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Alabanza y adoración

Un brote verde y un salmo que canta mientras viva

Lectura · Salmos 104:30-35

30Envías tu espíritu, críanse: y renuevas la haz de la tierra.

31Sea la gloria de Jehová para siempre; alégrese Jehová en sus obras;

32El cual mira á la tierra, y ella tiembla; toca los montes, y humean.

33A Jehová cantaré en mi vida: á mi Dios salmearé mientras viviere.

34Serme ha suave hablar de él: yo me alegraré en Jehová.

35Sean consumidos de la tierra los pecadores, y los impíos dejen de ser. Bendice, alma mía, á Jehová. Aleluya.

Salmos 104:30-35

Puede que hoy sea un día de cuentas por pagar y de cansancio acumulado. Y a veces, en una maceta o en un rincón cualquiera, aparece un brote verde que se daba por perdido y que nadie plantó de nuevo. Puede que nada de lo que hicimos lo explique. Sencillamente, la vida volvió. Ese brote pequeño se parece a lo que canta este salmo: una tierra que se renueva y un Dios que sigue sosteniendo, en silencio, lo que hizo.

El salmista lo dice así: «Envías tu espíritu, críanse: y renuevas la haz de la tierra». Críanse quiere decir que los seres son creados, que nacen, y la haz es la cara de la tierra, su aspecto. Y el espíritu de Dios puede entenderse aquí como su aliento o como su Espíritu. Luego el salmo mira más arriba: «alégrese Jehová en sus obras». Nosotros a veces revisamos lo hecho y desearíamos rehacerlo. El salmista, en cambio, desea a Dios contento con lo que creó.

Pero ese mismo Dios no es pequeño: «El cual mira á la tierra, y ella tiembla; toca los montes, y humean». Con solo mirar, la tierra se estremece; con solo tocar, las montañas echan humo. El que renueva un brote es el que sacude un monte. No son dos dioses, uno tierno y otro terrible. Es uno solo, y por eso el salmo lo canta con asombro y con respeto.

Ante eso, el salmista decide algo para toda su vida: «A Jehová cantaré en mi vida: á mi Dios salmearé mientras viviere». Salmearé quiere decir cantaré salmos, y no habla de un domingo, sino de cada año que le quede. Añade: «Serme ha suave hablar de él». Hoy diríamos que le resulta agradable, casi dulce. Pensar en Dios no le pesa como una tarea más en la lista; le hace bien.

El salmo termina con una petición dura: «Sean consumidos de la tierra los pecadores, y los impíos dejen de ser». Pide que Dios quite del mundo a quienes persisten en el mal. No conviene suavizarla ni usarla como amenaza. Una manera de leerla es como la indignación de quien ve deshonrado a Dios. Ese juicio le pertenece a él, y a nosotros no nos toca aplicarlo a ninguna persona concreta. Jesús murió por pecadores, y todos necesitamos ese perdón. Por eso no se lee con desprecio, sino con gratitud por la misericordia que nos alcanzó.

Al terminar el día, sea cual sea su carga, el salmo te propone cerrar como cierra él: hablándole a tu propia alma. Que agradezca cada brote de vida, el aire, lo que sostiene los días, lo que no mereció. Y que lo diga con las palabras que ponen fin al salmo: «Bendice, alma mía, á Jehová. Aleluya.»

Para vivirlo hoy

Esta noche, antes de dormir, elige una cosa que hoy diste por sentada, como la luz de la mañana, el agua o el aire, y agradécesela a Dios por su nombre, en voz baja y sin apuro. Que sea lo último que le digas al día.

Para meditar

  • ¿Qué brote pequeño de vida has visto últimamente, en tu casa o en tu trabajo, y aún no habías agradecido?
  • ¿Qué cambia en ti saber que el Dios que hace temblar los montes es el mismo que renueva la tierra?
  • ¿Qué dirías de Dios, con gusto, a las personas cercanas si hablaras de él con la dulzura del salmista?

Oración

¡Qué asombroso es que envíes tu espíritu y la tierra vuelva a empezar cada mañana! Gracias por los brotes de vida que pasé por alto y por todo lo que sostienes sin que yo lo advierta. Que tu gloria dure para siempre, y que yo aprenda a cantarte mientras viva. Hazme amable el hablar de ti, y no dejes que me acostumbre a tu bondad hasta dejar de verla. Te pido por quienes hoy hacen daño: que el mal se acabe y que tu misericordia los alcance, como me alcanzó a mí. Amén.

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