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Obediencia

Sígueme tú: cada uno tiene su propio camino

Lectura · Juan 21:19-25

19Y esto dijo, dando á entender con qué muerte había de glorificar á Dios. Y dicho esto, dícele: Sígueme.

20Volviéndose Pedro, ve á aquel discípulo al cual amaba Jesús, que seguía, el que también se había recostado á su pecho en la cena, y le había dicho: Señor, ¿quién es el que te ha de entregar?

21Así que Pedro vió á éste, dice á Jesús: Señor, ¿y éste, qué?

22Dícele Jesús: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué á tí? Sígueme tú.

23Salió entonces este dicho entre los hermanos, que aquel discípulo no había de morir. Mas Jesús no le dijo, No morirá; sino: Si quiero que él quede hasta que yo venga ¿qué á ti?

24Este es aquel discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas: y sabemos que su testimonio es verdadero.

25Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, que si se escribiesen cada una por sí, ni aun en el mundo pienso que cabrían los libros que se habrían de escribir. Amén.

Juan 21:19-25

Un compañero de trabajo compra casa. Una amiga sube fotos de un viaje. Alguien que empezó al mismo tiempo que tú ya tiene resuelto lo que a ti todavía te cuesta. No hay mala intención en mirarlo; simplemente pasa. Y sin darte cuenta empiezas a hacer cuentas: a ella le va mejor, a él le fue más fácil. Esa escena tan de hoy se parece mucho a lo que vive Pedro al final de este relato.

Jesús acaba de hablar de un camino que termina en una muerte con la que Pedro glorificará a Dios. Es una frase seria, y el pasaje no la adorna. Luego le dice: «Sígueme». Pedro se vuelve y ve que los sigue el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se recostó junto a su pecho y le preguntó quién lo iba a entregar. Entonces Pedro dice: «Señor, ¿y éste, qué?»

Jesús no le responde con un informe sobre el otro. Le devuelve el «¿qué á tí?» y repite la palabra con que empezó: sígueme. La escena se abre y se cierra con ella. El camino del otro queda en manos de Jesús, y a Pedro le toca mirar hacia donde va él. Eso muestra algo de Jesús: no reparte vidas con un molde, sino que conoce el camino de cada uno. Sin sermón largo, con una invitación.

El relato añade algo curioso. Salió entre los hermanos un dicho: que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no dijo «No morirá»; dijo lo que ya vimos, con su condición y su pregunta. Bastó una frase de Jesús, pasada de boca en boca, para armar una noticia que él no había dado. Quien escribe esto se detiene y la corrige repitiendo las palabras exactas. Cuánto cuesta volver a lo que de verdad se dijo, y cuánto ordena.

La firma llega al final: este es el discípulo que da testimonio y escribió estas cosas, y «sabemos que su testimonio es verdadero». Después el último versículo se abre a algo inmenso: hay muchas otras cosas que hizo Jesús, tantas que ni el mundo entero, piensa quien escribe, tendría lugar para «los libros que se habrían de escribir». Quien lo sigue no va detrás de una idea que cabe en un libro, sino detrás de Jesús mismo, más grande que todo lo que se pudo poner por escrito.

Por eso, cuando hoy te descubras midiendo tu camino con el de otra persona, no hace falta avergonzarse: la pregunta de Pedro es muy humana. Pero fíjate en dónde te responde Jesús: en medio de la comparación, sin humillarte. Tu camino tiene sus propios tramos, su propio peso y su propia compañía. Y él, que conoce el de cada uno, te dice: «Sígueme tú».

Para vivirlo hoy

Elige hoy a una persona con quien sueles compararte. La próxima vez que su nombre o su vida te vengan a la mente, no hagas cuentas: suelta esa comparación y dale gracias a Dios por una cosa buena que hay en la vida de esa persona. Esa es tu decisión pequeña del día, y puedes repetirla mañana.

Para meditar

  • ¿Con quién suelo compararme, y qué me quita esa comparación en el día a día?
  • ¿Qué frase de Jesús oigo a medias, o repito como la oí, en lugar de volver a lo que él dijo?
  • ¿Qué parte de mi camino, que otros no ven, puedo agradecer hoy a Dios?

Oración

Gracias, Jesús, porque no me hablas con un molde. A Pedro le hablaste de su camino, y del de otro dijiste que era asunto tuyo. Gracias porque tu palabra, tal como la dijiste, se conserva y nos ordena cuando el rumor confunde. Gracias porque eres más grande que todos los libros que caben en el mundo. Suelta en mí la costumbre de mirar de reojo. Enséñame a oír tu voz en medio de mis cuentas y a caminar hoy detrás de ti. Amén.

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