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Fe y confianza

La palabra que alcanzó a los mensajeros del rey

Lectura · 2 Reyes 1:1-14

1DESPUÉS de la muerte de Achâb rebelóse Moab contra Israel.

2Y Ochôzías cayó por las celosías de una sala de la casa que tenía en Samaria; y estando enfermo envió mensajeros, y díjoles: Id, y consultad á Baal-zebub dios de Ecrón, si tengo de sanar de esta mi enfermedad.

3Entonces el ángel de Jehová habló á Elías Thisbita, diciendo: Levántate, y sube á encontrarte con los mensajeros del rey de Samaria, y les dirás: ¿No hay Dios en Israel, que vosotros vais á consultar á Baal-zebub dios de Ecrón?

4Por tanto así ha dicho Jehová: Del lecho en que subiste no descenderás, antes morirás ciertamente. Y Elías se fué.

5Y como los mensajeros se volvieron al rey, él les dijo: ¿Por qué pues os habéis vuelto?

6Y ellos le respondieron: Encontramos un varón que nos dijo: Id, y volveos al rey que os envió, y decidle: Así ha dicho Jehová: ¿No hay Dios en Israel, que tú envías á consultar á Baal-zebub dios de Ecrón? Por tanto, del lecho en que subiste no descenderás, antes morirás de cierto.

7Entonces él les dijo: ¿Qué hábito era el de aquel varón que encontrasteis, y os dijo tales palabras?

8Y ellos le respondieron: Un varón velloso, y ceñía sus lomos con un cinto de cuero. Entonces él dijo: Elías Thisbita es.

9Y envió luego á él un capitán de cincuenta con sus cincuenta, el cual subió á él; y he aquí que él estaba sentado en la cumbre del monte. Y él le dijo: Varón de Dios, el rey ha dicho que desciendas.

10Y Elías respondió, y dijo al capitán de cincuenta: Si yo soy varón de Dios, descienda fuego del cielo, y consúmate con tus cincuenta. Y descendió fuego del cielo, que lo consumió á él y á sus cincuenta.

11Volvió el rey á enviar á él otro capitán de cincuenta con sus cincuenta; y hablóle, y dijo: Varón de Dios, el rey ha dicho así: Desciende presto.

12Y respondióle Elías, y dijo: Si yo soy varón de Dios, descienda fuego del cielo, y consúmate con tus cincuenta. Y descendió fuego del cielo, que lo consumió á él y á sus cincuenta.

13Y volvió á enviar el tercer capitán de cincuenta con sus cincuenta: y subiendo aquel tercer capitán de cincuenta, hincóse de rodillas delante de Elías, y rogóle, diciendo: Varón de Dios, ruégote que sea de valor delante de tus ojos mi vida, y la vida de estos tus cincuenta siervos.

14He aquí ha descendido fuego del cielo, y ha consumido los dos primeros capitanes de cincuenta, con sus cincuenta; sea ahora mi vida de valor delante de tus ojos.

2 Reyes 1:1-14

«Y Ochôzías cayó por las celosías de una sala de la casa que tenía en Samaria». Una celosía es una rejilla de madera, y el rey cayó por ella dentro de su propia casa, algo que le puede pasar a cualquiera. Ocurre después de la muerte de Acab, cuando Moab se rebeló contra Israel. Un país que se aparta, un rey en cama y una pregunta: ¿sanaré? Para resolverla envía mensajeros a consultar a Baal-zebub, dios de Ecrón.

Pero el ángel de Jehová habla a Elías y lo manda al encuentro de los mensajeros con este aviso: «Del lecho en que subiste no descenderás». Quiere decir que de esa cama no se levantará: el mensaje anuncia que morirá. Los mensajeros vuelven, el rey pregunta cómo era ese hombre y, por la descripción, dice: Elías el tisbita. Una palabra que el rey no fue a buscar llega hasta su cama.

Entonces el rey manda a un capitán con cincuenta soldados. Lo encuentra a Elías sentado en la cumbre de un monte y le dice: «Varón de Dios, el rey ha dicho que desciendas». Elías responde: «Si yo soy varón de Dios, descienda fuego del cielo, y consúmate con tus cincuenta», y el fuego cae. Con el segundo capitán ocurre igual, y este añade prisa a la orden: «Desciende presto», que hoy diríamos baja ya. Son más de cien hombres muertos, soldados que cumplían la orden de su rey. El texto no explica por qué; muestra que el rey quiso mandar sobre el profeta.

El tercer capitán hace otra cosa. Sube, «hincóse de rodillas delante de Elías», es decir, se arrodilla, y ruega: «sea ahora mi vida de valor delante de tus ojos». Pide por su vida y por la de sus cincuenta hombres, y menciona que el fuego ya consumió a los dos primeros. Llega sin exigir; llega pidiendo. El texto no dice qué había en su corazón, solo lo que hace. Y se detiene ahí, con la súplica todavía en el aire.

Todos mandamos mensajeros cuando algo se rompe: una llamada a quien sepa, una búsqueda de madrugada, la pregunta a cualquiera que tenga respuestas. Pedir ayuda, ir al médico o consultar a quien conoce el tema es sano. Lo que este pasaje deja en el aire es si, además de esas llamadas, hay lugar para hablar con Dios. Una cosa no quita la otra. Muchas veces buscamos un dato sobre el futuro cuando lo que más necesitamos es una palabra para hoy.

La pregunta del ángel de Jehová, «¿No hay Dios en Israel, que vosotros vais á consultar á Baal-zebub dios de Ecrón?», se contesta con todo el relato: sí lo hay. Sabe de la sala donde cayó el rey y hace llegar su palabra aun por los mensajeros que salieron a buscar otra respuesta. En Jesús se hizo tan cercano que no hay que mandar mensajeros lejos: se le puede hablar hoy, por su nombre. Ahí queda el rey, en su cama, y una palabra que llegó antes de que sus mensajeros alcanzaran Ecrón.

Para vivirlo hoy

La próxima vez que quieras averiguar algo que te preocupa, haz una pausa de un minuto antes de buscar respuestas. Dile a Dios en una frase qué esperas saber y pídele calma para escuchar. Después sigue con lo que corresponda: llamar al médico, consultar a quien conoce el tema o hacer la búsqueda.

Para meditar

  • ¿A quién llamas primero cuando algo se rompe, y qué lugar tiene Dios junto a esas llamadas?
  • ¿Qué estás esperando saber del futuro, y qué palabra para hoy necesitaría más tu corazón?
  • ¿Qué cambia en tu manera de orar cuando, en vez de exigir una respuesta, pides como el tercer capitán que tu vida cuente ante Dios?

Oración

Dios de Israel, viste al rey caído en su casa de Samaria y le hiciste llegar tu palabra por los mismos mensajeros que él había enviado lejos. Tu palabra llega aun por caminos que no esperamos. Gracias por los médicos y por quienes saben, y gracias porque además podemos hablarte a ti. Cuando esperamos una respuesta que no llega, danos calma para pedirte con confianza y para seguir haciendo lo que nos toca mientras tanto. Amén.

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