Sabiduría
Salomón pide saber cómo salir y entrar cada día
Lectura · 2 Crónicas 1:1-16
1Y SALOMÓN hijo de David fué afirmado en su reino; y Jehová su Dios fué con él, y le engrandeció sobremanera.
2Y llamó Salomón á todo Israel, tribunos, centuriones, y jueces, y á todos los príncipes de todo Israel, cabezas de familias.
3Y fué Salomón, y con él toda esta junta, al alto que había en Gabaón; porque allí estaba el tabernáculo del testimonio de Dios, que Moisés siervo de Jehová había hecho en el desierto.
4Mas David había traído el arca de Dios de Chîriath-jearim al lugar que él le había preparado; porque él le había tendido una tienda en Jerusalem.
5Asimismo el altar de bronce que había hecho Bezaleel hijo de Uri hijo de Hur, estaba allí delante del tabernáculo de Jehová, al cual fué á consultar Salomón con aquella junta.
6Subió pues Salomón allá delante de Jehová, al altar de bronce que estaba en el tabernáculo del testimonio, y ofreció sobre él mil holocaustos.
7Y aquella noche apareció Dios á Salomón, y díjole: Demanda lo que quisieres que yo te dé.
8Y Salomón dijo á Dios: Tú has hecho con David mi padre grande misericordia, y á mí me has puesto por rey en lugar suyo.
9Confírmese pues ahora, oh Jehová Dios, tu palabra dada á David mi padre; porque tú me has puesto por rey sobre un pueblo en muchedumbre como el polvo de la tierra.
10Dame ahora sabiduría y ciencia, para salir y entrar delante de este pueblo: porque ¿quién podrá juzgar este tu pueblo tan grande?
11Y dijo Dios á Salomón: Por cuanto esto fué en tu corazón, que no pediste riquezas, hacienda, ó gloria, ni el alma de los que te quieren mal, ni pediste muchos días, sino que has pedido para ti sabiduría y ciencia para juzgar mi pueblo, sobre el cual te he puesto por rey,
12Sabiduría y ciencia te es dada; y también te daré riquezas, hacienda, y gloria, cual nunca hubo en los reyes que han sido antes de ti, ni después de ti habrá tal.
13Y volvió Salomón á Jerusalem del alto que estaba en Gabaón, de ante el tabernáculo del testimonio; y reinó sobre Israel.
14Y juntó Salomón carros y gente de á caballo; y tuvo mil y cuatrocientos carros, y doce mil jinetes, los cuales puso en las ciudades de los carros, y con el rey en Jerusalem.
15Y puso el rey plata y oro en Jerusalem como piedras, y cedro como cabrahigos que nacen en los campos en abundancia.
16Y sacaban caballos y lienzos finos de Egipto para Salomón; pues por contrato tomaban allí los mercaderes del rey caballos y lienzos.
Salir y entrar: con esas dos palabras Salomón nombra su tarea cuando le pide a Dios sabiduría «para salir y entrar delante de este pueblo». La expresión suena rara hoy, pero por lo que sigue queda clara: es el trabajo de cada día de guiar y juzgar a un pueblo demasiado grande. No pide un talento para lucirse. Pide saber cómo caminar cada día delante de tanta gente que depende de sus decisiones.
Todo empieza con un rey afirmado en su reino, con Jehová a su lado. Salomón reúne a los jefes de Israel, jueces, capitanes y cabezas de familia, y sube con ellos a Gabaón, donde estaba el tabernáculo que Moisés hizo en el desierto. Allí, ante el altar de bronce, ofrece mil holocaustos, ofrendas de animales que se quemaban enteras. Y esa noche, dice el texto, «apareció Dios á Salomón».
Dios habla primero: «Demanda lo que quisieres que yo te dé». Demandar, en el castellano de entonces, es pedir. Antes de pedir nada, recuerda: «Tú has hecho con David mi padre grande misericordia». Luego dice que Dios lo puso por rey sobre un pueblo tan numeroso como el polvo de la tierra, y solo entonces pide: «Dame ahora sabiduría y ciencia», que hoy diríamos saber y conocimiento. Su petición nace de la tarea que Dios le dio, no de un deseo suyo.
La respuesta de Dios empieza mirando adentro: «Por cuanto esto fué en tu corazón». Enumera lo que no pidió: riquezas, bienes, gloria, ni el alma de los que le quieren mal, es decir, la vida de sus enemigos, ni una larga vida. Le da la sabiduría, y además le añade riquezas, bienes y gloria como no hubo en los reyes anteriores. Eso fue lo que Dios decidió para Salomón; no es una promesa para nosotros. Lo que sí es de todos es cómo es Dios: ve el corazón, y aquí dio más de lo que se le pidió.
Todos tenemos un salir y entrar propio: la mañana en la casa, el turno en el trabajo, la cuenta que no cuadra, una conversación difícil. No gobernamos un pueblo, pero hay gente que depende de cómo decidimos. Salomón enseña por dónde empezar: reconocer que la tarea nos queda grande y pedir sabiduría para ella, no para quedar bien sino para servir. El relato termina contando carros, jinetes y «plata y oro en Jerusalem como piedras». Lo que recibimos, poco o mucho, también se prueba en cómo lo usamos.
Salomón pidió sabiduría para un pueblo que no cabía en sus manos. Los cristianos creemos que Jesús, descendiente de David, habló de sí mismo como alguien mayor que Salomón. Por eso, cuando le pedimos a Dios sabiduría, no acudimos a un maestro más entre otros: en Cristo la sabiduría de Dios tiene rostro, y a él le hablamos.
Para vivirlo hoy
Hoy, antes de tu tarea o conversación más pesada, tómate cinco minutos. Escribe en un papel qué decisión o trato tienes por delante y pídele a Dios sabiduría para eso con las palabras de Salomón: «Dame ahora sabiduría y ciencia». Guarda el papel en el bolsillo hasta que termine el día, y míralo cuando dudes.
Para meditar
- ¿Cuál es la tarea de cada día que hoy me queda más grande que mis fuerzas, y qué sabiduría necesito para ella?
- ¿Qué pediría yo si Dios me dijera que le pida lo que quiera, y qué dice esa petición de lo que hay en mi corazón?
- ¿Quién depende de cómo decido en mi casa, en mi trabajo o en mi comunidad, y cómo puedo pedir sabiduría por esa persona?
Oración
Dios generoso, de noche te apareciste a Salomón y le dijiste que pidiera, y le diste más de lo que pidió. Yo también vengo con tareas que me quedan grandes: las decisiones de mi casa, de mi trabajo y de las personas que dependen de mí. Dame sabiduría para cada día, con sencillez y sin apuro. Mírame el corazón como miraste el suyo, y enséñame a pedir para servir y no solo para mi comodidad. Gracias por Jesús, tu sabiduría hecha persona, al que puedo acudir sin miedo. Amén.