Jesús, el Salvador
Perderlo todo por conocer a Cristo y ser alcanzados por él
Lectura · Filipenses 3:1-20
1RESTA, hermanos, que os gocéis en el Señor. A mí, á la verdad, no es molesto el escribiros las mismas cosas, y para vosotros es seguro.
2Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos del cortamiento.
3Porque nosotros somos la circuncisión, los que servimos en espíritu á Dios, y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne.
4Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno parece que tiene de qué confiar en la carne, yo más:
5Circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, Hebreo de Hebreos; cuanto á la ley, Fariseo;
6Cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; cuanto á la justicia que es en la ley, irreprensible.
7Pero las cosas que para mí eran ganancias, helas reputado pérdidas por amor de Cristo.
8Y ciertamente, aun reputo todas las cosas pérdida por el eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y téngolo por estiércol, para ganar á Cristo,
9Y ser hallado en él, no teniendo mi justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe;
10A fin de conocerle, y la virtud de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, en conformidad á su muerte,
11Si en alguna manera llegase á la resurrección de los muertos.
12No que ya haya alcanzado, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si alcanzo aquello para lo cual fuí también alcanzado de Cristo Jesús.
13Hermanos, yo mismo no hago cuenta de haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome á lo que está delante,
14Prosigo al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús.
15Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos: y si otra cosa sentís, esto también os revelará Dios.
16Empero en aquello á que hemos llegado, vamos por la misma regla, sintamos una misma cosa.
17Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad los que así anduvieren como nos tenéis por ejemplo.
18Porque muchos andan, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo:
19Cuyo fin será perdición, cuyo dios es el vientre, y su gloria es en confusión; que sienten lo terreno.
20Mas nuestra vivienda es en los cielos; de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;
Este pasaje muestra a un Dios que entrega su propia justicia a quien no tiene la suya. El texto la llama «la justicia que es de Dios por la fe», y dice que no se gana: se recibe. Quien escribe tenía buenos motivos para presumir de lo que había hecho, y aun así descubre que nada de eso alcanza para presentarse ante Dios. Lo que alcanza viene de otro lado, y se recibe con las manos vacías.
Todo empieza con una invitación a gozarse en el Señor. Pronto llegan advertencias duras contra quienes confían en marcas externas, con palabras ásperas que no están para despreciar a nadie. Luego él mismo abre su currículum: hebreo de hebreos, fariseo, tan celoso que llegó a perseguir a la iglesia, sin falta ante la ley. Si alguien podía confiar en sí mismo, era él. Y sin embargo lo que contaba como ganancia lo pone como pérdida, por amor de Cristo.
No se queda ahí. Todo lo considera pérdida por «el eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor», que hoy diríamos el valor incomparable de conocerlo. Para lo demás usa una palabra fuerte a propósito: estiércol. Quiere ser hallado en Cristo, conocer «la virtud de su resurrección», o sea, su poder, compartir sus padecimientos y llegar a la resurrección de los muertos. Es un conocer que transforma, no un dato aprendido.
Aun así no se presenta como alguien que llegó. «No que ya haya alcanzado, ni que ya sea perfecto», dice, sino que prosigue, y la razón es reveladora: prosigue porque fue «alcanzado de Cristo Jesús» primero. La iniciativa no salió de él; Cristo lo tomó, y por eso puede correr. Olvida lo que queda atrás y se extiende hacia la meta. Así obra Dios: primero toma él, y después corremos.
Hoy también llevamos el currículum en el bolsillo: el título, los ahorros, el apellido, la reputación en el trabajo o en la iglesia. Nada de eso es malo, pero puede volverse el lugar donde apoyamos el alma. El pasaje habla además de enemigos de la cruz, con un final de perdición y el vientre por dios, es decir, el apetito por encima de todo, y lo dice llorando. La advertencia no nace del desprecio, sino del dolor por ellos.
Y al final todo se levanta hacia un lugar: «nuestra vivienda es en los cielos», hoy diríamos que allí está nuestro verdadero hogar, y de allí esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo. Caminamos hacia alguien que ya viene. Es como cruzar una calle llena de gente de la mano de quien conoce el camino: no te sostienes por apretar fuerte, sino porque otra mano te tiene firme.
Para vivirlo hoy
Elige hoy una sola frase de este pasaje: «fuí también alcanzado de Cristo Jesús». Léela despacio tres veces, en voz baja, y después quédate un minuto en silencio, sin pedir nada ni corregir lo que sientas. Al terminar, da gracias a Dios porque fue Cristo quien te tomó primero. Basta con esos pocos minutos.
Para meditar
- ¿Qué logro o reconocimiento te da hoy más seguridad, y qué cambiaría si esa seguridad descansara en Cristo?
- ¿Cómo te libera saber que Cristo te alcanzó primero, antes de que tú lo buscaras?
- ¿Qué parte de tu pasado necesitas dejar atrás para extenderte hacia lo que Dios tiene por delante?
Oración
«A fin de conocerle»: eso te pido hoy, Jesús, más que cualquier logro o título que pueda mostrar. Gracias porque tu justicia llega por la fe y no por mis méritos, y porque fuiste tú quien me tomó primero. Enséñame a soltar lo que me da seguridad sin ti y a seguir adelante, sin mirar atrás con culpa ni con orgullo. Y mientras camino, hazme esperar con alegría al Salvador que viene desde el cielo, donde está nuestro verdadero hogar. Amén.