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Amor

El amor del Padre puesto dentro de nosotros

Lectura · Juan 17:23-26

23Yo en ellos, y tú en mí, para que sean consumadamente una cosa; que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado, como también á mí me has amado.

24Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo; para que vean mi gloria que me has dado: por cuanto me has amado desde antes de la constitución del mundo.

25Padre justo, el mundo no te ha conocido, mas yo te he conocido; y éstos han conocido que tú me enviaste;

26Y yo les he manifestado tu nombre, y manifestarélo aún; para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos.

Juan 17:23-26

¿Qué pide Jesús cuando ora por los que creen en él? Uno esperaría protección, éxito, caminos sin piedras. Nada de eso aparece en estos cuatro versículos. Lo que pide es más íntimo: que los suyos estén unidos, que estén con él, que conozcan al Padre y que el amor con que el Padre lo ama viva dentro de ellos. Al leerla descubrimos que también nosotros estamos en esa oración: Jesús ora por quienes creerían gracias a la palabra de sus discípulos.

Empieza con una frase corta que pide tiempo para entenderse: «Yo en ellos, y tú en mí». Jesús no habla de un grupo de gente parecida, sino de una unión tan honda que su modelo es la que hay entre el Padre y el Hijo, completa, para que el mundo conozca que el Padre lo envió. Y añade algo que detiene la lectura: el Padre ha amado a los suyos «como también á mí me has amado». El mismo amor, no una versión reducida.

Luego Jesús dice: «quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo». No es el tono tímido de quien pide un favor; es la voz de quien entregó su vida por ellos y habla con derecho ante el Padre. Desea que sus amigos vean su gloria; no quiere estar solo en ella. Nuestra esperanza no descansa en lo bien que lo hagamos, sino en lo que Jesús quiere, sostenido por una razón anterior a cualquier fracaso nuestro: el Padre lo amó desde antes de que el mundo existiera.

Después Jesús mira el contraste. Llama justo al Padre y dice que el mundo no lo ha conocido, pero él sí lo conoce. En medio están sus discípulos, gente sencilla y a veces desconcertada, que no conocía al Padre como lo conoce el Hijo, pero había llegado a lo esencial: «éstos han conocido que tú me enviaste». No lo sabían todo; sabían quién era Jesús, y en él ya estaban conociendo al Padre. Para acercarte a Dios no necesitas dominar cada tema, sino conocer a Jesús, el enviado.

El último versículo mira hacia adelante: «Y yo les he manifestado tu nombre, y manifestarélo aún.» Jesús ya ha dado a conocer quién es el Padre, y no ha terminado. ¿Para qué? «Para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos.» La meta no es solo saber cosas de Dios; es que su amor no se quede fuera, mirándonos desde lejos, sino que viva dentro, como una fuerza que nos inclina hacia él, y que lo sepamos con la calma de quien se siente querido.

Todo esto toca los días comunes. Hay semanas en que uno se siente solo, cansado de intentar ser mejor, y familias o iglesias donde la unión se rompe por cosas pequeñas. Esta oración no pide fingir: la unidad de los creyentes no es uniformidad ni estructura, sino una vida que viene de arriba, Jesús en nosotros y el Padre amándonos a todos. Y cuando dudes de si eres querido, vuelve aquí: alguien pidió que ese amor habitara en ti.

Para vivirlo hoy

Elige esta semana a una persona de tu iglesia, tu familia o tu trabajo con quien la relación esté tensa o fría. Ora por ella con las palabras de Jesús: que estén unidos, que el amor del Padre esté en ustedes. Y da un paso pequeño y concreto: un mensaje, una llamada, un café. Al acostarte, repite en voz baja que el Padre te ama como ama a su Hijo.

Para meditar

  • ¿Qué cambia en mi día si creo que el Padre me ama como ama a Jesús?
  • ¿Con quién me cuesta estar unido, y qué pediría Jesús para esa relación?
  • ¿Intento conocer a Dios a fuerza de esfuerzo, o mirando a Jesús, que lo dio a conocer?

Oración

Padre justo, gracias porque Jesús oró por los que creeríamos, y porque en esa oración estoy yo. Gracias porque tu amor por el Hijo es el mismo que tienes por mí. Guárdanos unidos en casa y en la iglesia, no por parecernos, sino por la vida de Jesús en cada uno. Que tu amor no se quede fuera de mi corazón. Sigue mostrándome tu nombre, hoy y mañana, y llévame un día adonde él está, para ver su gloria. Amén.

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