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Liderazgo y responsabilidad

Los huesos de José llegan a casa y una generación sirve a Dios

Lectura · Josué 24:31-33

31Y sirvió Israel á Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que vivieron después de Josué, y que sabían todas las obras de Jehová, que había hecho por Israel.

32Y enterraron en Sichêm los huesos de José que los hijos de Israel habían traído de Egipto, en la parte del campo que Jacob compró de los hijos de Hemor padre de Sichêm, por cien corderas; y fué en posesión á los hijos de José.

33También murió Eleazar, hijo de Aarón; al cual enterraron en el collado de Phinees su hijo, que le fué dado en el monte de Ephraim.

Josué 24:31-33

Unos huesos llegan por fin a su destino. Son los huesos de José, que los hijos de Israel habían traído de Egipto, y los entierran en Siquem, en la parte del campo que Jacob había comprado a los hijos de Hemor por «cien corderas». No hay discurso ni milagro en esta escena: hay una sepultura, una parcela y un precio. Otra página de la Biblia cuenta que José pidió no quedarse en Egipto, y aquí, por fin, descansa en la tierra.

El pasaje abre con el resumen de toda una época: «Y sirvió Israel á Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que vivieron después de Josué». La fidelidad aquí se mide en tiempo: los días de Josué y luego los días de los ancianos que lo sobrevivieron. Y el texto dice algo de ellos: «sabían todas las obras de Jehová, que había hecho por Israel». Aquella fidelidad iba de la mano con conocer lo que Dios había hecho.

Luego, otra sepultura: «También murió Eleazar, hijo de Aarón». Lo entierran en un cerro que pertenecía a su hijo Finees, un terreno que le había sido dado en el monte de Efraín. Fíjate en los nombres que se encadenan: Aarón, Eleazar, Finees. El sacerdote muere, y su hijo sigue teniendo un lugar en la tierra. El libro que cuenta tantas batallas termina entre sepulturas.

Esto muestra dos cosas de Dios. Primero, que lo prometido llega, aunque tarde a nuestros ojos: los huesos de José recorrieron un largo camino antes de descansar en tierra prometida. Segundo, que cuando mueren Josué, los ancianos y Eleazar, lo que Dios había dado no muere con ellos: el campo pasa a los hijos de José como posesión. Y sobre el pueblo, solo una observación cauta: estos versículos dicen hasta cuándo sirvió Israel a Jehová, y no cuentan qué pasó después.

La vida de hoy nos hace una pregunta parecida: qué dejamos a quienes vienen detrás. Quien acompaña a alguien más joven en su fe, en el trabajo o en la casa deja una huella que se mide en tiempo: cuánto dura lo bueno cuando esa persona ya no está. Aquí, el texto une la fidelidad de Israel con haber conocido lo que Dios había hecho. Contar esas obras con sencillez, sin esperar aplausos, es una forma de liderar. Y quien viene después necesita conocer por sí mismo al Dios que las hizo.

Todo líder muere: Josué, los ancianos, Eleazar. La esperanza del pueblo de Dios nunca estuvo puesta en ellos, sino en el Dios que los sostuvo. El Nuevo Testamento llama a Jesús el gran Pastor de las ovejas, y cuenta que Dios lo levantó de entre los muertos. A diferencia de los demás líderes, él vive, y el rebaño no se queda sin pastor.

Para vivirlo hoy

Con un papel a mano y diez minutos, anota tres cosas concretas que Dios ha hecho por ti o por alguien que quieres. Pueden ser pequeñas, con una fecha aproximada. Guarda el papel en tu Biblia o en tu agenda, para que esas obras de Dios no se pierdan de tu memoria.

Para meditar

  • ¿Qué obras de Dios conoces de primera mano, y cuál de ellas te costaría más olvidar?
  • ¿A quién le estás dejando, quizá sin darte cuenta, una huella con tu manera de vivir la fe?
  • ¿Qué paz te da saber que Dios cumple lo prometido aunque los líderes mueran y las generaciones cambien?

Oración

Gracias por Josué y por los ancianos que vivieron después de él, porque en sus días tu pueblo te sirvió. Gracias por los huesos de José, que llegaron por fin a la tierra que habías prometido, y por el campo que Jacob compró y que volvió a ser de su familia. Gracias porque no dependes de ningún líder, ni de mí. Ayúdame a recordar tus obras y a contarlas a quienes vienen detrás, para que también te conozcan. Amén.

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