Juicio y misericordia
La palabra dura de un Dios que no se esconde
Lectura · Ezequiel 5:15-17
15Y serás oprobio, y escarnio, y escarmiento, y espanto á las gentes que están alrededor de ti, cuando yo hiciere en ti juicios en furor é indignación, y en reprensiones de ira. Yo Jehová he hablado.
16Cuando arrojare yo sobre ellos las perniciosas saetas del hambre, que serán para destrucción, las cuales enviaré para destruiros, entonces aumentaré el hambre sobre vosotros, y quebrantaré entre vosotros el arrimo del pan.
17Enviaré pues sobre vosotros hambre, y malas bestias que te destruyan; y pestilencia y sangre pasarán por ti; y meteré sobre ti cuchillo. Yo Jehová he hablado.
«Yo Jehová he hablado.» Con esas cuatro palabras terminan dos de los tres versículos de hoy, y las dos veces llegan después de algo muy duro. No suenan a consuelo. Suenan a una firma al pie de una sentencia sobre Jerusalén, la ciudad donde estaba la casa de Dios. Conviene quedarse un momento con lo que dice el texto antes de apresurarnos a suavizarlo.
El versículo 15 anuncia que la ciudad será «oprobio, y escarnio, y escarmiento, y espanto á las gentes que están alrededor de ti». Hoy diríamos vergüenza, burla, lección y horror para los pueblos vecinos: lo que le pase a Jerusalén no quedará oculto, todos lo verán. El mismo capítulo, unos versículos antes, habla de una ciudad que despreció las leyes de Dios y profanó su santuario. Aquí el texto habla de «juicios en furor é indignación», y no lo adorna: es ira, y Dios la reconoce como suya.
Los versículos 16 y 17 hacen la lista sin rodeos. Hablan de «las perniciosas saetas del hambre», que son flechas dañinas, lanzadas para destruir. Hablan de quebrar «el arrimo del pan»: el pan es el bastón en que la vida se apoya para caminar, y si se quiebra, la persona se tambalea. Después vienen animales salvajes, epidemia, sangre y espada. No hay una sola palabra amable en esa lista, y no conviene inventarla.
Fíjate en quién habla y quién actúa. Casi todos los verbos van en primera persona: yo enviaré, yo aumentaré, yo quebrantaré. Dios no se esconde detrás de los hechos ni los deja pasar como si fueran mala suerte; asume lo que hace y responde por lo que dice. Además, la palabra llega antes que el hambre, dicha en voz alta. Nada de esto le sucede a Jerusalén a escondidas: un Dios que habla así no engaña ni sorprende.
Hoy no solemos hablar de este modo, y nos incomoda oírlo. Preferimos los versículos que abrazan. Pero conviene aclarar algo: este texto habla de Jerusalén y del pacto que Dios tenía con ese pueblo. No explica por qué alguien pasa hambre o enfermedad hoy, y quien sufre no debe leer aquí una acusación contra sí. Lo que sí nos enseña es a leer la Escritura entera, sin recortar las páginas que pesan. Y quien lee estas líneas después de la cruz recuerda que allí el mismo Dios cargó con el peso del pecado: su seriedad ante el mal nunca fue una pose.
Al final, el texto deja en pie una sola afirmación, repetida como un sello: «Yo Jehová he hablado.» Detrás de la sentencia hay alguien con nombre propio, que se hace cargo de cada cosa que anuncia. Lo que dice, lo hace. Por eso estas líneas no piden que las suavicemos ni que las temamos a ciegas. Piden que las leamos despacio, sabiendo quién las dice, y que nos quedemos con lo que muestran: un Dios serio, que pone su nombre a lo que anuncia.
Para vivirlo hoy
Hoy, lee estos tres versículos en voz alta, despacio, sin suavizar ninguna palabra. Cuando llegues a «Yo Jehová he hablado.», detente un momento y da gracias porque Dios no habla a medias. No hace falta entenderlo todo ni sacar una lección; basta con escuchar lo que dice y quién lo dice.
Para meditar
- ¿Qué pasajes de la Biblia suelo saltarme por ser duros, y qué podría descubrir de Dios si me quedo con ellos un rato?
- ¿Qué me enseña de Dios que ponga su nombre al final de una palabra tan dura, y que no la deje anónima?
- ¿Cómo cambia mi manera de leer estos versículos el recordar que Cristo cargó con el peso del pecado en la cruz?
Oración
Padre, estas palabras de hambre, peste y espada me incomodan, y a veces prefiero pasar de largo cuando me hablas claro. Gracias porque no hablas a escondidas ni dejas que los hechos digan lo que tú no dijiste. Enséñame a leer tu Palabra entera, sin recortarla y sin vivir con miedo. Te pido por quienes hoy pasan hambre o enfermedad: cuídalos, y que ninguna de estas líneas les suene a acusación. Por Cristo, que cargó con el pecado, te lo pido. Amén.