Gracia y perdón
Gracia por gracia: la Palabra que vino a vivir entre nosotros
Lectura · Juan 1:1-27
1EN el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
2Este era en el principio con Dios.
3Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fué hecho.
4En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
5Y la luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no la comprendieron.
6Fué un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan.
7Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, para que todos creyesen por él.
8No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.
9Aquél era la luz verdadera, que alumbra á todo hombre que viene á este mundo.
10En el mundo estaba, y el mundo fué hecho por él; y el mundo no le conoció.
11A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.
12Mas á todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios, á los que creen en su nombre:
13Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios.
14Y aquel Verbo fué hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.
15Juan dió testimonio de él, y clamó diciendo: Este es del que yo decía: El que viene tras mí, es antes de mí: porque es primero que yo.
16Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia.
17Porque la ley por Moisés fué dada: mas la gracia y la verdad por Jesucristo fué hecha.
18A Dios nadie le vió jamás: el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le declaró.
19Y éste es el testimonio de Juan, cuando los Judíos enviaron de Jerusalem sacerdotes y Levitas, que le preguntasen: ¿Tú, quién eres?
20Y confesó, y no negó; mas declaró: No soy yo el Cristo.
21Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No.
22Dijéronle: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta á los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?
23Dijo: Yo soy la voz del que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías profeta.
24Y los que habían sido enviados eran de los Fariseos.
25Y preguntáronle, y dijéronle: ¿Por qué pues bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?
26Y Juan les respondió, diciendo: Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros ha estado á quien vosotros no conocéis.
27Este es el que ha de venir tras mí, el cual es antes de mí: del cual yo no soy digno de desatar la correa del zapato.
¿Qué había antes de que hubiera algo? Juan no empieza su Evangelio en un pesebre ni junto a un río. Empieza antes de todo, con una frase que suena a canto: «EN el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios». Verbo es aquí lo que hoy llamaríamos la Palabra: aquel por quien Dios se expresa y se da a conocer. Juan dice que ya estaba, que estaba con Dios y que era Dios.
De esa Palabra dice más: todas las cosas fueron hechas por ella, y nada de lo que existe queda fuera de su obra. «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres», una luz que brilla en la oscuridad. Luego entra un hombre llamado Juan, enviado de Dios, que no era la luz sino un testigo de ella, para que todos creyeran. Su tarea es señalar a otro.
Aquí el relato se vuelve doloroso. Aquel por quien el mundo fue hecho estaba en el mundo, y el mundo no le conoció; vino a lo suyo, y los suyos no le recibieron. Juan no lo suaviza. Pero enseguida viene la otra mitad: a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hijos de Dios. Potestad quiere decir derecho. Y ese derecho no nace «de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios», es decir, no depende de la familia en que nacimos ni de lo que alguien decida, sino de Dios.
Y llega la frase central: «Y aquel Verbo fué hecho carne, y habitó entre nosotros», y estaba lleno de gracia y de verdad. La Palabra que estaba con Dios se hizo alguien a quien se podía ver y oír. De su abundancia dice Juan: «de su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia». Plenitud es lo que rebosa. No se toma una vez, sino una y otra, como quien saca agua de una fuente y siempre hay más.
También hay un contraste con Juan, el que bautizaba. Desde Jerusalén le envían sacerdotes y levitas a preguntarle quién es. Él confiesa que no es el Cristo. Se llama a sí mismo la voz del que clama en el desierto, y ni siquiera se cree digno de desatar la correa del zapato del que viene después. Y añade algo que hace pensar: «en medio de vosotros ha estado á quien vosotros no conocéis».
Hoy también hay días en que lo bueno pasa cerca y no lo vemos: un perdón que nos dieron, una mano tendida, una mañana que no ganamos. Todo eso viene de una plenitud que no se acaba y que nadie tuvo que comprar. Hoy, cuando algo bueno te llegue, por pequeño que sea, detente un momento y di en voz baja: «gracia por gracia».
Para vivirlo hoy
Escribe en un papel algo que sigues intentando ganarte, sea el cariño de alguien, un lugar o la aprobación de Dios. Dobla el papel y guárdalo dentro de tu Biblia, abierta en Juan 1. Con ese gesto lo sueltas: hoy lo recibes de una plenitud, no de tu esfuerzo.
Para meditar
- ¿Qué cosa buena de mi vida he recibido sin ganarla y todavía no he agradecido?
- ¿Qué me dice de Jesús que siendo la Palabra de Dios haya venido a vivir entre nosotros?
- ¿En qué puedo parecerme a Juan, que señala a otro y no se pone al centro?
Oración
Jesús, Palabra que estabas con Dios desde el principio, gracias porque todo fue hecho por ti y, aun así, viniste a vivir entre nosotros. Gracias porque a quienes te reciben les das el derecho de ser hijos de Dios, y no por mérito propio. Perdona las veces que paso a tu lado sin reconocerte. Llena mis manos de tu gracia y enséñame, como Juan, a señalarte a ti. Que hoy reciba de tu plenitud lo que necesito y lo comparta con gozo. Amén.