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Justicia y compasión

La mano seca, la barquilla y la casa dividida

Lectura · Marcos 3:1-25

1Y OTRA vez entró en la sinagoga; y había allí un hombre que tenía una mano seca.

2Y le acechaban si en sábado le sanaría, para acusarle.

3Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate en medio.

4Y les dice: ¿Es lícito hacer bien en sábado, ó hacer mal? ¿salvar la vida, ó quitarla? Mas ellos callaban.

5Y mirándolos alrededor con enojo, condoleciéndose de la ceguedad de su corazón, dice al hombre: Extiende tu mano. Y la extendió, y su mano fué restituída sana.

6Entonces saliendo los Fariseos, tomaron consejo con los Herodianos contra él, para matarle.

7Mas Jesús se apartó á la mar con sus discípulos: y le siguió gran multitud de Galilea, y de Judea,

8Y de Jerusalem, y de Idumea, y de la otra parte del Jordán. Y los de alrededor de Tiro y de Sidón, grande multitud, oyendo cuán grandes cosas hacía, vinieron á él.

9Y dijo á sus discípulos que le estuviese siempre apercibida la barquilla, por causa del gentío, para que no le oprimiesen.

10Porque había sanado á muchos; de manera que caían sobre él cuantos tenían plagas, por tocarle.

11Y los espíritus inmundos, al verle, se postraban delante de él, y daban voces, diciendo: Tú eres el Hijo de Dios.

12Mas él les reñía mucho que no le manifestasen.

13Y subió al monte, y llamó á sí á los que él quiso; y vinieron á él.

14Y estableció doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos á predicar,

15Y que tuviesen potestad de sanar enfermedades, y de echar fuera demonios:

16A Simón, al cual puso por nombre Pedro;

17Y á Jacobo, hijo de Zebedeo, y á Juan hermano de Jacobo; y les apellidó Boanerges, que es, Hijos del trueno;

18Y á Andrés, y á Felipe, y á Bartolomé, y á Mateo, y á Tomás, y á Jacobo hijo de Alfeo, y á Tadeo, y á Simón el Cananita,

19Y á Judas Iscariote, el que le entregó. Y vinieron á casa.

20Y agolpóse de nuevo la gente, de modo que ellos ni aun podían comer pan.

21Y como lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle: porque decían: Está fuera de sí.

22Y los escribas que habían venido de Jerusalem, decían que tenía á Beelzebub, y que por el príncipe de los demonios echaba fuera los demonios.

23Y habiéndolos llamado, les decía en parábolas: ¿Cómo puede Satanás echar fuera á Satanás?

24Y si algún reino contra sí mismo fuere dividido, no puede permanecer el tal reino.

25Y si alguna casa fuere dividida contra sí misma, no puede permanecer la tal casa.

Marcos 3:1-25

Antes de sanar la mano, Jesús mira alrededor. Marcos anota lo que hay en esa mirada: «con enojo, condoleciéndose de la ceguedad de su corazón». Enojo y pena, las dos cosas a la vez, ante quienes lo vigilaban para acusarlo. Condoleciéndose quiere decir doliéndose por ellos, y la ceguedad es no ver lo que se tiene delante. No es indiferencia: le importan el hombre de la mano seca y quienes lo observan.

La escena ocurre en una sinagoga, un sábado. Hay un hombre con una mano seca, y hay quienes lo acechan para ver si Jesús lo sana y así poder acusarlo. Jesús no lo hace en un rincón: pide al hombre que se ponga de pie en medio. Y pregunta: «¿Es lícito hacer bien en sábado, ó hacer mal? ¿salvar la vida, ó quitarla?». Lícito quiere decir permitido. Nadie contesta. Entonces dice al hombre: «Extiende tu mano». Él la extiende, y la mano queda sana.

Lo que sigue es duro. Jesús preguntó si en sábado se salva la vida o se quita, y los fariseos salen a tomar consejo con los herodianos para matarlo. Él se aparta al mar con sus discípulos, pero lo siguen multitudes de muchas regiones, hasta de Tiro y Sidón, porque oyen cuán grandes cosas hace. Pide una barquilla lista, para que no lo aplasten quienes caen sobre él por tocarlo. Y los espíritus impuros se postran y gritan que es el Hijo de Dios; él les ordena con firmeza que no lo den a conocer.

Después sube al monte y llama a los que él quiso. Establece doce, y el motivo viene en orden: primero «para que estuviesen con él», y después para enviarlos a predicar, con autoridad para sanar enfermedades y echar fuera demonios. Entre los nombres, Simón, a quien llama Pedro, y dos hermanos a quienes llama hijos del trueno. Y el último de la lista, sin adornos: Judas Iscariote, el que lo entregó. Lo primero que Jesús quiere de ellos es su compañía; la misión viene después.

Vuelven a casa, y otra vez se agolpa la gente, tanto que ni pueden comer pan. Los suyos llegan para detenerlo, porque decían: «Está fuera de sí». Los escribas venidos de Jerusalén afirman que tiene a Beelzebub y que por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios. Jesús los llama y les habla con parábolas: «¿Cómo puede Satanás echar fuera á Satanás?». Un reino dividido contra sí mismo no puede permanecer, y una casa dividida contra sí misma tampoco.

Estas escenas nos tocan de cerca. A veces algo nuestro está seco, sin fuerza; y hay casas, equipos y comunidades que se dividen desde adentro. Jesús, vigilado, con un plan de muerte en su contra y con los suyos yendo a detenerlo, sigue haciendo el bien a quien se le acerca. El hombre de la mano seca solo tuvo que hacer lo que le pidieron: extenderla, tal como estaba. Hoy, cuando notes algo tuyo sin fuerza, ponlo delante de Jesús y dile dónde está.

Para vivirlo hoy

Busca un momento tranquilo de hoy, de unos cinco minutos, y lee despacio estas palabras: «Extiende tu mano». Quédate en silencio con ellas y piensa en aquello tuyo que está sin fuerza. No hace falta decir nada más. Cuando termines, respira hondo y vuelve a tus tareas.

Para meditar

  • Jesús miró con enojo y con pena a la vez. ¿Cuándo has sentido tú las dos cosas ante una injusticia, y qué hiciste con ellas?
  • Jesús quiso que los doce estuvieran primero con él y después fueran enviados. ¿Cómo cuidas ese orden en tu semana, entre estar con él y hacer cosas por él?
  • Una casa dividida no puede permanecer. ¿Qué conversación pendiente podría acercar lo que hoy se ve dividido a tu alrededor?

Oración

Enséñame a extender lo que tengo seco, tal como está y sin esconderlo, igual que el hombre de la sinagoga. Gracias, Jesús, porque miraste con enojo la dureza y con pena a quienes la tenían. Quiero estar contigo antes de salir a hacer cosas por ti. Guarda los lugares donde vivo y sirvo de las divisiones que los debilitan, y dame ojos para ver a quien tengo delante y hacerle el bien. Amén.

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