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La iglesia

Piedras vivas que unos descartan y Dios elige

Lectura · 1 Pedro 2:1-18

1DEJANDO pues toda malicia, y todo engaño, y fingimientos, y envidias, y todas las detracciones,

2Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual, sin engaño, para que por ella crezcáis en salud:

3Si empero habéis gustado que el Señor es benigno;

4Al cual allegándoos, piedra viva, reprobada cierto de los hombres, empero elegida de Dios, preciosa,

5Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados una casa espiritual, y un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables á Dios por Jesucristo.

6Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sión la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en ella, no será confundido.

7Ella es pues honor á vosotros que creéis: mas para los desobedientes, la piedra que los edificadores reprobaron, ésta fué hecha la cabeza del ángulo;

8Y Piedra de tropiezo, y roca de escándalo á aquellos que tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; para lo cual fueron también ordenados.

9Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, gente santa, pueblo adquirido, para que anunciéis las virtudes de aquel que os ha llamado de las tinieblas á su luz admirable:

10Vosotros, que en el tiempo pasado no erais pueblo, mas ahora sois pueblo de Dios; que en el tiempo pasado no habíais alcanzado misericordia, mas ahora habéis alcanzado misericordia.

11Amados, yo os ruego como á extranjeros y peregrinos, os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma,

12Teniendo vuestra conversación honesta entre los Gentiles; para que, en lo que ellos murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen á Dios en el día de la visitación, estimándoos por las buenas obras.

13Sed pues sujetos á toda ordenación humana por respeto á Dios: ya sea al rey, como á superior;

14Ya á los gobernadores, como de él enviados para venganza de los malhechores, y para loor de los que hacen bien.

15Porque esta es la voluntad de Dios; que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres vanos:

16Como libres, y no como teniendo la libertad por cobertura de malicia, sino como siervos de Dios.

17Honrad á todos. Amad la fraternidad. Temed á Dios. Honrad al rey.

18Siervos, sed sujetos con todo temor á vuestros amos; no solamente á los buenos y humanos, sino también á los rigurosos.

1 Pedro 2:1-18

Es lunes y llevas dos semanas en un trabajo nuevo. A la hora del almuerzo las mesas ya tienen sus grupos, y comes rápido, con el teléfono en la mano, para no parecer que esperas una invitación. En la reunión propones una idea que nadie recoge; después otra persona dice lo mismo y todos asienten. Vuelves a casa con la sensación de estar de paso. Esa sensación de ser de afuera recorre esta carta de Pedro.

Pedro les habla como a «extranjeros y peregrinos». Les pide dejar lo que daña a los demás: la malicia, el engaño, las envidias, el hablar mal de otros. Y desear, «como niños recién nacidos, la leche espiritual», un hambre sencilla y sin trucos. Da por hecho que ya han probado que el Señor es bueno, y desde ahí los invita a acercarse a Cristo, al que llama «piedra viva».

Esa piedra recibió dos veredictos. Los hombres la descartaron; Dios la eligió y la tuvo por preciosa. Los constructores la dejaron de lado y aun así quedó como piedra principal de la esquina, la que sostiene el edificio. Quien cree en ella no quedará avergonzado. El pasaje añade algo serio: para quienes no obedecen la palabra, esa misma piedra es un tropiezo. No lo explica más; deja ver que Dios no quita a Cristo de la esquina porque muchos lo rechacen.

Y luego llega lo inesperado: «Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados una casa espiritual». Los descartados no quedan tirados como escombro; Dios los usa para levantar su casa. Los llama «linaje escogido, real sacerdocio, gente santa, pueblo adquirido», que hoy diríamos una familia elegida, un sacerdocio real, gente apartada para Dios, un pueblo que él hizo suyo. Antes «no erais pueblo, mas ahora sois pueblo de Dios». Pertenecer no fue un logro; lo recibieron como misericordia.

Ser pueblo de Dios no los saca de donde viven. Siguen entre personas que «murmuran de vosotros como de malhechores», o sea, que hablan mal de ellos. Pedro propone una respuesta callada: hacer el bien, respetar a las autoridades por respeto a Dios y usar la libertad sin convertirla en excusa para dañar. Y añade: «Honrad á todos». Al final habla a los siervos, personas esclavizadas, sujetas a veces a amos duros. Es una línea difícil de leer hoy: no promete que su situación cambie pronto, pero tampoco los deja fuera del pueblo de Dios.

Si hoy comes sin compañía, o tu idea pasó sin que nadie la notara, mira qué clase de casa es esta. No se sostiene en una mesa llena ni en los aplausos de una reunión: la levanta Dios, piedra sobre piedra. Su cimiento es Cristo, a quien los hombres descartaron, a quien Dios eligió y tuvo por precioso, y en quien nadie que crea quedará avergonzado.

Para vivirlo hoy

Al despertar, cada uno de los próximos días, antes de mirar el teléfono, lee despacio los versículos 9 y 10 y dile a Dios en una frase que perteneces a su pueblo. Nada más. Que sea lo primero que escuches sobre ti, antes de lo que digan los demás.

Para meditar

  • ¿En qué lugar de tu semana te sientes de afuera, y qué cambia si recuerdas que Dios te llama parte de su pueblo?
  • ¿Qué palabra o costumbre que daña a otros podrías dejar esta semana, como pide Pedro al comenzar?
  • ¿Quién a tu alrededor parece quedar siempre fuera de la mesa, y cómo podrías acercarte hoy?

Oración

La verdad es que le doy demasiado peso a lo que piensan de mí en la oficina y en la mesa del almuerzo, y muy poco a lo que tú dices de tu pueblo. Gracias, Jesús, por ser la piedra que unos descartaron y Dios eligió. Edifícame junto a otros creyentes, piedra con piedra, en una casa que es tuya. Enséñame a hacer el bien sin ruido, a honrar a todos y a recibir con gratitud la misericordia que me hizo parte de tu gente. Amén.

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