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La iglesia

Saludos para todos, hasta la casa de César

Lectura · Filipenses 4:21-23

21Saludad á todos los santos en Cristo Jesús. Los hermanos que están conmigo os saludan.

22Todos los santos os saludan, y mayormente los que son de casa de César.

23La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén.

Filipenses 4:21-23

La palabra que más se repite en estas últimas líneas de la carta es «todos». Aparece en tres versículos seguidos: «Saludad á todos los santos en Cristo Jesús», «Todos los santos os saludan» y «La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros». Pablo no dice algunos, ni los más cercanos, ni los que tienen un cargo. Dice todos. En esta despedida nadie queda fuera de la lista, y eso ya enseña algo sobre lo que es la iglesia: una casa donde cada persona cuenta.

Pablo se despide. Pide que se salude a todos los santos, que quiere decir a quienes pertenecen a Dios y viven en Cristo Jesús. Después manda los saludos de vuelta: los de los hermanos que están con él y los de todos los santos, «y mayormente los que son de casa de César». La palabra mayormente quiere decir sobre todo. La casa de César era el entorno del gobernante del imperio, y el texto cuenta que también allí había creyentes, y que su saludo se destaca entre los demás.

Lo que esto muestra de Dios es amplio y sencillo. Su gracia no se queda en el grupo de amigos de Pablo ni en la iglesia que recibe la carta: cruza la distancia entre quien escribe y quien lee, y llega hasta la casa del gobernante. Nada en el texto sugiere que la gracia dependa de la cercanía o del rango. Y las últimas palabras de la carta no son una instrucción ni un reclamo, sino un deseo de bien: que la gracia de Jesucristo esté con cada uno.

Esto toca algo muy pequeño de nuestros días: cómo nos despedimos. Terminamos una reunión, una llamada o un culto, y casi siempre saludamos a los de siempre. En una iglesia, en una familia o en un lugar de trabajo hay personas que quedan al borde de los saludos, sin que nadie lo quiera. Estas líneas invitan a que nadie se vaya de nuestro lado sin una palabra buena. Un saludo dicho con el nombre y con calidez puede significar mucho para quien casi nunca lo recibe.

Y ninguna de estas personas entra en la lista por ser simpática o importante. Los saludados son santos en Cristo Jesús: su lugar está en Él, no en sus méritos, y por eso la carta puede cerrar deseando gracia sin dejar a nadie afuera. Al final de todos los saludos, de los que vienen de cerca y de los que vienen de lejos, lo que Pablo deja en las manos de cada uno es la gracia de nuestro Señor Jesucristo, y con ella termina.

Para vivirlo hoy

La próxima vez que te despidas de alguien, no lo hagas con prisa: dile por su nombre una palabra buena, un deseo sincero de bien o de que la gracia de Cristo vaya con esa persona. Practica esto en los próximos días, cara a cara, por mensaje o al final de una llamada, y empieza por alguien a quien casi nunca saludas de esa manera.

Para meditar

  • ¿Quién, en tu iglesia o en tu entorno, se alegraría hoy de recibir un saludo tuyo dicho por su nombre?
  • ¿Qué lugares o ambientes de tu vida te cuesta imaginar alcanzados por la gracia de Cristo?
  • ¿Cómo cambiarían tus despedidas si tuvieras presente que la gracia de Jesucristo es para todos?

Oración

¡Qué grande es tu gracia, que llega a todos: a los santos de cada lugar y hasta a la casa de César! Gracias por Jesucristo, en quien tenemos un lugar sin haberlo ganado. Gracias por los hermanos que nos saludan y nos recuerdan que no caminamos sin compañía. Enséñanos a despedirnos de las personas con palabras que las bendigan, y a incluir a quienes suelen quedar al borde. Que tu gracia esté hoy con nuestra familia, con nuestra iglesia y con todos los que se cruzan en nuestro camino. Amén.

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