Jesús, el Salvador
Treinta y ocho años junto al estanque y una orden de Jesús
Lectura · Juan 5:1-21
1DESPUÉS de estas cosas, era un día de fiesta de los Judíos, y subió Jesús á Jerusalem.
2Y hay en Jerusalem á la puerta del ganado un estanque, que en hebraico es llamado Bethesda, el cual tiene cinco portales.
3En éstos yacía multitud de enfermos, ciegos, cojos, secos, que estaban esperando el movimiento del agua.
4Porque un ángel descendía á cierto tiempo al estanque, y revolvía el agua; y el que primero descendía en el estanque después del movimiento del agua, era sano de cualquier enfermedad que tuviese.
5Y estaba allí un hombre que había treinta y ocho años que estaba enfermo.
6Como Jesús vió á éste echado, y entendió que ya había mucho tiempo, dícele: ¿Quieres ser sano?
7Señor, le respondió el enfermo, no tengo hombre que me meta en el estanque cuando el agua fuere revuelta; porque entre tanto que yo vengo, otro antes de mí ha descendido.
8Dícele Jesús: Levántate, toma tu lecho, y anda.
9Y luego aquel hombre fué sano, y tomó su lecho, é íbase. Y era sábado aquel día.
10Entonces los Judíos decían á aquel que había sido sanado: Sábado es: no te es lícito llevar tu lecho.
11Respondióles: El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda.
12Preguntáronle entonces: ¿Quién es el que te dijo: Toma tu lecho y anda?
13Y el que había sido sanado, no sabía quién fuese; porque Jesús se había apartado de la gente que estaba en aquel lugar.
14Después le halló Jesús en el templo, y díjole: He aquí, has sido sanado; no peques más, porque no te venga alguna cosa peor.
15El se fué, y dió aviso á los Judíos, que Jesús era el que le había sanado.
16Y por esta causa los Judíos perseguían á Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en sábado.
17Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro.
18Entonces, por tanto, más procuraban los Judíos matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también á su Padre llamaba Dios, haciéndose igual á Dios.
19Respondió entonces Jesús, y díjoles: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada de sí mismo, sino lo que viere hacer al Padre: porque todo lo que él hace, esto también hace el Hijo juntamente.
20Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que éstas le mostrará, de suerte que vosotros os maravilléis.
21Porque como el Padre levanta los muertos, y les da vida, así también el Hijo á los que quiere da vida.
«Levántate, toma tu lecho, y anda.» Con esas palabras, junto a un estanque de Jerusalén, un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo se pone de pie. Lecho es la camilla donde yacía, y ahora es él quien la lleva. Es día de fiesta, y junto a la puerta del ganado hay un estanque con cinco portales, donde yace «multitud de enfermos, ciegos, cojos, secos» que esperan el movimiento del agua. El texto cuenta que el primero en entrar cuando el agua se revolvía era sano.
Entre todos hay un hombre enfermo desde hace treinta y ocho años. Jesús lo ve echado, entiende que ya lleva mucho tiempo y le pregunta si quiere ser sano. El hombre no responde sí ni no; cuenta cómo son las cosas: no tiene quien lo meta en el agua, y cuando él llega, otro ya bajó antes. Jesús no le explica nada. Da la orden, y el hombre queda sano y toma su lecho. Y era sábado.
Los judíos que lo ven le dicen que no le es lícito llevar su lecho ese día. Después Jesús lo encuentra en el templo: «no peques más, porque no te venga alguna cosa peor». Es una palabra seria, y el texto no la explica más; tampoco dice que su enfermedad fuera un castigo. Cuando el hombre da aviso de quién lo sanó, los judíos buscan la forma de matar a Jesús por hacer estas cosas en sábado.
Jesús responde: «Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro». Ellos oyen que llama Dios a su Padre y que se hace igual a Dios, y procuran matarlo con más empeño. Quien sana a alguien tras treinta y ocho años de enfermedad es perseguido por hacerlo en sábado. Jesús y sus discípulos eran también judíos; aquí se cuenta una discusión concreta en Jerusalén, no un juicio sobre un pueblo.
Jesús añade que el Hijo no hace nada de sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre, porque «el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace». Lo ocurrido junto al estanque no fue un gesto suelto: fue el Padre y el Hijo obrando juntos. Hoy hay quienes esperan junto a algún estanque, con la sensación de que nadie los ayuda a llegar. Jesús ve a quien lleva mucho tiempo así, aunque el pasaje no explica por qué sanó a este hombre y no a los demás.
Si esa espera te ha dejado sin fuerzas, no la sobrelleves callado: díselo a tu pastor o a quien de verdad te conozca, y si aparecen ideas de hacerte daño, busca sin tardanza ayuda profesional. Y este es el Dios que aquí se muestra: «como el Padre levanta los muertos, y les da vida, así también el Hijo á los que quiere da vida».
Para vivirlo hoy
Piensa en alguien que lleva mucho tiempo enfermo o esperando una mejoría: un familiar, un vecino, alguien de tu iglesia. Esta semana llámale o pasa a verle, y pregúntale cómo está de verdad. Después escucha sin apuro, sin dar consejos ni explicaciones. A veces lo único que una persona necesita es que alguien le pregunte y se quede un rato a su lado.
Para meditar
- ¿Quién ha estado esperando ayuda a mi lado sin que yo lo notara?
- ¿Qué me dice de Jesús que se acerque a alguien que lleva treinta y ocho años en la misma situación?
- ¿Cómo cambiaría mi forma de ver a los demás si recordara que el Padre obra hasta ahora?
Oración
Padre, tú obras hasta ahora, y tu Hijo obra contigo; no dejas de hacer el bien. Gracias porque Jesús vio a un hombre que llevaba treinta y ocho años echado y se acercó a él. Míranos también a nosotros en nuestras esperas largas. Pon en mi camino a alguien que hoy necesite compañía y dame tiempo para ofrecérsela. Sostén a quienes están cansados de esperar, y a mí cuando la espera me pese. Gracias porque tu Hijo da vida a los que quiere. Amén.