Fe y confianza
Dios toca la boca de Jeremías, que dice que no sabe hablar
Lectura · Jeremías 1:1-18
1LAS palabras de Jeremías hijo de Hilcías, de los sacerdotes que estuvieron en Anathoth, en tierra de Benjamín.
2La palabra de Jehová que fué á él en los días de Josías hijo de Amón, rey de Judá, en el año décimotercio de su reinado.
3Fué asimismo en días de Joacim hijo de Josías, rey de Judá, hasta el fin del año undécimo de Sedechîas hijo de Josías, rey de Judá, hasta la cautividad de Jerusalem en el mes quinto.
4Fué pues palabra de Jehová á mí, diciendo:
5Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que salieses de la matriz te santifiqué, te dí por profeta á las gentes.
6Y yo dije: ¡Ah! ¡ah! ¡Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño.
7Y díjome Jehová: No digas, soy niño; porque á todo lo que te enviaré irás tú, y dirás todo lo que te mandaré.
8No temas delante de ellos, porque contigo soy para librarte, dice Jehová.
9Y extendió Jehová su mano, y tocó sobre mi boca; y díjome Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca.
10Mira que te he puesto en este día sobre gentes y sobre reinos, para arrancar y para destruir, y para arruinar y para derribar, y para edificar y para plantar.
11Y la palabra de Jehová fué á mí, diciendo: ¿Qué ves tú, Jeremías? Y dije: Yo veo una vara de almendro.
12Y díjome Jehová: Bien has visto; porque yo apresuro mi palabra para ponerla por obra.
13Y fué á mí palabra de Jehová segunda vez, diciendo: ¿Qué ves tú? Y dije: Yo veo una olla que hierve; y su haz está de la parte del aquilón.
14Y díjome Jehová: Del aquilón se soltará el mal sobre todos los moradores de la tierra.
15Porque he aquí que yo convoco todas las familias de los reinos del aquilón, dice Jehová; y vendrán, y pondrá cada uno su asiento á la entrada de las puertas de Jerusalem, y junto á todos sus muros en derredor, y en todas las ciudades de Judá.
16Y á causa de toda su malicia, proferiré mis juicios contra los que me dejaron, é incensaron á dioses extraños, y á hechuras de sus manos se encorvaron.
17Tú pues, ciñe tus lomos, y te levantarás, y les hablarás todo lo que te mandaré: no temas delante de ellos, porque no te haga yo quebrantar delante de ellos.
18Porque he aquí que yo te he puesto en este día como ciudad fortalecida, y como columna de hierro, y como muro de bronce sobre toda la tierra, á los reyes de Judá, á sus príncipes, á sus sacerdotes, y al pueblo de la tierra.
Un muchacho de Anathoth oye la palabra de Jehová y contesta señalándose a sí mismo: «¡Ah! ¡ah! ¡Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño». Después de escuchar esa objeción, Dios hace algo que las palabras solas no harían: «extendió Jehová su mano, y tocó sobre mi boca». La mano llega justo al lugar del que Jeremías acababa de hablar.
El libro abre con la ficha del profeta: hijo de Hilcías, en tierra de Benjamín. Pero lo primero que Dios le dice habla de origen y de llamado: lo conoce y lo aparta desde antes de nacer, y de ahí viene el encargo. «Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que salieses de la matriz te santifiqué, te dí por profeta á las gentes». Santificar quiere decir apartar para un propósito, y las gentes son las naciones.
Jeremías dijo que era niño, y Dios no le discute la edad. Le cambia el punto de apoyo: irá a todo lo que Dios le envíe y dirá todo lo que Dios le mande. Y frente a aquellos ante quienes hablará, la respuesta es una presencia: «contigo soy para librarte, dice Jehová», que hoy diríamos: estoy contigo para librarte. Además, Dios le dice que ha puesto sus palabras en su boca: eso fue propio de Jeremías, llamado a hablar de parte de Dios.
Dios lo pone sobre naciones y reinos, para arrancar y derribar, y también para edificar y plantar. Vienen dos visiones. Una vara de almendro, y Dios explica: «yo apresuro mi palabra para ponerla por obra». Una olla que hierve, con el mal que se suelta desde el norte, y un juicio del que Dios dice el motivo: «me dejaron, é incensaron á dioses extraños, y á hechuras de sus manos se encorvaron». Quemaron incienso a otros dioses y se inclinaron ante lo que sus manos habían hecho. Dios no juzga en silencio: dice por qué.
Al final del capítulo, Dios le pide a Jeremías que se prepare y se levante a hablar. Le anuncia que será como una ciudad fortalecida y un muro de bronce. La escena se parece a más de una nuestra: llevo poco tiempo en esto, no tengo estudios para esto, no sé hablar en público. Puede ser dirigir una reunión o decirle algo difícil a un familiar. Jeremías no oyó que fuera más capaz de lo que pensaba; oyó que Dios iba con él. Dios acompaña a quien envía.
Ese «contigo soy» tiene en Jesús un rostro: en él, Dios se hace Emanuel, Dios con nosotros, y no nos deja a solas con la tarea que nos toque. Si alguna vez el nudo está en la boca, puedes contárselo a Dios, como lo hizo Jeremías, y pedirle sabiduría para hablar. ¿Qué temor o duda tuya necesita escuchar hoy esas dos palabras?
Para vivirlo hoy
Escoge una tarea que sientas que Dios te pone por delante y que hoy te parezca demasiado grande, y anótala en un papel que veas a menudo. Durante los próximos días, cada vez que lo mires, dile a Dios en voz baja, con tus palabras: tú vas conmigo en esto. Después da un paso pequeño: una llamada, una palabra de ánimo, una primera línea escrita.
Para meditar
- ¿Cuál es tu propio «soy niño», esa razón que te sale primero cuando sientes que Dios te pide algo?
- ¿Qué cambia en una tarea difícil cuando recuerdas que Dios va contigo y que puedes pedirle sabiduría para hablar?
- ¿Qué te muestra de Dios que avise, y explique el porqué, antes de actuar?
Oración
Gracias, Dios mío, porque le extendiste la mano a Jeremías y le tocaste la boca cuando dijo que no sabía hablar. Gracias porque lo conocías antes de que naciera y porque tu llamado no dependía de lo bien que hablara. Te presento las tareas que me parecen más grandes que yo: las conversaciones que evito, las decisiones que aplazo. Dame sabiduría para hablar donde me faltan las palabras, y valor para dar el primer paso. Amén.