avisado a tiempo de algo que necesitabas oír, como los príncipes avisaron a Baruch y a Jeremías?
  • ¿Cómo puedes escuchar hasta el final una palabra incómoda de Dios, sin apagarla ni apurarte?

Oración

Gracias porque tu palabra no se consumió con el rollo en el brasero de Joacim y porque mandaste escribirla de nuevo. Gracias por Baruch, que puso la tinta, y por quienes le avisaron a tiempo que se escondiera. Gracias porque escondiste a tus siervos cuando el rey los buscaba. Dame oídos que no se cierren cuando lo que dices incomoda, y enséñame a leerte hasta el final. Que tu Palabra, Jesús, sea mi abrigo aun en los inviernos largos. Amén.

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