Creación y providencia
Paz a unos hermanos que llegaron con miedo
Lectura · Génesis 43:18-33
18Y aquellos hombres tuvieron temor, cuando fueron metidos en casa de José, y decían: Por el dinero que fué vuelto en nuestros costales la primera vez nos han metido aquí, para revolver contra nosotros, y dar sobre nosotros, y tomarnos por siervos á nosotros, y á nuestros asnos.
19Y llegáronse al mayordomo de la casa de José, y le hablaron á la entrada de la casa.
20Y dijeron: Ay, señor mío, nosotros en realidad de verdad descendimos al principio á comprar alimentos:
21Y aconteció que como vinimos al mesón y abrimos nuestros costales, he aquí el dinero de cada uno estaba en la boca de su costal, nuestro dinero en su justo peso; y hémoslo vuelto en nuestras manos.
22Hemos también traído en nuestras manos otro dinero para comprar alimentos: nosotros no sabemos quién haya puesto nuestro dinero en nuestros costales.
23Y él respondió: Paz á vosotros, no temáis; vuestro Dios y el Dios de vuestro padre os dió el tesoro en vuestros costales: vuestro dinero vino á mí. Y sacó á Simeón á ellos.
24Y metió aquel varón á aquellos hombres en casa de José: y dióles agua, y lavaron sus pies: y dió de comer á sus asnos.
25Y ellos prepararon el presente entretanto que venía José al medio día, porque habían oído que allí habían de comer pan.
26Y vino José á casa, y ellos le trajeron el presente que tenían en su mano dentro de casa, é inclináronse á él hasta tierra.
27Entonces les preguntó él cómo estaban, y dijo: ¿Vuestro padre, el anciano que dijisteis, lo pasa bien? ¿vive todavía?
28Y ellos respondieron: Bien va á tu siervo nuestro padre; aun vive. Y se inclinaron, é hicieron reverencia.
29Y alzando él sus ojos vió á Benjamín su hermano, hijo de su madre, y dijo: ¿Es éste vuestro hermano menor, de quien me hablasteis? Y dijo: Dios tenga misericordia de ti, hijo mío.
30Entonces José se apresuró, porque se conmovieron sus entrañas á causa de su hermano, y procuró donde llorar: y entróse en su cámara, y lloró allí.
31Y lavó su rostro, y salió fuera, y reprimióse, y dijo: Poned pan.
32Y pusieron para él aparte, y separadamente para ellos, y aparte para los Egipcios que con él comían: porque los Egipcios no pueden comer pan con los Hebreos, lo cual es abominación á los Egipcios.
33Y sentáronse delante de él, el mayor conforme á su mayoría, y el menor conforme á su menoría; y estaban aquellos hombres atónitos mirándose el uno al otro.
«Paz á vosotros, no temáis». Con esas palabras el mayordomo de la casa de José recibe a unos hombres asustados: los hijos de Jacob, llevados a una casa que no conocen. Ellos mismos dicen lo que temen: que lo del dinero que encontraron devuelto en sus costales sea la excusa para caer sobre ellos y hacerlos siervos, a ellos y a sus asnos. Se quedan en la entrada, dando explicaciones, y allí, en el umbral, alguien les habla de paz.
Le cuentan todo con honestidad: vinieron a comprar alimentos, hallaron su dinero en la boca de cada costal, lo han traído de vuelta y traen además otro para comprar; no saben quién lo puso. El mayordomo responde: «vuestro Dios y el Dios de vuestro padre os dió el tesoro en vuestros costales: vuestro dinero vino á mí». Es decir, la cuenta que temían estaba saldada. Saca a Simeón y se lo entrega. Les dan agua para lavarse los pies y de comer a sus asnos.
Ellos preparan su regalo para el mediodía, cuando llegue José. Cuando llega, se inclinan hasta el suelo, y él les pregunta por su padre: «¿Vuestro padre, el anciano que dijisteis, lo pasa bien? ¿vive todavía?». Responden que sigue vivo. El texto no dice que lo reconozcan; le hablan como a un señor. Al ver a Benjamín, José dice: «Dios tenga misericordia de ti, hijo mío».
Entonces José se apresura porque sus entrañas se conmovieron, es decir, algo muy hondo se le movió por dentro. Busca dónde llorar, entra en su cámara y llora allí. Se lava la cara, sale, se contiene y dice: «Poned pan». Luego el texto anota, sin adornos, que los egipcios no podían comer pan con los hebreos, lo cual les parecía abominación. Había un muro entre pueblos, y en tres mesas queda a la vista: una para José, otra para los egipcios y otra para los hermanos. El relato lo registra tal como era.
Los hermanos se sientan delante de él en orden, del mayor al menor según su edad, y el texto dice que estaban atónitos, asombrados, mirándose el uno al otro. No aclara por qué. Puede leerse como el asombro de quien entra esperando un reclamo y se encuentra con una mesa servida. Hoy también se cruzan puertas con ese mismo temor: una consulta médica, una oficina, una casa donde se debe algo. Y la primera palabra que se oye puede ser de paz.
Jesús, siglos después, saludaría de ese modo a unos discípulos encerrados por el miedo: la paz sigue siendo lo primero que ofrece. Del pasaje mismo solo podemos decir algo más acotado: el mayordomo le atribuye el dinero a «vuestro Dios y el Dios de vuestro padre», al Dios de esta familia de Jacob, y sus palabras no aclaran cuánto sabe él de lo ocurrido. Aun así, donde los hermanos veían una trampa, él nombra a Dios. Creemos que ese mismo Dios sigue cercano a cada familia y recibe con paz a quienes se le acercan temiendo una cuenta.
Para vivirlo hoy
Llama o visita hoy a una persona mayor que tengas cerca, sea de tu familia, tu barrio o tu iglesia, y pregúntale con calma cómo está. Después escucha sin apuro, aunque cuente cosas que ya conoces. José quiso saber si el anciano vivía y cómo lo pasaba; tú puedes hacer lo mismo con alguien concreto.
Para meditar
- ¿Hay algo que temas encontrar al cruzar una puerta esta semana, y cómo sería oír allí una palabra de paz?
- José se retiró a llorar y volvió a servir el pan; ¿en qué momento de tu día necesitas un lugar donde respirar antes de seguir atendiendo a otros?
- A Benjamín le dijo: Dios tenga misericordia de ti; ¿a quién podrías desearle hoy, en voz alta o por escrito, lo mejor de Dios?
Oración
Me cuesta creer que detrás de lo que temo haya una mano buena. Cuando entro en un lugar esperando el reclamo se me cierra el pecho, y me cuesta todavía más pensar que allí también estás. Me cuesta acercarme a quien vive lejos de mí y guardar mi llanto para el momento justo. Dios de nuestros padres, dame paz cuando tema, y ojos para ver lo que ya has puesto en mis manos. Dame palabras de paz para quien llegue con miedo. Amén.