Juicio y misericordia
Montes que no alcanzan para esconderse
Lectura · Apocalipsis 6:16-17
16Y decían á los montes y á las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos de la cara de aquél que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero:
17Porque el gran día de su ira es venido; ¿y quién podrá estar firme?
Suena el teléfono y en la pantalla aparece un nombre que llevas días sin querer contestar: el banco, un jefe, alguien a quien le debes una respuesta. Miras cómo vibra, lo das vuelta sobre la mesa y sigues con lo tuyo, como si eso lo hiciera desaparecer. Casi todos hemos hecho algo parecido. Este pasaje cuenta una escena mucho más grande, pero con un movimiento que reconocemos: gente que quiere esconderse de una cara.
En la escena, unos personajes les hablan a los montes y a las peñas, que son las rocas grandes: «Caed sobre nosotros, y escondednos de la cara de aquél que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero». Las palabras de antes, caed y escondednos, hoy serían caigan y escóndannos. Prefieren que una montaña los cubra antes que ser vistos. Es un ruego desesperado, y fíjate a quién va dirigido: no al que está en el trono, sino a la piedra.
Dos cosas quedan a la vista de Dios. Primera: hay alguien sentado sobre el trono, y el mundo no anda a la deriva. Segunda: el Cordero tiene ira. Para quien lee este libro, el Cordero es Jesús, y hablar de la ira de un cordero suena casi contradictorio: un animal manso y, a la vez, una ira ante la cual la gente busca refugio entre los montes. El texto no da aquí las razones de esa ira; muestra que existe y que es real. No conviene suavizarlo ni usarlo para asustar.
El versículo 17 termina con una pregunta que el pasaje deja abierta: «¿y quién podrá estar firme?». Estar firme es seguir en pie cuando llega ese día. Nadie se sostiene solo ante esa cara, y el texto no nos deja fingir que sí. Quien lee con fe reconoce en ese Cordero a Jesús, que se entregó por los suyos, y a quien confía en él no le toca esconderse, sino acercarse.
Nos toca en los escondites pequeños: dejar el sobre sin abrir, aplazar la conversación difícil, llenar la agenda para no quedarnos a solas con lo que sabemos que hay que enfrentar. Se entiende: a veces lo que hay que mirar pesa. Pero esconderse no cambia quién está sentado en el trono, y lo que se esquiva suele crecer. Lo bueno de la fe es que no enfrentamos las cosas con nuestra fuerza, sino delante de alguien que ya lo ve todo.
Ni un monte, ni una agenda llena, ni el teléfono boca abajo alcanzan como refugio. Este pasaje no nos deja imaginar un Dios al que nada le importa, ni un Dios al que se pueda evitar. Y afirma sin adornos algo que da firmeza: Dios está sentado sobre el trono, nada ni nadie lo desaloja, y de su cara no hay dónde esconderse.
Para vivirlo hoy
Elige hoy una sola cosa que llevas tiempo esquivando, como un sobre sin abrir, un mensaje sin responder o una llamada pendiente, y ordénala: ábrela, léela o respóndela antes de que termine el día. Antes de hacerlo, respira hondo y dile a Dios en voz baja que estás delante de él con eso.
Para meditar
- ¿Qué cosa estás dejando sin abrir, sin responder o sin mirar, y qué te pasa por dentro cuando piensas en enfrentarla?
- El pasaje pone juntos al que está sentado en el trono y al Cordero. ¿Qué cambia en cómo ves lo que temes si hay alguien en ese trono?
- Si hoy te preguntaran «¿y quién podrá estar firme?», ¿en quién o en qué dirías que descansa tu firmeza?
Oración
Dios que estás sentado sobre el trono, tu cara no se puede esquivar y el día de la ira del Cordero es real. Ayúdame a no refugiarme en montes que no existen: ni en la agenda, ni en el ruido, ni en la costumbre. Dame valor para mirar de frente lo que he dejado sin abrir, sabiendo que tú ya lo ves. Enséñame a estar firme, no por mi fuerza, sino confiando en Jesús, el Cordero. Amén.