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Servicio y generosidad

Los que se ofrecieron por su cuenta a vivir en Jerusalem

Lectura · Nehemías 11:1-17

1Y HABITARON los príncipes del pueblo en Jerusalem; mas el resto del pueblo echó suertes para traer uno de diez que morase en Jerusalem, ciudad santa, y las nueve partes en las otras ciudades.

2Y bendijo el pueblo á todos los varones que voluntariamente se ofrecieron á morar en Jerusalem.

3Y estos son los principales de la provincia que moraron en Jerusalem; mas en las ciudades de Judá habitaron cada uno en su posesión en sus ciudades, de Israel, de los sacerdotes, y Levitas, y Nethineos, y de los hijos de los siervos de Salomón.

4En Jerusalem pues habitaron de los hijos de Judá, y de los hijos de Benjamín. De los hijos de Judá: Athaías hijo de Uzzías, hijo de Zacarías, hijo de Amarías, hijo de Sephatías, hijo de Mahalaleel, de los hijos de Phares;

5Y Maasías hijo de Baruch, hijo de Colhoze, hijo de Hazaías, hijo de Adaías, hijo de Joiarib, hijo de Zacarías, hijo de Siloni.

6Todos los hijos de Phares que moraron en Jerusalem, fueron cuatrocientos setenta y ocho hombres fuertes.

7Y estos son los hijos de Benjamín: Salú hijo de Mesullam, hijo de Joed, hijo de Pedaías, hijo de Colaías, hijo de Maaseías, hijo de Ithiel, hijo de Jesaía.

8Y tras él, Gabbai, Sallai, novecientos veinte y ocho.

9Y Joel hijo de Zichri, era prefecto de ellos, y Jehudas hijo de Senua, el segundo en la ciudad.

10De los sacerdotes: Jedaías hijo de Joiarib, Jachîn,

11Seraías hijo de Hilcías, hijo de Mesullam, hijo de Sadoc, hijo de Meraioth, hijo de Ahitub, príncipe de la casa de Dios,

12Y sus hermanos los que hacían la obra de la casa, ochocientos veintidós: y Adaías hijo de Jeroham, hijo de Pelalías, hijo de Amsi, hijo de Zacarías, hijo de Pashur, hijo de Malachías,

13Y sus hermanos, príncipes de familias, doscientos cuarenta y dos: y Amasai hijo de Azarael, hijo de Azai, hijo de Mesillemoth, hijo de Immer,

14Y sus hermanos, hombres de grande vigor, ciento veintiocho: jefe de los cuales era Zabdiel, hijo de Gedolim.

15Y de los Levitas: Semaías hijo de Hassub, hijo de Azricam, hijo de Hasabías, hijo de Buni;

16Y Sabethai y Jozabad, de los principales de los Levitas, sobrestantes de la obra exterior de la casa de Dios;

17Y Mattanías hijo de Michâ, hijo de Zabdi, hijo de Asaph, el principal, el que empezaba las alabanzas y acción de gracias al tiempo de la oración; y Bacbucías el segundo de entre sus hermanos; y Abda hijo de Samua, hijo de Galal, hijo de Jeduthún.

Nehemías 11:1-17

«Voluntariamente». Esa palabra aparece casi escondida en el segundo versículo y da la clave de todo el pasaje. Aquí no quiere decir que algo fuera fácil ni que a nadie le costara: quiere decir que alguien, sin que lo eligiera la suerte ni lo mandara nadie, dio un paso al frente. El texto lo dice así: «Y bendijo el pueblo á todos los varones que voluntariamente se ofrecieron á morar en Jerusalem». Morar quiere decir vivir. Un pueblo que bendice a quienes se ofrecen: de eso trata la lectura de hoy.

La ciudad ya tiene muro, pero necesita gente que viva en ella. Los príncipes del pueblo habitaron en Jerusalem; el resto echó suertes, es decir, sorteó, para que uno de cada diez se mudara a la ciudad santa y las otras nueve partes siguieran en las demás ciudades. El texto no explica por qué hizo falta un sorteo, y no conviene inventarlo: quizá vivir allí pedía más que quedarse en la propia tierra. Lo que sí dice es que los voluntarios fueron bendecidos por su pueblo.

Después vienen los nombres y algunas cifras: cuatrocientos setenta y ocho hombres fuertes de los hijos de Phares, novecientos veintiocho de Benjamín, ochocientos veintidós sacerdotes que hacían la obra de la casa, doscientos cuarenta y dos jefes de familias. Es fácil pasar de largo por una lista así, pero mira lo que hace: nadie queda como un número anónimo. Cada uno tiene su padre, su abuelo y su tarea. Aparece hasta quien estaba al frente de ellos y quien era el segundo en la ciudad.

Entre los levitas hay dos encargos que muestran cuán variado es el servicio. Sabethai y Jozabad eran «sobrestantes de la obra exterior de la casa de Dios», o sea, vigilaban los trabajos de afuera. Y Mattanías era «el que empezaba las alabanzas y acción de gracias al tiempo de la oración». Unos cuidan lo que se ve desde la calle; otro levanta la voz para dar gracias. Todos quedaron anotados: al Dios de esta casa le importan hasta los trabajos que casi nadie mira.

Toda comunidad necesita voluntarios, y casi nunca son los que más brillan. En una iglesia, en un barrio o en una familia hay quien llega temprano a abrir las puertas, quien se queda a ordenar las sillas, quien acepta el turno menos cómodo. Este pasaje enseña a mirarlos y a bendecirlos con una palabra, como hizo aquel pueblo. Y deja una invitación tranquila: quizá haya un lugar pequeño donde tú también puedas dar un paso, sin que nadie te sortee.

Los cristianos creemos que Jesús fue el primero en ofrecerse sin que nadie lo obligara, y que en él Dios mismo vino a vivir entre los suyos. Por eso este pasaje termina en lo que Dios es: el Santo de la ciudad santa, digno de que en su casa haya siempre alguien que empiece las gracias cuando llega la hora de orar.

Para vivirlo hoy

Haz hoy una pausa de cinco minutos en silencio. Lee despacio una frase, una vez y luego otra: «voluntariamente se ofrecieron á morar en Jerusalem». Después quédate en silencio, sin pedir nada, y deja que se asome una idea pequeña de dónde podrías dar tu propio paso.

Para meditar

  • ¿Quiénes sirven en silencio a mi alrededor, y cómo podría bendecirlos con una palabra esta semana?
  • ¿Qué lugar pequeño de servicio se me ha cruzado por la cabeza más de una vez?
  • ¿Cómo cambiaría mi día si empezara mis oraciones con gracias antes que con peticiones?

Oración

«El que empezaba las alabanzas y acción de gracias al tiempo de la oración»: así recuerda tu Palabra a Mattanías, y así quiero comenzar yo mis oraciones, con gracias antes que con peticiones. Gracias por los que sirven sin que se los vea, por los que se ofrecen sin que nadie los obligue y por los que llevan trabajos que no lucen. Dame ojos para bendecirlos y un corazón dispuesto a dar mi propio paso. Que sea libre y alegre lo que haga en tu casa. Amén.

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