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Dios y las naciones

Pedro levanta a Cornelio y la puerta de una casa se abre

Lectura · Hechos 10:23-41

23Entonces metiéndolos dentro, los hospedó. Y al día siguiente, levantándose, se fué con ellos; y le acompañaron algunos de los hermanos de Joppe.

24Y al otro día entraron en Cesarea. Y Cornelio los estaba esperando, habiendo llamado á sus parientes y los amigos más familiares.

25Y como Pedro entró, salió Cornelio á recibirle; y derribándose á sus pies, adoró.

26Mas Pedro le levantó, diciendo: Levántate; yo mismo también soy hombre.

27Y hablando con él, entró, y halló á muchos que se habían juntado.

28Y les dijo: Vosotros sabéis que es abominable á un varón Judío juntarse ó llegarse á extranjero; mas me ha mostrado Dios que á ningún hombre llame común ó inmundo;

29Por lo cual, llamado, he venido sin dudar. Así que pregunto: ¿por qué causa me habéis hecho venir?

30Entonces Cornelio dijo: Cuatro días ha que á esta hora yo estaba ayuno; y á la hora de nona estando orando en mi casa, he aquí, un varón se puso delante de mí en vestido resplandeciente.

31Y dijo: Cornelio, tu oración es oída, y tus limosnas han venido en memoria en la presencia de Dios.

32Envía pues á Joppe, y haz venir á un Simón, que tiene por sobrenombre Pedro; éste posa en casa de Simón, curtidor, junto á la mar; el cual venido, te hablará.

33Así que, luego envié á ti; y tú has hecho bien en venir. Ahora pues, todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios, para oir todo lo que Dios te ha mandado.

34Entonces Pedro, abriendo su boca, dijo: Por verdad hallo que Dios no hace acepción de personas;

35Sino que de cualquiera nación que le teme y obra justicia, se agrada.

36Envió palabra Dios á los hijos de Israel, anunciando la paz por Jesucristo; éste es el Señor de todos.

37Vosotros sabéis lo que fué divulgado por toda Judea; comenzando desde Galilea después del bautismo que Juan predicó,

38Cuanto á Jesús de Nazaret; cómo le ungió Dios de Espíritu Santo y de potencia; el cual anduvo haciendo bienes, y sanando á todos los oprimidos del diablo; porque Dios era con él.

39Y nosotros somos testigos de todas las cosas que hizo en la tierra de Judea, y en Jerusalem; al cual mataron colgándole en un madero.

40A éste levantó Dios al tercer día, é hizo que apareciese manifiesto,

41No á todo el pueblo, sino á los testigos que Dios antes había ordenado, es á saber, á nosotros que comimos y bebimos con él, después que resucitó de los muertos.

Hechos 10:23-41

«Levántate; yo mismo también soy hombre.» Así responde Pedro a Cornelio, que acaba de tirarse a sus pies para adorarlo. Ocurre en Cesarea, al final de un viaje de dos jornadas. Pedro había hospedado a los visitantes que venían por él y salió con ellos, acompañado por algunos hermanos de Jope. Cornelio los esperaba, y había llamado a sus parientes y a sus amigos más cercanos.

Pedro entra y encuentra a muchos reunidos. Les dice algo que ya sabían: «es abominable á un varón Judío juntarse ó llegarse á extranjero; mas me ha mostrado Dios que á ningún hombre llame común ó inmundo». Dicho con palabras de hoy: un hombre judío rechazaba con fuerza acercarse a un extranjero, pero Dios le ha mostrado que a nadie debe tratar como impuro. Por eso vino sin poner reparos, y ahora pregunta para qué lo llamaron.

Cornelio cuenta su parte. Cuatro días atrás estaba en ayuno y oraba en su casa, cuando un hombre con vestido resplandeciente se puso delante de él y le dijo: «tu oración es oída, y tus limosnas han venido en memoria en la presencia de Dios». Aquel hombre le pidió enviar por Pedro, y Cornelio lo hizo enseguida. Se ve un Dios que oye la oración de una casa que no era de Israel y recuerda lo que se da a los necesitados, las limosnas.

Cornelio añade: «todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios, para oir todo lo que Dios te ha mandado». Entonces Pedro abre la boca y dice: «Por verdad hallo que Dios no hace acepción de personas; Sino que de cualquiera nación que le teme y obra justicia, se agrada». Hoy diríamos que Dios no tiene favoritos, y que se agrada de quien, de donde sea, lo respeta y obra con justicia. Pedro no habla de ganarse a Dios: dice que el pueblo de origen no cierra ninguna puerta.

Hoy las fronteras no siempre tienen muro, pero se notan. Hay personas a quienes saludamos de lejos: quien vive en otro barrio, quien habla con otro acento, quien llegó de otro país. Uno decide, casi sin darse cuenta, con quién se sienta a comer. Pedro cruzó esa puerta porque Dios se la mostró, y lo hizo en compañía de hermanos. A veces basta un paso pequeño: una invitación, un saludo con nombre propio, un rato de atención sin apuro.

Y lo que Pedro trae a esa casa es una persona. Dios anunció la paz por Jesucristo, y Pedro habla de Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con Espíritu Santo y con poder, y que «anduvo haciendo bienes, y sanando á todos los oprimidos del diablo; porque Dios era con él». Lo mataron colgándolo de un madero, y Dios lo levantó al tercer día y lo hizo aparecer ante testigos que comieron y bebieron con él. De ese Jesús dice Pedro: «éste es el Señor de todos».

Para vivirlo hoy

En los próximos días, invita a tomar un café o a compartir una comida en tu casa a alguien de un ambiente distinto al tuyo: otro barrio, otro país o alguien a quien apenas has saludado de lejos. No hace falta preparar un tema. Haz una pregunta y dedica ese rato a escuchar, como aquellos reunidos en casa de Cornelio, dispuestos a oír.

Para meditar

  • ¿A quién he dejado, sin darme cuenta, del lado de afuera de mi mesa, de mi casa o de mi saludo?
  • ¿Qué cambiaría en mi trato con cierta persona si recordara que Dios oye su oración igual que la mía?
  • ¿Quién podría acompañarme, como acompañaron a Pedro los hermanos de Jope, en un paso hacia alguien distinto a mí?

Oración

Enséñame a no llamar común ni impuro a nadie a quien tú has recibido. Padre, gracias porque oíste la oración de Cornelio en su casa y tuviste presente lo que daba a los necesitados; gracias porque tu palabra no se detiene en ninguna frontera. Dame la sencillez de Pedro, que levantó a quien se arrodillaba y dijo que también era hombre. Abre mi mesa, mi tiempo y mis oídos. Y que la paz anunciada por Jesucristo, Señor de todos, llegue a cada persona por medio de mi trato. Amén.

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