Santidad y pureza
Lo que ya era de Dios antes de ofrecerlo
Lectura · Levítico 27:20-34
20Mas si él no redimiere la tierra, y la tierra se vendiere á otro, no la redimirá más;
21Sino que cuando saliere en el jubileo, la tierra será santa á Jehová, como tierra consagrada: la posesión de ella será del sacerdote.
22Y si santificare alguno á Jehová la tierra que él compró, que no era de la tierra de su herencia,
23Entonces el sacerdote calculará con él la suma de tu estimación hasta el año del jubileo, y aquel día dará tu señalado precio, cosa consagrada á Jehová.
24En el año del jubileo, volverá la tierra á aquél de quien él la compró, cuya es la herencia de la tierra.
25Y todo lo que apreciares será conforme al siclo del santuario: el siclo tiene veinte óbolos.
26Empero el primogénito de los animales, que por la primogenitura es de Jehová, nadie lo santificará; sea buey ú oveja, de Jehová es.
27Mas si fuere de los animales inmundos, lo redimirán conforme á tu estimación, y añadirán sobre ella su quinto: y si no lo redimieren, se venderá conforme á tu estimación.
28Pero ninguna cosa consagrada, que alguno hubiere santificado á Jehová de todo lo que tuviere, de hombres y animales, y de las tierras de su posesión, no se venderá, ni se redimirá: todo lo consagrado será cosa santísima á Jehová.
29Cualquier anatema (cosa consagrada) de hombres que se consagrare, no será redimido: indefectiblemente ha de ser muerto.
30Y todas las décimas de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová son: es cosa consagrada á Jehová.
31Y si alguno quisiere redimir algo de sus décimas, añadirá su quinto á ello.
32Y toda décima de vacas ó de ovejas, de todo lo que pasa bajo la vara, la décima será consagrada á Jehová.
33No mirará si es bueno ó malo, ni lo trocará: y si lo trocare, ello y su trueque serán cosas sagradas; no se redimirá.
34Estos son los mandamientos que ordenó Jehová á Moisés, para los hijos de Israel, en el monte de Sinaí.
Hay cosas que uno puede ofrecer a Dios y cosas que ya son suyas antes de que uno diga una palabra. Este final de Levítico las pone lado a lado. De un lado está quien dedica un campo por su propia voluntad y hace la cuenta con el sacerdote. Del otro, la primera cría de una vaca o de una oveja, de la que el texto dice, sin que nadie prometa nada: «de Jehová es». Lo primero nace del deseo de dar. Lo segundo solo se reconoce.
El pasaje empieza a mitad del caso del campo heredado: si su dueño no lo rescataba y la tierra se vendía a otro, ya no podía rescatarse y, en el jubileo, quedaba consagrada y pasaba al sacerdote. Distinto es el campo comprado. Quien lo dedicaba pagaba el valor que fijara el sacerdote hasta el año del jubileo, que llegaba cada cincuenta años, y entonces «volverá la tierra á aquél de quien él la compró, cuya es la herencia de la tierra»: regresaba a quien la vendió, porque era su herencia.
Todo se valoraba con una medida común, el siclo del santuario, que es una medida de peso. Y una línea el texto no la deja abierta: el primogénito de los animales, sea buey u oveja, nadie puede santificarlo, porque ya es de Jehová. Ofrecer como regalo lo que ya le pertenecía no sería una ofrenda. Los animales impuros, en cambio, se rescataban pagando su valor con un quinto más, o se vendían.
Después llega lo más duro. Lo entregado por entero a Jehová, sea de hombres, animales o tierras, ni se vendía ni se rescataba: era «cosa santísima á Jehová». De los hombres entregados como anatema, palabra que el texto explica como «cosa consagrada», dice que habían de morir, sin rescate. Es una frase dura, y hay que leerla sin adornos. El pasaje no aclara a quién se refiere, y nadie debería leerla como permiso para disponer de la vida de otro. Lo que sí se ve es que, para Israel, eso ya no era asunto de negociación privada.
Los diezmos siguen el mismo hilo. El texto dice de las décimas de la tierra, del grano y del fruto de los árboles, que «de Jehová son»: cada décima parte quedaba consagrada. Con el ganado, igual: la décima parte de lo que se contaba bajo la vara. No se miraba si era buena o mala, ni se cambiaba por otra, y quien quisiera quedarse con algo añadía un quinto. Una manera de leerlo es que, al apartar esa décima, el agricultor recordaba que la tierra misma no era suya.
Aquellas órdenes las recibió Israel en el Sinaí, y no las convertimos sin más en una tabla de porcentajes. Cuando llega el sueldo y lo repartimos entre el arriendo y las cuentas, es fácil sentir que todo depende de nuestro cálculo. Si esa décima le recordaba al agricultor que la tierra no era suya, de ahí podemos aprender a ver como recibido lo que tenemos. Cambia las cuentas: ya no solo cuánto queda, sino de dónde vino.
Para vivirlo hoy
Durante los próximos días, cada vez que recibas dinero o pagues una cuenta, haz una pausa de diez segundos y di a Dios, con tus propias palabras, que eso es suyo y que tú lo cuidas. No hace falta cambiar ningún monto ni compararte con nadie: es solo acostumbrar la mirada a ver el sueldo, el techo y la mesa como algo recibido.
Para meditar
- ¿Qué cosa que tienes en las manos sueles sentir como totalmente tuya, y cómo la cuidarías si la vieras como recibida?
- ¿En qué momento del mes te cuesta más recordar que lo que tienes viene de Dios?
- ¿Qué gesto sencillo te ayudaría, esta semana, a reconocer que lo que tienes ya era de Dios antes de ser tuyo?
Oración
«De Jehová es», dice tu Palabra de las primeras crías del rebaño, y yo reconozco que también es tuyo lo que hoy tengo en las manos. Gracias, Dios mío, porque todo lo que tengo viene de ti y, aun así, me dejas cuidarlo. Enséñame a recibir con gratitud, a repartir sin miedo y a no regatear contigo lo que ya es tuyo. Cuando haga cuentas, recuérdame de quién viene todo. Amén.