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Obediencia

La nuca dura y un Dios que cumple lo que dice

Lectura · Jeremías 19:15

15Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: He aquí yo traigo sobre esta ciudad y sobre todas sus villas todo el mal que hablé contra ella: porque han endurecido su cerviz, para no oir mis palabras.

Jeremías 19:15

Una vasija de barro en las manos de un hombre; un instante después, en el suelo, hecha pedazos, ante los ojos de los ancianos de la ciudad. Así fue el día en que Jeremías dio su aviso más gráfico. De todo aquello queda un versículo, uno solo, que cierra la escena. Retrata a una ciudad que llevaba tanto tiempo sin escuchar que ya no sabía hacerlo, y muestra a un Dios que cumple lo que dice.

Jeremías había ido al valle de Tophet, que es el valle de Hinnom, al sur de Jerusalén, donde se habían ofrecido sacrificios a dioses falsos. Iba acompañado de algunos ancianos como testigos, y allí rompió la vasija para mostrar que Jerusalén se quebraría de la misma manera. Después volvió al patio del templo para confirmar lo dicho ante quienes no lo habían oído: «Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: He aquí yo traigo sobre esta ciudad y sobre todas sus villas todo el mal que hablé contra ella». Las villas son los pueblos que rodeaban a la capital, y «el mal» que Dios trae aquí no es maldad, sino desgracia: la ruina que ya había anunciado.

La última parte dice mucho: «todo el mal que hablé contra ella». Dios no inventa nada nuevo; cumple lo que ya había dicho. Eso es fidelidad, y es la misma que vuelve firmes sus promesas de bien. Muchos en la ciudad se consolaban pensando que las amenazas eran solo para asustar un poco, que Dios sería más blando que su palabra. El profeta les responde que no: lo que Dios advierte, lo hace, y lo que promete, también.

El motivo aparece sin rodeos: «han endurecido su cerviz, para no oir mis palabras». La cerviz es la parte de atrás del cuello. Quien la mantiene rígida no se inclina y no gira la cabeza. No fue falta de avisos: hubo profeta, valle, testigos, una vasija rota y el patio del templo. Para aquella generación este versículo es el veredicto: el juicio estaba ya encima, y todo lo que se había intentado para despertarlos había sido en vano.

Hoy nadie va a un valle a romper vasijas, pero conocemos bien la nuca dura. Es la advertencia del médico que oímos y seguimos igual, el consejo de un hermano que preferimos no atender, la voz interior que dice que algo tiene que cambiar mientras le subimos el volumen a la radio. Endurecerse rara vez es un acto; es una suma de días pequeños en que se dice después. No se trata de asustarse, sino de atender hoy, porque el oído se ablanda escuchando.

Lo que sigue hay que decirlo con cuidado. El consuelo para nosotros no sale de este versículo, que sentenciaba a una ciudad concreta; sale de la promesa de que Dios recibe a quien vuelve a él, aunque llegue quebrado por sus propios caminos. El barro endurecido que se rompe y ya no se junta describe a Jerusalén en aquel día, no a quien hoy se inclina y regresa. En Cristo, el Dios que fue fiel a su advertencia es también fiel a esa promesa. Todavía puedes inclinar la cabeza y escuchar.

Para vivirlo hoy

Elige una palabra de Dios que has estado esquivando, sea un consejo o un llamado a cambiar algo, y respóndele hoy con un paso pequeño y concreto. Y si esta lectura te llena de miedo o de culpa, dilo a un hermano o a tu pastor: Dios no advierte para aplastar, sino para que vuelvas.

Para meditar

  • ¿Qué advertencia o consejo has ido postergando porque te incomoda escucharlo?
  • ¿Qué te dice del carácter de Dios que haya enviado tantos avisos antes de actuar?
  • ¿Cómo puedes mantener blando el oído en la rutina de esta semana?

Oración

Señor, Dios fiel, tú dices lo que harás y lo cumples, sean advertencias o promesas. Ablanda lo que en mí se ha puesto rígido. Enséñame a oír tu voz a tiempo, en tu Palabra y en las personas que me quieren bien. Perdóname por los avisos que dejé pasar; no permitas que la culpa me tape los oídos y hazme volver a ti cada vez que me aparte. Sé que recibes a quien regresa. Que tu paciencia, y no mi miedo, guíe mis pasos hoy. Amén.

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