Jesús, el Salvador
El justo por los injustos, para llevarnos a Dios
Lectura · 1 Pedro 3:18-22
18Porque también Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos á Dios, siendo á la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu;
19En el cual también fué y predicó á los espíritus encarcelados;
20Los cuales en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, cuando se aparejaba el arca; en la cual pocas, es á saber, ocho personas fueron salvas por agua.
21A la figura de la cual el bautismo que ahora corresponde nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como demanda de una buena conciencia delante de Dios,) por la resurrección de Jesucristo:
22El cual está á la diestra de Dios, habiendo subido al cielo; estando á él sujetos los ángeles, y las potestades, y virtudes.
Dios se muestra en este pasaje como el que acerca. No espera a que los injustos se pongan en orden para dejarlos entrar: Cristo «padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos á Dios». Fíjate en esa frase. Él es el justo; nosotros somos los injustos, y el camino va en una sola dirección, de él hacia nosotros. Además, el texto dice «una vez»: no habla de repetirlo ni de completarlo. Lo que se hizo por los pecados se hizo entero.
Pedro añade que Cristo fue «muerto en la carne, pero vivificado en espíritu», que hoy diríamos hecho vivo de nuevo. Y enseguida entra en terreno difícil: dice que «fué y predicó á los espíritus encarcelados», los que en otro tiempo desobedecieron. Quiénes son, dónde estaban y cómo fue esa predicación se ha discutido mucho, y el texto no lo detalla. Lo que sí dice con claridad es cuándo ocurrió su desobediencia: en los días de Noé.
De ese tiempo el pasaje recuerda algo sobre Dios: «esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé». Mientras se preparaba el arca, Dios aguardó. Al final, ocho personas fueron salvas por agua, y los desobedientes no. Es un hecho duro y el texto no lo adorna. Muestra a un Dios que da tiempo y que también juzga, dos cosas que en él no se contradicen. En una sola frase, su paciencia y el rescate de esas ocho personas van juntos.
Después viene el bautismo, que Pedro pone como reflejo de esa imagen del arca y del agua. Aclara enseguida lo que no es: no es quitar la suciedad del cuerpo. Es una «demanda de una buena conciencia delante de Dios», una petición de conciencia limpia ante él. Y todo se apoya en algo que no depende de quien lo pide: «por la resurrección de Jesucristo». El peso no cae sobre el agua ni sobre nuestro esfuerzo, sino sobre Cristo resucitado.
El último versículo levanta la mirada: Jesucristo «está á la diestra de Dios, habiendo subido al cielo», y le están sujetos los ángeles y toda clase de poderes. A la diestra quiere decir a la derecha, el lugar de honor. Nadie ocupa un lugar por encima de él. Hoy, cuando la conciencia repite una escena que quisieras borrar, o cuando sientes que algo más grande que tú te aprieta, mira dónde está el que ya padeció por los pecados.
Vuelve a la primera frase: el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Es un movimiento hacia nosotros que no depende de que ordenemos antes la casa. Cristo resucitado y en lo alto sigue siendo el mismo que padeció. Quien carga con la culpa de ayer y con el peso de lo que viene puede mirar a quien ya cargó. ¿Qué le entregarías hoy?
Para vivirlo hoy
Esta noche, antes de dormir, escribe en un papel una culpa que sigues cargando. Léela despacio delante de Dios, agradécele que Cristo padeció una vez por los pecados y luego rompe el papel. Deja ese peso por hoy, con la certeza de que no te toca volver a cargarlo cada noche.
Para meditar
- ¿Qué cambia en tu día saber que Cristo padeció una sola vez por los pecados?
- ¿Qué te dice de Dios que esperara con paciencia en los días de Noé?
- ¿Cómo te acompaña hoy saber que Jesucristo está a la diestra de Dios, con todo poder sujeto a él?
Oración
Jesús, tú eres el justo que padeció por los injustos para llevarnos a Dios, y hoy te doy gracias por esa cercanía. Tu entrega fue una sola vez y alcanza. Perdona lo que aún me pesa en la conciencia y límpiala con la seguridad de tu resurrección. Te miro a la diestra de Dios, con todo poder sujeto a ti, y descanso en eso. Ayúdame a vivir sabiendo que me llevaste hasta el Padre. Amén.