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Dios y las naciones

Todas las lenguas verán su gloria

Lectura · Isaías 66:16-24

16Porque Jehová juzgará con fuego y con su espada á toda carne: y los muertos de Jehová serán multiplicados.

17Los que se santifican y los que se purifican en los huertos, unos tras otros, los que comen carne de puerco, y abominación, y ratón; juntamente serán talados, dice Jehová.

18Porque yo entiendo sus obras y sus pensamientos: tiempo vendrá para juntar todas las gentes y lenguas; y vendrán, y verán mi gloria.

19Y pondré entre ellos señal, y enviaré de los escapados de ellos á las gentes, á Tarsis, á Pul y Lud, que disparan arco, á Tubal y á Javán, á las islas apartadas que no oyeron de mí, ni vieron mi gloria; y publicarán mi gloria entre las gentes.

20Y traerán á todos vuestros hermanos de entre todas las naciones, por presente á Jehová, en caballos, en carros, en literas, y en mulos, y en camellos, á mi santo monte de Jerusalem, dice Jehová, al modo que los hijos de Israel traen el presente en vasos limpios á la casa de Jehová.

21Y tomaré también de ellos para sacerdotes y Levitas, dice Jehová.

22Porque como los cielos nuevos y la nueva tierra, que yo hago, permanecen delante de mí, dice Jehová, así permanecerá vuestra simiente y vuestro nombre.

23Y será que de mes en mes, y de sábado en sábado, vendrá toda carne á adorar delante de mí, dijo Jehová.

24Y saldrán, y verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí: porque su gusano nunca morirá, ni su fuego se apagará; y serán abominables á toda carne.

Isaías 66:16-24

«Tiempo vendrá para juntar todas las gentes y lenguas; y vendrán, y verán mi gloria». Esta frase está en el centro de un pasaje que empieza con fuego y espada y termina con cadáveres. Antes y después hay juicio; en medio, Dios reúne a pueblos enteros para que vean su gloria. Gentes quiere decir aquí pueblos, naciones. Las tres partes hablan del mismo Dios y conviene mirarlas juntas.

El comienzo es duro y no conviene suavizarlo: «Jehová juzgará con fuego y con su espada á toda carne», es decir, a toda la humanidad. Después nombra a quienes se santifican y se purifican en los huertos y comen carne de cerdo y otras cosas que la ley de Israel llamaba abominación. Una manera de leerlo: ritos de otros dioses, a escondidas. El texto solo dice que serán talados, cortados como un árbol, y que Dios entiende sus obras y sus pensamientos: no juzga a ciegas.

Luego el pasaje se abre. Dios pondrá una señal entre ellos y enviará a algunos de los que escaparon a tierras lejanas: Tarsis, Pul, Lud, Tubal, Javán y las islas apartadas. Estas últimas, dice el texto, no oyeron de él ni vieron su gloria. Los enviados tienen una tarea clara: «publicarán mi gloria entre las gentes». Lo que Dios muestra de sí no se guarda para quien ya lo conoce.

Y ocurre algo todavía más grande: traerán a «todos vuestros hermanos de entre todas las naciones» como ofrenda para Jehová, a su monte santo de Jerusalén, en caballos, carros, literas, mulos y camellos. Las literas eran camillas o asientos llevados por animales. Muchos leen esos hermanos como israelitas dispersos que vuelven; otros, como incluyendo también a gente de las naciones. Y añade: «tomaré también de ellos para sacerdotes y Levitas». Si «ellos» incluye a gente de las naciones, sería algo enorme; el texto no lo aclara.

El pasaje mira también hacia adelante: los cielos nuevos y la nueva tierra que Dios hace permanecen delante de él, y así permanecerá el nombre de su pueblo. El versículo 23 dice que toda carne vendrá a adorar de mes en mes y de sábado en sábado; aquí toda carne quiere decir gente de todos los pueblos que responde a la invitación. Pero el pasaje termina volviendo a los que se rebelaron: «su gusano nunca morirá, ni su fuego se apagará». Es una imagen durísima. El texto no la explica; deja ver que para Dios el mal es cosa seria, y que su invitación sigue abierta.

Hoy esa reunión de pueblos no está lejos. En tu trabajo, en el consultorio o en el bus viaja gente que habla otro idioma o que creció lejos de Dios. Este pasaje dice que a él le importan y que su gloria quiere llegar hasta ellos. Solo Dios entiende las obras y los pensamientos de cada uno; a nosotros nos toca invitar y acoger. Al mirar a Jesús, quien cree ve la gloria de Dios a la altura de los ojos, y la invitación que sale de él no deja fuera a ninguna lengua.

Para vivirlo hoy

Hoy, saluda a una persona que hable otro idioma o que venga de otro lugar, en el trabajo, en el bus o en la cuadra, y pregúntale cómo se llama. Escucha bien su nombre, repítelo para no olvidarlo y guárdalo para presentárselo a Dios en una oración corta cuando puedas. Basta con ser quien acoge primero.

Para meditar

  • El pasaje empieza y termina con juicio, pero en el centro reúne a todos los pueblos. ¿Cómo cambia eso tu manera de leer lo duro?
  • ¿Quién en tu entorno habla otro idioma o viene de otro lugar, y cómo podrías hacerle saber que es bienvenido?
  • Dios entiende las obras y los pensamientos de cada persona. ¿Qué cambia en ti al saber que juzgar no te corresponde?

Oración

¡Qué grande eres, Dios de todas las lenguas, que no dejas a ninguna nación fuera de tu gloria! Gracias porque entiendes las obras y los pensamientos de cada persona, y yo no. Ante tu justicia me callo, y ante tu invitación me abro. Dame ojos para mirar con respeto a quienes viven lejos de ti, y voz para decir tu nombre a quien nunca lo ha oído. Que tu gloria, vista en Jesús, llegue a mi barrio, a mi trabajo y a mi casa. Amén.

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