Fidelidad de Dios
Los cielos se abren junto a un río en tierra extranjera
Lectura · Ezequiel 1:1-18
1Y FUÉ que á los treinta años, en el mes cuarto, á cinco del mes, estando yo en medio de los trasportados junto al río de Chebar, los cielos se abrieron, y vi visiones de Dios.
2A los cinco del mes, que fué en el quinto año de la transmigración del rey Joachîn,
3Fué palabra de Jehová á Ezequiel sacerdote, hijo de Buzi, en la tierra de los Caldeos, junto al río de Chebar; fué allí sobre él la mano de Jehová.
4Y miré, y he aquí un viento tempestuoso venía del aquilón, una gran nube, con un fuego envolvente, y en derredor suyo un resplandor, y en medio del fuego una cosa que parecía como de ámbar,
5Y en medio de ella, figura de cuatro animales. Y este era su parecer; había en ellos semejanza de hombre.
6Y cada uno tenía cuatro rostros, y cuatro alas.
7Y los pies de ellos eran derechos, y la planta de sus pies como la planta de pie de becerro; y centelleaban á manera de bronce muy bruñido.
8Y debajo de sus alas, á sus cuatro lados, tenían manos de hombre; y sus rostros y sus alas por los cuatro lados.
9Con las alas se juntaban el uno al otro. No se volvían cuando andaban; cada uno caminaba en derecho de su rostro.
10Y la figura de sus rostros era rostro de hombre; y rostro de león á la parte derecha en los cuatro; y á la izquierda rostro de buey en los cuatro; asimismo había en los cuatro rostro de águila.
11Tales eran sus rostros; y tenían sus alas extendidas por encima, cada uno dos, las cuales se juntaban; y las otras dos cubrían sus cuerpos.
12Y cada uno caminaba en derecho de su rostro: hacia donde el espíritu era que anduviesen, andaban; cuando andaban, no se volvían.
13Cuanto á la semejanza de los animales, su parecer era como de carbones de fuego encendidos, como parecer de hachones encendidos: discurría entre los animales; y el fuego resplandecía, y del fuego salían relámpagos.
14Y los animales corrían y tornaban á semejanza de relámpagos.
15Y estando yo mirando los animales, he aquí una rueda en la tierra junto á los animales, á sus cuatro caras.
16Y el parecer de las ruedas y su obra semejábase al color del topacio. Y las cuatro tenían una misma semejanza: su apariencia y su obra como rueda en medio de rueda.
17Cuando andaban, se movían sobre sus cuatro costados: no se volvían cuando andaban.
18Y sus cercos eran altos y espantosos, y llenos de ojos alrededor en las cuatro.
¿Dónde se deja ver Dios cuando uno vive lejos de su tierra? Este pasaje contesta con un lugar y una fecha muy precisos: «estando yo en medio de los trasportados junto al río de Chebar, los cielos se abrieron, y vi visiones de Dios». Los trasportados son los desterrados, los que fueron llevados lejos de su casa. No es en Jerusalén ni junto al templo, sino en la orilla de un río, en tierra de caldeos, entre gente que ha perdido su lugar.
El texto anota el día con cuidado: el día cinco del mes cuarto, en el quinto año del destierro del rey Joaquín. Quien habla es Ezequiel, sacerdote e hijo de Buzi, y cuenta que allí, en tierra extranjera, la palabra de Jehová vino a él y «fué allí sobre él la mano de Jehová». Fíjate en la palabra allí: la mano de Dios no esperó a que él volviera a casa. Y lo primero que miró fue una tormenta.
Ezequiel describe una nube y un fuego: «un viento tempestuoso venía del aquilón, una gran nube, con un fuego envolvente». Aquilón es el norte. Dentro del fuego aparecen cuatro seres vivos, que el pasaje llama animales, con semejanza de hombre. Cada uno tiene cuatro alas y cuatro rostros: de hombre, de león, de buey y de águila. Bajo las alas hay manos de hombre, y sus pies brillan como bronce pulido. Todos van adonde el espíritu los dirige, y «cada uno caminaba en derecho de su rostro»: de frente, sin torcerse.
Junto a cada uno hay una rueda del color del topacio, y las cuatro son «rueda en medio de rueda»: se mueven hacia cualquiera de sus cuatro lados sin volverse. Sus cercos son altos, impresionantes y «llenos de ojos alrededor». Ezequiel repite una y otra vez parecer, semejanza y como: como ámbar, como carbones encendidos, como relámpagos. No dice que lo ha descrito todo; dice que vio visiones de Dios. Una manera de leerlo: la gloria de Dios se deja ver, pero es más grande que cualquier palabra.
Hoy hay muchos trasportados: quien se fue a otra ciudad o a otro país por trabajo, quien pasa semanas entre paredes de hospital, quien está en un empleo o en una casa que no eligió. Este pasaje no promete visiones a nadie, pero muestra que ningún sitio queda fuera del alcance de Dios. Y quien sigue a Jesús cree que Dios llegó todavía más cerca: se hizo hombre y vivió entre nosotros.
Hoy, cuando te toque estar en un sitio que no elegiste, la fila del banco, una sala de espera, una oficina nueva, mira alrededor con calma y piensa: también aquí puede estar la mano de Dios. Nada más que eso: una mirada distinta, sin esperar que el cielo se abra.
Para vivirlo hoy
Busca hoy cinco minutos sin pantallas. Lee despacio el primer versículo del pasaje, «los cielos se abrieron, y vi visiones de Dios», y quédate luego en silencio, sin pedir nada, con esa frase por compañía. Si la mente se dispersa, vuelve a la frase, sin reproche, y termina dando gracias por el lugar donde te encuentras.
Para meditar
- ¿Cuál es hoy tu río de Chebar, ese lugar que no elegiste y donde igualmente te toca estar?
- ¿Qué te enseña sobre Dios que Ezequiel solo pueda describir lo que vio con comparaciones?
- ¿Quién vive lejos de su tierra o de su gente cerca de ti, y cómo podrías acompañar a esa persona esta semana?
Oración
Gracias, Dios, porque tu mano estuvo sobre Ezequiel junto al río, en una tierra que no era la suya, y porque ningún lugar queda lejos de ti. Gracias porque tu gloria es más grande de lo que las palabras alcanzan, y aun así te dejas ver. Ayúdame a levantar los ojos hoy, donde me toque estar: la calle, la casa, el trabajo. Guarda a quienes viven lejos de su tierra y de su gente, y hazles sentir tu compañía. Amén.